Ir a contenido

ANIVERSARIO DE LO QUE PUDO SER UNA TRAGEDIA

Vandellòs: noche de miedo

A las 21.39 horas de este domingo se cumplirá un cuarto de siglo el peor siniestro nuclear de la historia de España

CARLES COLS / BARCELONA

La central nuclear de Vandellòs 1

La central nuclear de Vandellòs 1

El aniversario que este domingo se conmemora es el del incidentee de la central nuclear Vandellòs 1. A las 21 horas y 39 minutos de esta noche se cumplirá un cuarto de siglo de lo que, según la clasificación internacional que mide este tipo de sustos, no llegó a la categoría de accidente, pues se quedó en el peldaño anterior, el de incidente, de nivel 3. Y eso a pesar de que algunos trabajadores de aquella central nuclear que el 19 de octubre de 1989 estaban de guardia, bastante de ellos ingenieros y físicos nucleares, es decir, gente con una formación académica envidiable y por ello refractarios a la histeria, llamaron a sus respectivas parejas y les ordenaron que se encerraran en casa y bajaran las persianas.

Ha habido otras oportunidades para recordar aquella pavorosa noche. Cuando se cumplió un año, por supuesto, luego cinco, después 10, 20… Un cuarto de siglo es una ocasión excelente para revisitar aquel episodio desde una perspectiva distinta, para darle un sentido a por qué una sociedad en la que el movimiento antinuclear echó vigorosas raíces en los años 70 condescendió mansamente después, en 1989, tras la noche de miedo de Vandellòs 1.

El accidente merece primero un repaso, pues por encima de todo echó por tierra uno de los axiomas fundamentales del lobi nuclear, según el cual la redundancia de medidas de seguridad en este tipo de instalaciones alcanza cotas inimaginadas en cualquier otra industria. De acuerdo, decían, estaba el antecedente de Chernobil, en 1986, pero ese se desacreditaba por si solo porque los responsables de aquella nuclear soviética se dedicaron a experimentar con el núcleo del reactor para conocer sus límites. Se pasaron de largo, resultó obvio. El caso de Vandellòs 1 fue distinto y, salvo por sus consecuencias sobre el medio ambiente, que no las tuvo, fue peor al menos desde un punto de vista: el informe del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) reveló que aquella noche ocurrió lo que ningún ingeniero había jamás previsto.

Explosión y aceite en llamas

A las 21.39 horas, uno de los gigantescas turbinas de la central vibró de un modo inusual. Este era un equipo que nada tenía que ver con el circuito radiactivo. La turbina es solo un dispositivo que transforma el movimiento en energía eléctrica. Una corrosión imprevista rompió 36 piezas de su interior cuando estaba a pleno rendimiento. El estruendo fue notable. El incendio posterior, también. Ardieron 25.000 litros de aceite lubricante, nada que no pudiera atacar un equipo de bomberos bien entrenado. Lo imprevisto fue que aquel aceite ardiendo se derramó al piso inferior y que justo ahí estaba todo el sistema eléctrico que alimentaba la refrigeración del núcleo del reactor. La famosa redundancia se fue a hacer puñetas. Así de claro.

Lo peor que aquella noche podía sucederle a Vandellòs 1 es que se fundiera el núcleo del reactor. Nada de explosiones, nada de "una lluvia de perdición como jamás se ha visto en esta tierra", como amenazó Truman antes de Hiroshima. Las centrales nucleares, sencillamente, no estallan en un acongojante hongo atómico, pero la fusión del núcleo es un accidente muy serio.

Días después del siniestro se hicieron bastante célebres las cuatro turbosoplantes de Vandellòs 1. Tenían un nombre tronchante, de acuerdo, pero eran piezas esenciales. Su misión era refrigerar el núcleo, pues aunque la sala de control paró la instalación nada más declararse el incendio, la fisión nuclear no es un proceso que se desconecte como una bombilla. La temperatura subía inercialmente en el núcleo y había que enfriarlo a toda costa. La cosa se resolvió, al final, muy a la española. A mano y con una par de.

La cuestión es que el sótano estaba inundado por la intervención de los bomberos y, bajo el agua, estaba lo que quedaba del sistema de alimentación de las turbosoplantes. Es bien conocida la historia de los liquidadores de Chernobil, aquellos insensatos que tenían más miedo a las autoridades soviéticas que a la radiactividad, así que no solo limpiaron de material contaminado el tejado de la central con palas y a mano, sino que incluso obedecieron la estúpida orden de plantar ahí la bandera de la URSS como si fuera el Reichstag de Berlín en 1945. En Vandellòs 1 no hubo liquidadores, pero si un par de empleados de la central que, sin saber si el agua estaba contaminada (lo estaba, pero muy levemente), se metieron en ella hasta la cintura para trabajar. Lo hicieron, dicen, por sus familias, pues vivían cerca de la central. Héroes.

Un accidente así, en definitiva, tenía todos los números de la lotería para resucitar el adormecido movimiento antinuclear, entonces vinculados solo a círculos muy militantes. El modo en que la propia dirección de Vandellòs 1 gestionó las primeras horas de la crisis también jugaba en favor de esa posibilidad.

El gobernador civil de la provincia, Ramón Sánchez, de quién dependía la decisión de evacuar o no la zona, se enteró de que algo tremendo sucedía en Vandellòs 1 porque le llamó a su casa un periodista. Cuando de inmediato se comunicó con la central a través de un teléfono rojo, nadie le respondió. Entre otras razones porque la sala de control estaba llena de humo. El CSN, la policía de las centrales nucleares españolas, estaba igual. No sabía qué sucedía.

Trasparencia inusual

Aquella era una gran noche para el renacer del lema Nuclear, no gracias y sus pegatinas que tan populares fueron en los 70 en Europa, pero el tren de la historia cambió de vías entonces a las cuatro de la madrugada. Sánchez, un gobernador civil atípico, un filósofo experto en Descartes y hoy profesor de instituto, expandió hasta fronteras entonces inexploradas el principio de la transparencia informativa. A las cuatro de la madrugada convocó una rueda de prensa. A media mañana, con el turbogenerador aún humeante, abrió la central a la prensa. El recinto estaba hecho un cinematográfico fin del mundo. Hubo incluso un momento de aquellos en los que lo cómico y lo terrorífico se dan la mano. Mientras un directivo daba su versión sobre lo ocurrido, se abrió una válvula. Lo hizo con un sonoro estallido. Expulsó vapor de agua. Era un día soleado, pero la pequeña nube de vapor ascendió y se condensó justo encima del grupo de periodistas. Llovió un minuto. Sus caras de pavor son de las que no se olvidan.

Más allá de aquella anécdota, lo cierto es que a partir de aquel día, en un ataque sincronizado, el CSN, el lobi nuclear, el Gobierno Civil y la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos iniciaron a toda una generación de periodistas en los arcanos de la energía nuclear. Decía Arthur C. Clarke, profeta mayor de la ciencia ficción, que cualquier tecnología avanzada resulta indistinguible de la magia para un pueblo primitivo. En cierto modo, aquella operación coordinada consistió en sacar del medievo a quien tenía en su mano decantar la balanza del apoyo o el rechazo de la energía nuclear.

¿Lograron su misión? Tal vez sirva, para que cada cual saque sus propia conclusiones, lo que sucedió el 23 de noviembre de 1994. Es día salió de Vandellòs 1 el último cargamento de combustible radioactivo de la central hacia Francia. El uranio iba en dos vagones blindados. Entre ellos y la locomotora había un vagón restaurante. En él, un grupo de periodistas entonces ya expertos en energía nuclear trataban de que el traqueteo del convoy no derramara sus copas de champán. Menudo contraste. 20 años atrás, aquel tren cruzaba Barcelona de incógnito. Los ecologistas a veces lo interceptaban y se montaba un escándalo. Todo ello, antes del accidente de Vandellòs 1. Tras el accidente, paz. Que extraño es a veces el mundo.