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Aumentar la cifra de familias de acogida, un reto pendiente

Creu Roja vuelve a hacer un llamamiento para mejorar la vida de niños y adolescentes que están temporalmente bajo la tutela de la Administración

ROSA MARI SANZ / BARCELONA

Hace poco más de un par de décadas en Catalunya se empezó a implantar un recurso alternativo a la familia propia al margen de los centros de menores: la familia de acogida. Una opción que los profesionales del sector ven como ideal para la mayoría de los casos de niños y adolescentes que se encuentran bajo la tutela de la Administración mientras sus padres no se pueden hacer cargo por motivos diversos. Aun así, esta medida de protección, como señala Jordi Ripoll, responsable de este servicio en Creu Roja, una de las entidades que trabaja con el Institut Català d'Acolliment i Adopció (ICAA), no ha avanzado como sería deseable y la mayoría de los menores viven en centros residenciales.

Solo un 13% está en familias de acogida, lo que el pasado año supuso aproximadamente un millar de menores. Aumentar de manera notable ese porcentaje es uno de los retos pendientes, como también reclama desde hace años el Síndic, Rafael Ribó. Con esa finalidad, un año más, Creu Roja, ha puesto en marcha una campaña (www.acollimentfamiliar.org) para divulgar esta alternativa y animar a las familias a colaborar.

La entidad hace especial hincapié en el llamamiento a la acogida de grupos de hermanos, de mayores de siete años y de niños con necesidades especiales, que son los que lo tiene más difícil para salir de una institución. Las poco más de 600 familias acogedoras que hay en Catalunya son totalmente insuficientes para atender a los niños y adolescentes que tienen propuesta esta medida de protección y esperan un hogar de acorde a sus circunstancias. Actualmente, explica la directora del ICAA, Núria Canal, más de 250 menores podrían vivir en un hogar que reuniera las condiciones requeridas. Pero siguen en centros.

¿Quién puede acoger a un menor?  Lo primero de todo, una familia dispuesta a querer, comprender, atender y dedicarse a un niño, explica Canal. Y sobre todo, remarca, que tenga muy claro que la finalidad de este proceso es que sea un hola y un adiós, que es algo temporal. «El éxito es que el niño vuelva con su familia de origen», explica Canal, lo que, por otra parte, no es lo más habitual. La buena predisposición no basta. Es importante que las familias dispongan de una gran capacidad de atención y dedicación al menor, al margen de otros criterios que valoran los profesionales para decidir si aquel núcleo es el adecuado, como la estabilidad emocional, los recursos educativos, unos medios de vida suficientes y la capacidad de aceptar el entorno del crío, ya que siempre que es posible la familia de origen mantiene una relación con el niño a través de visitas o salidas supervisadas por profesionales.

La familia acogedora recibe a lo largo del proceso apoyo por parte de  la Administración, en forma de una prestación económica que puede variar según la edad y las necesidades del menor, así como la ayuda directa de profesionales a los que se puede recurrir en cuando se necesite.

DIVERSAS OPCIONES

Hay distintas maneras de acoger, variando la temporalidad. La acogida de urgencia es cuando un núcleo familiar se hace cargo de un menor durante un tiempo que no suele sobrepasar los seis meses. En este primer caso suele tratarse de bebés o menores de seis años. La acogida denominada de corta duración puede prolongarse unos dos años; la de larga se prevé que supere los dos años, y en muchas ocasiones se llega a esta situación hasta la mayoría de edad; y la modalidad de acogida permanente descarta en principio el retorno del menor a la propia familia o a la familia extensa (abuelo, tíos…) y se prevé, si no hay nueva medida de protección, que el menor esté hasta la mayoría de edad. Otra opción es la de acoger a un menor con necesidades especiales a causa de la edad (mayor de 10 años) o de alguna discapacidad física, psíquica o  sensorial.

Para todos los casos faltan familias que ofrezcan a un niño una oportunidad de vivir temporalmente en un hogar estable, lo que condicionará sobremanera al desarrollo integral de su personalidad. Especialmente, incide Ripoll, familias abiertas a acoger a grupos de hermanos, ya que es más difícil encontrar hogares y personas que reúnna las condiciones o estén dispuestas a afrontar el reto. Y también, por supuesto, falta un serio empuje por parte de  la Administración para promover y apostar por este tipo de apoyo a la infancia desamparada que tanto alaban los profesionales y que tan poco normalizado está.

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