EVOLUCIÓN POSITIVA

Teresa quiere saber si aprobó las oposiciones

La sanitaria infectada pregunta a sus colegas por el resultado de las oposiciones a las que se presentó antes de ingresar

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MAYKA NAVARRO / BARCELONA

«Cualquier día de estos se nos levanta de la cama y arranca a bailar». La frase, de un sanitario que atiende a diario a Teresa Romero en su habitación del hospital Carlos III de Madrid, ilustra el estado de ánimo de la paciente. Poder beber agua, desde el miércoles por la tarde, le ha sentado de maravilla y la conversación telefónica con su marido le ha «iluminado la cara».

La mujer sigue aislada en su habitación y pasa el día en la cama semiincorporada y con muchas ganas de hablar, aunque sigue con el respirador. Ayer mismo le preguntó a una compañera auxiliar de enfemería si había novedades del resultado de las oposiciones para una plaza fija a las que se presentó antes de ingresar en el Carlos III, cuando no era consciente de que se había contagiado de ébola. «¿Y a ti cómo te fue la prueba?», preguntó la mujer.

Romero pidió ayer algo para leer, quería entretenerse. Sus compañeros rescataron de la biblioteca del hospital viejos números de la revista Hola y se los entraron en la habitación. «Llevan siglos en el hospital, no te extrañe que le haya llegado hasta el número con la boda de Lolita», explicaron fuentes sanitarias. Ayer mismo, el director de la revista Hola al conocer la historia quiso preparar un paquete con publicaciones para enviar a la paciente.

La mejoría de Teresa Romero se tradujo, en palabras del doctor Fernando Simón -que ayer ejerció de portavoz de la comisión de expertos que a diario analiza el avance de la crisis del ébola-, en que la «carga viral se ha reducido mucho y la paciente ya es capaz de luchar por sí misma contra la enfermedad».

Con la cautela que le caracteriza, Simón contó que la auxiliar de enfermería «sigue estable». Y añadió esbozando una inevitable sonrisa que «hay claros signos de esperanza, pero no conviene lanzar las campanas al vuelo». Mucha prudencia.

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En la planta quinta del Carlos III Javier Limón se ha volcado en la escritura. Ayer le devolvieron la televisión a la habitación, después de que él mismo pidiera que se la llevaran tras el sacrificio de su perro, Excálibur. No quería saber lo que estaba ocurriendo fuera del hospital. Excálibur fue el destinatario de una carta abierta de Limón: «Excálibur, donde quiera que estés sabes que los amitos siempre te llevarán en su corazón».

Durante la entrañable conversación de diez minutos que Teresa y su marido mantuvieron el miércoles, la mujer le pidió que quería tener otra vez un teléfono para saber lo que estaba ocurriendo fuera. «No, cariño, tú ahora concéntrate en ponerte buena que es lo único importante», le respondió el marido. Teresa Mesa, una buena amiga de la pareja que es la única que ha podido visitar a Limón, presenció la conversación telefónica. «Allí lloró todo el mundo. Se me empañó hasta la mascarilla», recordó ayer Mesa, emocionada todavía por las lágrimas de su amigo.