30 mar 2020

Ir a contenido

Gente corriente

Gustavo Perona: "La gente quiere que sus libros sigan teniendo vida"

Mauricio Bernal

En la calle de Bailèn, entre las de Monistrol e Igualada, en las fronteras de Gràcia, escondida, podría decirse, si no fuera porque es toda incitación, puertas abiertas… La librería Cercles. Pequeña y galante. Sus dos vitrinas son una forma de coquetería porque cada libro es una declaración de intenciones, porque está todo puesto para que el lector no pueda pasar de largo. Viejos libros, el olor  de la segunda mano. Al mando, Gustavo Perona.

-Entré por el escaparate. Está muy bien. Hecho con gusto, le diría.

-Es la cara de la librería y pongo mucha atención, sí. Cada libro está puesto ahí por algo. E intento que haya de todo: mucha novela, siempre algo de poesía, algo de filosofía. Tiene que ver mi gusto personal, pero no descarto nada, pongo novela romántica, todo. Y cuando fallece un autor, siempre salta al escaparate. Es por eso que tengo unos cuantos de Matute estos días. Y lo cambio cada día.

-¿El escaparate? ¿Todo?

-No, no. Tres, cuatro libros. Pero es un buen momento, el momento más relajante de la jornada. Es darle vida, cuerpo al escaparate.

-Se dice que la gente no lee. Que el libro está en crisis. Etcétera.

-Ya, pero es que yo juego la carta del libro bueno y muy barato. Un lector compulsivo, que los hay, no puede pagar 24 euros por cada libro que compra. Estamos en crisis, la gente no tiene dinero. Aunque me quede poco margen, yo vendo libros a 5, a 7 euros.

-Dígame una cosa: ¿cómo se surte?

-Voy mucho a mercadillos. Además, hay mucha gente que me ofrece vaciar sus pisos, por lo general cuando alguien fallece, o cuando se mudan a un lugar pequeño. He ido en furgoneta a vaciar varios pisos y he encontrado tesoros. La gente no quiere tirar sus libros, quieren que sigan teniendo vida. Recuerdo cuando uno de mis mejores clientes me dio los suyos. Es una historia.

-Qué bien. Cuéntemela.

-Fue mi mejor cliente durante mucho tiempo. Y era invidente.

-¿Le leían?

-Eso pensaba yo, pero resulta que el hombre había perdido la vista a los 20 años, y antes había sido un gran lector, y le gustaba el tacto de los libros. Se los llevaba a su casa y los ponía en las estanterías. Al poco de fallecer vino la mujer que lo cuidaba y me dijo que me los había dejado todos.

-Qué historia bonita.

-Ocurren muchas cosas en esta librería, como si tuviera vida propia. Aquí me he encontrado amigos que no veía hace 25 años, que entraban a mirar. O la gente que encuentra libros que lleva años buscando. Y una vez, un muchacho se puso a llorar porque encontró un manual de ebanistería que su padre le había dado de niño. Lo había extraviado, y lo vino a encontrar aquí.

-¿Quiénes son sus clientes?

-Tengo todo tipo de clientes. Está la gente del barrio, que vienen mucho, que me apoyan, que yo digo que la tienda también es un poco suya. Y no solo a comprar. Vienen a hablar, a contarme qué les pareció lo último que leyeron. O a traerme libros. Un día alguien me trae dos y yo le doy uno a cambio, por ejemplo. Yo pienso que los libros han de tener vida, que han de circular. Antes se llevaba más este tipo de tiendas.

-Es decir…

-Tiendas en las que intercambiar libros. Y había una expresión: libros de lance. Yo iba a esas tiendas. Aún recuerdo el olor de los libros amontonados. El olor de una tienda abarrotada de libros es incomparable.

-Luego, los que no intercambian, los que tienen grandes bibliotecas en casa, ¿han de sentirse mal?

-No, por supuesto que no. Es lo primero que busco cuando voy a una casa, los libros. Dan calor, dan compañía. Los pisos sin libros son feos.