18 sep 2020

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Gente corriente

Joan Carles Trallero: "La muerte es triste, pero no tiene que ser terrorífica"

Mauricio Bernal

-Bueno, yo soy médico de familia y había tenido experiencia con situaciones así. Pero fue a partir de una de tipo personal, hace 15 años, cuando me interesé por el tema.

-Por lo que vivió, supongo.

-Sí. Te das cuenta de lo perdido que estás, como familiar de la persona que se muere y como usuario del sistema sanitario. No acabas de saber qué pasa, y eso que yo jugaba con ventaja. Es la sensación de un gran desconocimiento, todo se te viene encima y ves que al margen de la atención médica aparecen cosas en las que nadie te ayuda: no sabes cómo organizarte, cómo decir las cosas, qué  decir, todo ello en un contexto de sufrimiento y angustia.  El sistema sanitario no está lo bastante preparado para esas situaciones.

-Se interesó por el tema. Quiere decir que...

-Pues que me dediqué a formarme. La primera consecuencia fue que en el día a día de mi trabajo me volví más proactivo, y cuando me tocaba un paciente en situación de final de vida, en lugar de salir corriendo o mandarlo al hospital, me implicaba. Es una falsedad que a una persona en esa situación haya que enviarla al hospital. En ese sentido, somos una sociedad que sufre de hospitalitis.

-La primera consecuencia. ¿Y luego?

-Luego di otro paso adelante y puse en marcha un proyecto de cuidados paliativos y atención domiciliaria. Paliaclinic, se llama.

-Cerca del dolor, siempre. O sea, los médicos están siempre cerca del dolor, pero…

-Sí, mire, los que nos dedicamos a esto lo hacemos porque es gratificante, porque ves los resultados. Naturalmente que a veces quedas tocado, y a veces muy tocado, pero te recuperas y vuelves a la carga.

-Entiendo que la tercera consecuencia fue la fundación.

-Sí, la Fundación Paliaclinic, porque vi que muchas personas que querían acabar su vida en casa no podían, por falta de recursos. Cosas como tener una cama articulada para el enfermo, un psicólogo, alguien que se ocupe de la higiene de la persona. Algunas de estas cosas no te las da la sanidad pública, o te las da cuando ya es tarde. Nosotros ponemos esos medios, incluyendo a voluntarios que trabajan el acompañamiento.

-¿Es decir, exactamente?

-Muchas cosas. Hacerle compañía al enfermo mientras los que lo cuidan salen de casa; jugar al parchís con él, hablar. Y al hablar, llegar hasta donde él quiera llegar. En una situación así al enfermo a veces le resulta más fácil hablar con un extraño. Hay acompañamientos en los cuales el voluntario se limita a estar ahí, que no es poco.

-¿Cómo resumiría lo que se logra con todo esto?

-Yo creo que si la familia se siente arropada, se crea un ambiente de naturalidad que facilita que haya un final en paz. Pensamos que todo lo asociado con la muerte es terrorífico, y no, es triste, por supuesto que es triste, pero no tiene que ser terrorífico.

-Tengo entendido que están empezando a trabajar con niños.

-Sí, el programa de niños arrancó este año. Es más complicado, sobre todo desde el punto de vista emocional... En este caso, los que más apoyo necesitan son los padres.

-Trabajar en esto… ¿No le lleva a una reflexión personal sobre la muerte?

-Es un estímulo para hacer tu proceso de reflexión. Lo ideal es que las personas involucradas hayan hecho ese proceso, si no acaban por trasladarle su miedo al paciente.

-Habrá quien pida la eutanasia.

-Ocurre, claro, aunque a veces lo que hay detrás es una petición: no quiero sufrir más. Un grito de socorro, un no puedo más.

-¿Y si insiste?

-Tenemos que decirle que no. Que no es legal en nuestro país.