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3 de julio 1970: 112 muertos en el Montseny

HELENA LÓPEZ ALEX R. FISCHER

La primera imagen del accidente que le viene a la cabeza a Manuel Prieto, entonces sargento de la Guardia Civil de Arbúcies, es la del cuerpo de una mujer colgado de un pino. Aquel 4 de julio de 1970 lloviznaba y la mañana era fresca. Cuarenta y cuatro años más tarde y a sus casi 94 años -los cumple el mes próximo--, Prieto recuerda con precisión el olor a quemado de los cuerpos, esparcidos por toda la ladera tras el siniestro ocurrido la tarde anterior. «Fue un horror. Un espanto», describe el anciano, quien en su larga vida las ha visto de todos los colores. «Yo había pasado tres inviernos en Leningrado a 25 bajo cero con la nieve hasta la cintura, estaba curtido, pero lo que me encontré aquella mañana en Les Agudes lo superaba todo», relata Prieto, una de las primeras personas en dar con los restos del Comet 4 de la compañía Dan Air desaparecido la tarde antes y con los cuerpos «troceados y calcinados» de sus 112 pasajeros.

El avión, procedente de Manchester, se había estrellado a un altitud de unos 1.100 metros, en el corazón del Montseny, cuando, en teoría, estaba a punto de aterrizar en El Prat. «Por la noche oí en la radio la noticia del avión desaparecido, y más tarde, lo del accidente, pero no imaginaba que vería lo que vi», prosigue Prieto, quien recuerda, aún impactado, cómo bajaban al pueblo los camiones de la basura con los cuerpos: «Recogían los trozos esparcidos por todo el bosque en bolsas de plástico».

 

Pese al paso de las décadas, en Arbúcies aún casi todos recuerdan -con más o menos precisión, metiéndole más o menos salsa- el episodio, seguramente el más trágico y pintoresco vivido en la tranquila localidad de La Selva. Es innegable que el hecho de que la totalidad de las víctimas fueran forasteras restaba dramatismo y sumaba exotismo.

«Yo tenía 2 años y me acuerdo. Mi padre siempre explica que subió. Mucha gente del pueblo subió a verlo. Fue un acontecimiento. Imagina…», contaba este martes, dos días antes del aniversario, un hombre que barría el cementerio, al lado de la fosa común donde están enterradas las 112 víctimas del accidente aéreo, el segundo vivido en el Montseny, donde 11 años antes, en agosto de 1959, se estrelló -en aquella ocasión junto al Turó de l'Home- otro avión inglés, siniestro en el que también murieron todos los ocupantes; en aquella ocasión 32 estudiantes de varias nacionalidades que, como los estrellados en Les Agudes, también volvían de un viaje a la costa española.

Uno de esos curiosos fue Josep Ayats, vecino de Santa Maria de Palautordera y un apasionado de documentar la historia «del país». «No dejaban pasar, pero me colé. Hice las fotos que pude», cuenta mostrando las imágenes que tomó, valioso testimonio de la tragedia. «También tomé fotos del accidente de 1959 en el Turó de l'Home», relata Ayats en su despacho, donde conserva documentos desde el año 1900.

La fosa común con los restos de los 112 viajeros del Comet 4 de Dan Air está a la entrada del cementerio municipal de Arbúcies. Cuentan que la decisión de enterrar a las víctimas del espectacular siniestro en esta localidad, a la que pertenece administrativamente el pico de Les Agudes, en vez de repatriarlas al Reino Unido, se debió al pésimo estado en el que quedaron los cuerpos tras la brutal colisión, y a la dificultad de encontrar 112 cajas de cinc, el material del que debían estar hechos por ley los féretros para viajar en avión.

Preside la fosa una gran cruz de piedra, con una lápida a cada lado en las que se leen los nombres de los ocupantes del avión, tripulación y pasajeros. F. Taylor -y otros ocho Tay-

lors, probablemente de una misma familia-, N. Smith y R. Whitehead son algunos de los nombres que presiden el rectángulo de tierra cubierto de hiedra sobre el que aún hoy hay flores -la mayoría de plástico y descoloridas-, fotografías en blanco y negro de algunas de las víctimas y manuscritos de recuerdo. A los pies, una placa: «In loving memory of those who died in the air disaster at Montseny on third july 1970». A lado y lado, un banco blanco de madera de estilo inglés, instalado por la compañía aérea del chárter siniestrado, aguarda carcomido nadie sabe qué. «Deberían cuidarlos. Es una pena la imagen que dan -lamenta un vecino-. En verano, sobre todo, suben familiares que vienen de vacaciones por aquí, y no costaría nada pintarlos y mantenerlos en condiciones».

 

El otro punto importante en el que se recuerda el impactante accidente aéreo del Montseny, todavía un misterio para los amantes de la aeronáutica, es el lugar exacto en el que se produjo, en el que un monolito pagado gracias a una recolecta entre los habitantes de Arbúcies homenajea a los difuntos. En el archivo histórico del municipio aún conservan el talonario con las donaciones de los vecinos, junto a todo tipo de documentación. Desde el expediente del siniestro hasta las facturas de las bolsas de plástico compradas para transportar los trozos de los cuerpos calcinados. A los pies del monolito, de muy fácil acceso a pie si se deja el coche en el kilómetro 25,9 de la carretera entre Santa Fe y Sant Mar-çal, se apilan aún supuestos restos del avión que los excursionistas encuentran por el lugar y dejan a modo de homenaje: todo tipo de hierros, tornillos y trozos de tela.

El sargento Prieto recuerda que una de las primeras cosas que hizo, cuando comprobó, rápido, que nada se podía hacer por las víctimas, fue llamar a refuerzos para que subieran a vigilar la zona. «Vino mucha gente a ver el escenario de la tragedia. De los pueblos de alrededor e incluso de Barcelona. Esto parecía la Rambla. Teníamos que proteger los restos para facilitar la investigación», prosigue el nonagenario.

Causas sin resolver

Qué hizo que la nave jamás llegara a destino es aún un misterio, y no el único de esta historia. Todos coinciden en que era un día nublado y el piloto pensó que se hallaba sobre Sabadell. Al comunicar su (errónea) posición a El Prat, desde el aeropuerto le dijeron que iniciara la maniobra de descenso. Lo hizo y, lejos de encontrar la desembocadura del Llobregat, chocó contra uno de los abruptos picos del Montseny. Corrían tiempos pre-GPS.

El otro gran misterioso no es menor y también abre la puerta a la especulación. Pese a que los documentos oficiales hablan de 112 víctimas, testigos explican que, al hacerse el recuento de las cabezas -la masacre fue tal que todos los cuerpos quedaron despedazados- aparecieron 113. La imaginación alrededor de la cifra -el siempre morboso 13- lleva 44 años sobrevolando la zona. Hay quien dice que podría ser un polizón. Otros, algún pastor que andara en ese momento por la montaña.

En el pueblo cuentan que, tras algunas reseñas con motivo del 40º aniversario del accidente, una familia inglesa llegó una mañana en taxi desde Lloret de Mar. Se acercaron a la policía local y preguntaron por la fosa común. El municipal que se encontraba en aquel momento al frente les acompañó al cementerio. Estos -según explican- leyeron los 112 nombres inscritos en las grandes placas y se encontraron con la sorpresa de que el nombre del familiar al que buscaban no aparecía en la lista. Tristes, volvieron al taxi y se marcharon. Nadie les preguntó su nombre para poder comprobar, o al menos investigar, si se trataba o no del pasajero 113. Quizá sea mejor así, para mantener el misterio y reforzar la leyenda.

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