Ir a contenido

testigo directo

Cuando las noticias viajaban en bici

VÍCTOR OLMOS

La agencia Efe, que acaba de cumplir los venerables 75 años, era una moza de solo 17 cuando yo, que tenía 20, entré a trabajar en ella como redactor del servicio internacional. Llegué el 1 de julio de 1956, domingo, siendo todavía alumno de la Escuela Oficial de Periodismo. Entré por una sencilla razón: la agencia norteamericana United Press, que en esos momentos era su principal suministradora de noticias del extranjero, había decidido ofrecer sus servicios únicamente en inglés, sin traducirlos al castellano, como había hecho hasta entonces. Y como en aquellos años no había muchos periodistas que supieran inglés, Efe tuvo que buscar redactores-traductores para su servicio internacional en la Escuela de Periodismo. Yo fui uno de ellos.

La agencia con la que me encontré estaba dirigida por Pedro Gómez Aparicio, que había sustituido al primer director-gerente de la entidad, Vicente Gállego, aunque su filosofía informativa había variado muy poco desde su constitución en Burgos en febrero de 1939, casi al final de la guerra civil. En otras palabras, Efe seguía siendo un instrumento de propaganda del Gobierno y estaba «consagrada a la defensa de los intereses nacionales».

En aquellos tiempos las noticias del extranjero llegaban a Efe a través del servicio de United Press, por teletipo, y de la británica Reuters, también en inglés, por Hell. Aquellos teletipos consistían en una larguísima y estrecha cinta en la que las noticias estaban escritas, palabra tras palabra, con letras en mayúsculas, tintadas en azul.

Pero Efe era algo más que el agente suministrador de la información extranjera. El Ejecutivo había decretado que fuera la única fuente de información del exterior para los medios españoles, así que, en realidad, era el filtro político para lavar la cara a las noticias. Los jóvenes redactores-traductores del servicio internacional de Efe éramos conscientes de que una de nuestras responsabilidades más importantes consistía en no divulgar aquello que pudiera molestar a las autoridades.

Para que no metiéramos la pata, los veteranos nos dijeron que las informaciones dudosas debían enviarse a consulta a los servicios gubernamentales de censura. ¿Cuáles eran las dudosas? Todas las críticas hacia el Gobierno de Franco o sobre personajes que se hubieran caracterizado como enemigos del régimen, como los actores Charles Chaplin y Bette Davis, los escritores Pablo Neruda y Thomas Mann, o políticos como André Malraux. También todas las referentes a la familia real española. Ninguna de ellas podía incluirse en el servicio a menos que los censores hubieran dado luz verde. También nos alertaron de que jamás debíamos fechar noticias en Moscú o Varsovia -para el Gobierno, los países comunistas no existían-, y que teníamos que hacerlo en Helsinki o Estocolmo.

No eran advertencias muy complejas, pero no debíamos olvidar ninguna mientras tecleábamos las informaciones en aquellas viejas máquinas de escribir de color negro, la mayoría de la marca Underwood. Escribíamos sobre unas láminas de cera de tamaño folio, sin usar cinta entintada para que los tipos perforaran la cera y pudieran luego imprimirse en una multicopista de alcohol que marcaba las letras de un pálido color azulina. Y es que, mientras que a los diarios de provincias se les hacían llegar las noticias por teletipo, a los medios de Madrid se les enviaban impresas, a través de ciclistas, que estaban continuamente pedaleando por las calles de la capital y eran conocidos con el nombre de cuartilleros.

En aquellos momentos, los jóvenes redactores que acabábamos de llegar solíamos preguntar a los compañeros de más edad el porqué del nombre de la agencia. Y nadie parecía conocer la razón exacta. Circulaban infinidad de rumores: desde que Efe era la primera letra del abecedario español que se escribía con más de dos letras y sonaba bien, hasta que procedía de las F del partido Falange Española y del nombre de Franco.

En 1980, altos ejecutivos de Efe intentaron separar los orígenes de la agencia tanto de la Falange, de tinte fascista, como del dictador Franco, y pusieron en circulación la teoría de que el nombre de la entidad se debía a que esta se había fundado sobre los cimientos de otras tres agencias, Fabra, Faro y Febus, las tres con la F. Pero esta fórmula lavaplatos (recordaba a la de fechar las noticias de Moscú en Helsinki) se desmontó al comprobarse que Efe, Fabra y Febus habían aparecido simultáneamente.

Finalmente, el auténtico fundador de la agencia, el todopoderoso ministro de Interior en 1939, Ramón Serrano Súñer, escribió una carta en junio de 1995 en la que confirmaba que el nombre de Efe se debía a la F de Falange y a la de su periódico FE, y que cuando más tarde se asoció el nombre de la agencia a la inicial de Franco, «a nadie le pareció mal» la idea.

Pasé mis primeros años de periodista en la redacción del edificio del número 5 de la madrileña calle de Ayala, que Efe ocupaba desde junio de 1940. Era la tercera sede de la agencia, después de la del piso segundo de la calle de Vitoria, número 9, en Burgos, en 1939, y de la del chalet en la calle de Espalter, número 8, en Madrid, al que se había trasladado a finales de año de su fundación.

En los años 50, los servicios informativos de Efe se distribuían bajo tres logotipos: las noticias del exterior las firmaba Efe, sobre un fondo azul marino; las nacionales, las identificaba Cifra, sobre un fondo marrón café; y las de deportes, tanto nacionales como extranjeras, eran de Alfil, sobre un fondo amarillo. Según la memoria general de los servicios de Efe correspondiente a 1958, en aquella época las informaciones escritas sumaban dos millones de palabras al año, se distribuían aproximadamente 38.000 fotografías, y el número de empleados de la agencia, entre periodistas, reporteros gráficos, técnicos y administrativos, ascendía a 200 personas.

1965 sería un año crucial en la historia de la agencia. El entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, del que dependía directamente Efe, decidió convertirla en una agencia internacional que no solo tuviera corresponsales permanentes en el extranjero (hasta aquel momento había tenido muy pocos y solo esporádicamente), sino que vendiera su servicio informativo a toda Hispanoamérica.

Para acometer dicho empresa, Fraga eligió a Carlos Mendo, que también había comenzado su carrera en Efe, y quien la transformaría hasta convertirla en una agencia internacional que competía de tú a tú en el mercado de habla hispana con los grandes colosos internacionales de la información, superando la oposición de quienes seguían viéndola como un elemento de propaganda franquista. No era fácil, pero Mendo lo logró.

Mendo volvería a la dirección de Efe en 1976, tras la muerte de Franco, pero solo durante unos meses, hasta que el Gobierno nombrado por Adolfo Suárez delegó en Luis María Anson el mando de la principal agencia de noticias del país. La victoria socialista en 1982 supuso la llegada de Ricardo Utrilla a la presidencia de la institución. Desde entonces, cada cambio de Gobierno se ha traducido en una mudanza de grandes periodistas al frente de la agencia: Alfonso Sobrado Palomares, Miguel Ángel Gozalo, Álex Grijelmo y José Antonio Vera, actual responsable de la institución. Hoy trabajan en Efe 3.000 profesionales durante las 24 horas del día en más de 180 ciudades de 120 países. Es la primera agencia de noticias en español y la cuarta del mundo. Además, distribuye sus servicios en seis idiomas. No se puede pedir más. ¿O sí? A mi juicio, todavía queda algo que apuntalaría de una vez por todas la credibilidad y la independencia de la institución: que el nombramiento del presidente no dependiera, como ocurre en la actualidad, del dedo del Gobierno de turno. No estaría mal que Efe se planteara este objetivo este año en el que celebra el 75º aniversario de su nacimiento.

0 Comentarios
cargando