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Salir adelante sin pastillas

Nil Marí y su madre cuentan por qué y cómo afrontaron el TDAH del joven sin medicación

MARÍA G. SAN NARCISO / BARCELONA

Nil Marí era un niño inquieto. Excesivamente movido. Le costó mucho aprender a leer. Mucho más que a sus compañeros. Con 7 años, por esta razón, y porque tenía incontinencia urinaria, una de las consecuencias de ser tan nervioso, lo llevaron al psicólogo. «A partir de ahí fue cuando me diagnosticaron el TDAH», explica.

Su inquietud le llevaba a meterse en algunos líos en el colegio. «Era muy líder -dice- y al ser tan malo liaba a toda la clase para lo que fuera». En segundo de primaria una profesora sustituta llamó a sus padres para decirles que no le sabían controlar, que era un maleducado. «Perdió los nervios», explica Eva García, su madre. Al cabo de dos años, cuando su hermano pequeño fue alumno de la misma profesora, esta les hizo una valoración totalmente distinta. «No se acordó de quiénes éramos y nos dijo que qué bien habíamos educado a nuestro hijo, cuando somos los mismos padres, con nuestros más y nuestros menos», cuenta.

«Tenía tanto TDAH que me pusieron una educadora en casa. No era un refuerzo académico, sino que venía y me organizaba. Me estructuraba los días y hablaba con mis padres de cómo podían llevarlo», explica Marí. Después fue a la consulta de otro psicólogo, donde le ponían cascos con música clásica dos horas para hacer los deberes. Algo que funcionó bastante.

A lo largo de todos estos años-Nil tiene ahora 24- fue cambiando de psicólogos, y también de colegios. «Los profesores me dijeron que fuese por el camino lento en los estudios», dice. Así que poco a poco, y colegio a colegio, acabó estudiando el grado de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.

El trabajo en casa

Y todo lo fue consiguiendo sin medicación, una decisión que tomaron sus padres. «Soy antimedicaciones. Y también soy profesora de Matemáticas y me gusta trabajar con chicos difíciles, así que igual fue por una mezcla de las dos cosas», cuenta la madre.

Para eso, ambos progenitores tuvieron que dedicar horas de estudio con su hijo, y también mucho apoyo. «Hay que buscarles sus fortalezas. Y en los estudios lo que no se hace en un año será en dos. Es lo que aplico un poco con los chicos en clase, que no tengan presiones muy fuertes», dice García. «Mis padres me valoraban mucho las cosas buenas que yo tenía, como dibujar bien, y no censuraban tanto mis debilidades», afirma Marí. «Solo me mediqué una vez para un examen final y me fue perfecto -reconoce-, pero siempre me han enseñado en casa que es mejor sin».

Con 12 años a Nil le fichó el Espanyol para jugar a fútbol y el Barcelona para jugar a hóckey. Con 13 años se decantó por seguir solo con el segundo. Mientras tanto, los psicólogos le recomendaron que en los estudios fuese despacio pero seguro. «Otra cosa de las que me dijo el psicólogo es que no me marcase más de tres objetivos a largo plazo». Uno de ellos fue que cumpliese con el hóckey, y ahora es jugador del Junior FC Sant Cugat, en la división de honor A, la máxima categoría dentro de este deporte. El segundo era que debía ser respetuoso en casa, y salvo algún momento de conflicto por su nerviosismo, también lo cumplió. Y la tercera tarea era que estudiase para los exámenes.

Si le viene bien la hiperactividad para el deporte no lo sabe, aunque sigue teniendo problemas para enterarse en las charlas. Eso sí, sigue estudiando, algo por lo que no apostaban algunos piscólogos, y trabaja de entrenador personal en un centro de fisioterapia y preparación física. Todo sin pastillas.

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