La protección de la infancia

Comedor de emergencia

Una oenegé alimenta a chicos que ya no pueden comer en el instituto a causa del horario intensivo

La Associació Educativa Integral Raval combate el problema generado por la medida de Rigau

Unos chicos comen en la Associació Educativa Integral Raval, ayer.

Unos chicos comen en la Associació Educativa Integral Raval, ayer. / FERRAN NADEU

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VÍCTOR VARGAS LLAMAS
BARCELONA

Puede que no fuera el mejor día para conocerles. Y no solo porque hubiera verdura de primero. La magnitud de la tragedia iba mucho más allá. Después de nueve meses de armonía y sincronía operativa, el conocido como grupo de los cuatro estaba en crisis. Se acabó eso de que Lumna, Mari, Khalid y Adriana se alternaran para que uno de ellos lavara los platos de los otros tres tras el menú de mediodía del comedor de la Associació Educativa Integral Raval (AEIR), en este barrio barcelonés. Súbitamente, sin previo aviso. Con el ímpetu con que se adoptan decisiones en plena adolescencia.

No tan fulgurante y apurada fue la decisión que tuvo que adoptar la AEIR, una entidad sin ánimo de lucro que desarrolla programas socioeducativos para niños y jóvenes, tras constatar una nueva dificultad entre los chavales del barrio. «Había familias que venían a inscribir a sus hijos para este curso y estaban frustradas porque no sabían dónde iban a comer los chavales con el horario intensivo y el cierre del comedor de muchos institutos», expone Ignasi Sagalés, director de la asociación, adscrita a la Fundació Pere Tarrés.

AGRAVIADOS / La situación no le venía de nuevo a un grupo de profesionales -nueve educadores, dos técnicos y una psicóloga- en contacto con la calle. «Estábamos al corriente de los problemas de malnutrición infantil que se estaban detectando en centros educativos». Por eso venían planeando la opción que tomó cuerpo en septiembre, al empezar el nuevo curso, de ampliar su oferta con un servicio de comedor destinado a los chavales agraviados por la decisión tomada para el curso 2012-2013 por Ensenyament de autorizar la jornada intensiva en los institutos.

Una alternativa que, como subraya Sagalés, no forma parte del cometido de esta oenegé. «No somos un comedor social, sino una institución educativa integral que da respuesta a las necesidades de niños y jóvenes de 4 a 23 años», recuerda. «El servicio se adopta por la alarma que se detecta en el barrio, para asumir la responsabilidad ante una situación de riesgo, pero no deja de ser una iniciativa temporal», argumenta. Tampoco deja margen a expectativas ingenuas, y no alberga dudas de que las dificultades no cesarán a fin de curso. De hecho, ya prevé una partida específica para el primer trimestre del curso 2014-15, que sabe que «se acabará extendiendo» hasta junio del año que viene. Un coste total de casi 32.000 euros, «contando los 80 menús» que darán en verano, al acabar las clases, aclara Sagalés. Una aportación sufragada en el 60% por socios y colaboradores privados y en el 40% restante por las autoridades municipales.

De esa capacidad de reacción de la AEIR para dar una cobertura que ya no garantizan los poderes públicos se benefician habitualmente 26 chicos de una docena de centros. Y eso que en septiembre se preveía no más de 15. «Tampoco pueden comer en sus domicilios porque sus padres trabajan o por estrecheces económicas», dice Sagalés. Menores que no están en su hogar, pero se sienten como en casa. Se nota cuando desfilan por el pasillo de entrada y se despliega una coreografía de derrapajes de patinetes, chaquetas suspendiéndose hacia el colgador y gestos cómplices al chocar la mano con Javi y Abde, los monitores de los dos turnos de la comida.

Para cuando llegan los 16 comnensales del segundo grupo, pasadas las 14.30 horas, las mesas ya están montadas. El cachondeo se desborda mientras esperan, plato en mano, a que les pongan la verdura que distribuye diariamente un servicio de cátering. La culpa la tiene el segundo del día: pollo al chilindrón. Se suceden bromas y rimas más o menos inspiradas sobre la suculenta salsa. Uno de ellos, que se identifica como Alí, acusa a Samad, de 16 años, de ser el glotón del grupo: «¡Siempre se pone el doble! Es como un tanque». Este lo niega y muestra su plato, casi apenado, con un único muslito de pollo. Muchos se relamen al recordar el menú del último día del pasado trimestre. «Pizza, paella y Coca-Cola», recitan casi al unísono, preguntando si se repetirá.

PEDAGOGÍA Y CIVISMO / La atención orbita en torno al grupo de los cuatro. Ya apenas queda el postre para saber si la disolución se consuma. Adriana desvela que fue ella quien rompió la disciplina de pandilla. «Me han regalado un perro nuevo, Jack, y quiero pasar toda la tarde con él. No puedo estar fregando los platos de cuatro. ¡Es que son 12!», revela. Un chaval señala el plato de Samad y pide confidencialidad. Tres muslos bien rebañados son testimonio del buen apetito del comensal. «¡El primero solo era de muestra!», suelta entre el alboroto general.

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Una sinfonía de cucharillas rebañando el yogur del postre pone colofón al condumio y se consuma la ruptura: cada uno con sus platos. Todos con los dientes cepillados. Los restos en el contenedor correspondiente. El comedor es más que un recurso de emergencia. Un espacio que aprovecha el detalle para fomentar la pedagogía y el civismo .

Ajenos al impacto de la recesión en la cobertura de los servicios públicos, el grupo de los cuatro tampoco parece preocupado por su particular trance, que capean sin signos de resentimiento. Lumna se hace la remolona para compartir fregadero con Adriana y salir juntas a la calle, donde les espera Jack para certificar que al menos esta crisis ya ha quedado superada.