LA HISTORIA OCULTA DE LAS MUJERES

Sabias, desobedientes y brujas

El mundo académico y el feminismo muestran un interés creciente por revisar el legado de las mujeres que acabaron en la horca acusadas de pactar con el diablo. Incluso la industria de la moda y el entretenimiento exprimen el filón de aquellas féminas inadecuadas y rebeldes a las que dieron caza la Iglesia y el Estado.

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NÚRIA MARRÓN

Elisabet Martí era viuda y tenía más de 70 años cuando compareció desnuda, apenas cubierta con unos paños, ante los próceres que la habían sentenciado. Su cuerpo, enjuto, soportaba las miradas inclementes del obispo de Vic, del señor conde, del alcalde, del juez, del procurador fiscal, del notario, del médico y del cirujano. Además de notables, aquel 28 de julio de 1620, en la sala de la prisión de Vic también había una mesa con pan, una jarra de vino y una vela. Y a su lado, un banco y una polea de tortura. Como otras 13 mujeres de Viladrau, Elisabet había sido condenada a la horca por un tribunal civil. Y antes de ser ajusticiada, los señores de la comarca se disponían a arrancarle si alguna vecina más la había acompañado en sus «tratos» con el diablo.

Lo que el tribunal entendía por tratos y lo que, bajo tormento, había logrado que confesaran algunas de sus conocidas: que cerca del castillo del Brull, la condenada y «otras compañeras y cómplices» habían invocado al demonio y que este se había presentado en «forma de macho cabrío»; que habían adorado «sacrílegamente» su ano «hediondo» con velas y mantenido relaciones «carnales» con él. Y que luego habían lanzado ungüentos maléficos al agua que habían provocado granizadas, habían infligido daños a personas y animales, y cometido otros delitos «enormísimos». En su sentencia de muerte, también consta que, otra vez, junto con la gran abadesa maléfica, Francesca Trèmol, se habían fregado con ungüentos y habían volado hasta Aiguafreda, donde habían hecho caer piedra con «oraciones sacrílegas y diabólicas».

 

Pocas palabras de esta majadería salieron de la boca de Elisabet, que fue ahorcada ese mismo día en la plaza. Antes de que eso ocurriera, tuvo que soportar tres tormentos en el banco, donde, estirada boca abajo y atada a unos palos, los verdugos habían tirado de sus extremidades cada vez con más fuerza lo que duraba un Padrenuestro. Como no confesaba, la habían colgado de la polea, con los brazos girados hacia atrás, y la habían dejado caer de golpe. Así hasta en ocho ocasiones. Pero como ni así había dado un solo nombre, las últimas veces le habían colocado peso en los pies. Primero 50 kilos. Luego 100. En un momento dado, la sesión acabó: no se sabe si porque la mujer se desmayó o porque los verdugos se cansaron.

Contrarreforma y hambruna

Casi cuatro siglos más tarde, Joaquim Mateu y Susana Planchart, historiador y guía del Museu Etnològic del Montseny, sortean el chirimiri y el barro en los márgenes de la riera de Arbúcies, un territorio bien conocido por aquellas señoras. «Este macizo tiene muy mala pisada, se dice que aquí no entró la rueda hasta el siglo XX. Este entorno inhóspito junto a las contrarreformas religiosas, las crisis alimentarias y las conflictos endémicos propiciaron un clima favorable para la persecución de estas mujeres», explica el experto, echando luz sobre este genocidio a menudo ignorado, cuando no trivializado, por la historia, y que de un tiempo a esta parte no solo disfruta de un interés creciente en las universidades. Las brujas del siglo XVII son reivindicadas por el feminismo callejero y académico como un símbolo de sabiduría y desobediencia femenina, e incluso se han convertido en el último hueso que olisquean la industria del entretenimiento y la moda. ¿Qué hacen, si no, Angelina Jolie y Disney humanizando a la villana de La bella durmiente en Maléfica?

El año del diluvio

Pero dejemos a Jolie, y volvamos a Viladrau, donde la caza de brujas había empezado tres años antes del ajusticiamiento de la pobre Elisabet. La noche fundacional, coinciden los investigadores, fue la del 2 de noviembre de 1617, el llamado año del diluvio, cuando una tormenta salvaje engulló la comarca y corrió la voz de que un grupo de brujas se habían reunido aquel mismo día en Sant Segimon. Ellas, claro, eran las culpables de que incluso puentes de piedra hubieran volado por los aires. Y debían ser ajusticiadas. Vecinos y autoridades se emplearon a fondo: una tras otra, acabaron pasando por la horca 14 vecinas de las apenas 80 casas del pueblo. La misma rueda de la muerte que en Catalunya se llevó por delante a 400 y, en Europa, a unas 60.000.

En contra de lo que se suele creer, Mateu subraya que, en Catalunya, aquellas mujeres no fueron ajusticiadas en la hoguera, sino ahorcadas. Y que los procesos no los llevó a cabo la InEn contra de lo que se suele creer, Mateu subraya que, en Catalunya, aquellas mujeres no fueron ajusticiadas en la hoguera, sino ahorcadas. Y que los procesos no los llevó a cabo la Inquisición, sino tribunales civiles. «El santo oficio incluso les puso fin porque la situación se les había ido de las manos. El mundo feudal se desmoronaba y emergía un nuevo status quo que censuraba y recelaba de las supersticiones y los saberes empíricos de aquellas mujeres –explica el historiador–. Además, en el siglo XVII tuvo lugar la llamada pequeña edad glaciar, con inviernos largos y fríos, veranos frescos y húmedos, y fenómenos atmosféricos excepcionales. Así que las llamadas brujas se convirtieron en las culpables perfectas de las malas cosechas, del granizo y de las penurias de los campesinos».

Pero ¿quiénes eran las brujas? ¿El saco de boxeo de sus vecinos o también las herederas de antiguos ritos paganos y saberes milenarios que se habían ido transmitiendo de madres a hijas? ¿Eran seguidoras de la antigua religión de sacerdotisas que adoraban a la diosa, o mujeres marginales que, para sobrevivir, metían miedo a sus vecinos haciéndoles creer que tenían poderes mágicos?

Un poco todo, seguramente. Planchart, guía del Museu Etnològic, experta en plantas «y nieta de remeiera», entra por derecho en ese boscaje difícil de calificar que es la brujería. «Básicamente, eran señoras que no se ajustaban al orden establecido». Y bajo ese epígrafe, claro, el espectro podía ser variado. Había mayores. Solteras. Viudas. Analfabetas. Mujeres que vivían solas y que a menudo tenían defectos físicos. También las había francesas, que provocaban muchos recelos. Y mendigas. Y hechiceras. Y adivinas.

Sanadoras y parteras

Pero, sobre todo, muchas de las acusadas eran sanadoras y parteras con un gran conocimiento del mundo natural. «Sabían cuándo habría tormenta, qué plantas curaban y en qué dosis podían dañar», asegura Planchart, mientras va presentando la farmacopea que florece, furiosa, junto a la riera de Arbúcies. Aquí, el sauce, que tiene el principio activo de la aspirina. Y aquí la celidonia, que pulveriza las verrugas, y el saúco, que baja la fiebre.

«Eran sobre todo mujeres –subraya la guía– porque siempre han sido las más ligadas a la tierra y las encargadas de gestionar los misterios de la vida y la muerte». Así, eran mujeres las que asistían a los partos –«algunas practicaban cesáreas perfectas»–, las que curaban a la gente y al ganado con plantas (también hacían conjuros), las que practicaban abortos con ruda y las que sabían qué yerbas podían ser anticonceptivas. Paracelso llegó a decir que todo lo que sabía de medicina se lo debía, precisamente, a las brujas. «Habría quienes utilizaban sus saberes para hacer el mal –explica la guía, despiezando la leyenda negra–.

Pero, seguramente, su fama de infanticidas se deba a que a las parteras se les morían niños. Incluso los vuelos en escobas tienen explicación. Es probable que grupos de mujeres se reunieran para compartir remedios y se colocaran ungüentos alucinógenos en axilas y vagina. De ahí que sintieran que volaban».

Todo cuanto se sabe de los sabbaths o juntas de brujas –verdadera obsesión del poder, que en el siglo XIV se inventó que la brujería era una secta satánica– es básicamente lo que confesaban las acusadas mientras el verdugo las descoyuntaba y ellas admitían cualquier cosa entre alaridos tan poco sospechosos de satanismo como «mare de déu, auidau-me, mare de Déu, per amor de Déu sia», que gritaba Elisabet. De ahí que, como dice el historiador Agustí Alcoberro, se puede reconstruir la caza de brujas pero no los delitos por los que fueron ejecutadas. «La historia de la brujería –escribe el investigador– resulta un objetivo imposible o incluso inútil, en función de las creencias de cada cual».

Aquelarres y diablos aparte, un número creciente de estudios se resisten a pensar que este feminicidio solo se explique porque las élites eclesiásticas y civiles quisieran controlar las creencias, el saber y las decisiones sobre la vida y la muerte. El Renacimiento, siempre explicado en términos elogiosos, llegó con una cara b de renovada misoginia que supuso un retroceso para las mujeres. Con la edad moderna, se habían acabado las escritoras y las científicas que habían surgido en el medievo. «La caza no fue simplemente una explosión de histeria colectiva que encontró una cabeza de turco en las brujas –mantiene la historiadora Isabel Pérez Molina–, sino una persecución consciente promovida y dirigida contra las mujeres que, por su sabiduría, independencia o simplemente por su inadaptación a los límites que les habían impuesto cuestionaban con sus vidas el orden establecido».

Sumisas y domesticadas

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