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Albert Casals: «Mi padre me enseñó la libertad para vivir viajando»

Acaba de ser declarado Viajero del Año por la Sociedad Geográfica Española. Viaja siempre, y viaja para aprender.

Albert Casals: «Mi padre me enseñó la libertad para vivir viajando»

ELISENDA PONS

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A Albert Casals se le conoce por viajero. Por ser joven, muy joven, por conocer más de 80 países y por haber hecho todos sus viajes en silla de ruedas, y además con poco dinero. Por los dos libros que ha escrito, tal vez, por la película sobre su viaje a Nueva Zelanda (Mon petit), y, desde hace unos días, por haber sido declarado Viajero del Año por la Sociedad Geográfica Española. Muchos como él dicen que viajar es una manera de entender la vida. Pero Albert es distinto, es al revés: es su manera de entender la vida lo que lo lleva a viajar.

-Tengo entendido que le influyó su padre.

-En cierto modo, sí. Mi padre fue quien me educó durante los cuatro años que pasé en un hospital, entre los 5 y los 9 años. No me leía, porque yo leía por mí mismo, pero hablábamos de todo. Su idea era que yo fuera lo más libre posible para pensar por mí mismo. Mi padre me enseñó la libertad para hacer realidad el sueño de viajar, pero que mi sueño fuera viajar, eso lo determinaron otras cosas.

-¿Qué cosas?

SEnDTintínLas mil y una nochesEl señor de los anillos… Videojuegos como Final fantasy o Illusion of time. Si algo debe ser citado como influyente en mi decisión de viajar son los libros de fantasía y los videojuegos que tuve de niño.

-Se sobrepone a la dificultad de ir en silla de ruedas. ¿Nunca se lo pensó dos veces?

-Para nada. Desde siempre he trepado árboles, escalado montañas… Mi discapacidad es afortunada porque tengo equilibrio y fuerza de cintura para arriba, de modo que puedo subir la silla escaleras arriba y abajo, arrastrarme, trepar… Nunca me planteé que mi discapacidad me impidiera moverme por algún sitio, porque sencillamente no puede. En la isla de Santorini, en mi primer viaje, con 15 años, subí 588 escalones por mí mismo. He viajado en la parte trasera de camiones, escalado por grúas y andamios…

-Ese primer viaje, ¿a dónde fue?

-Aquí al lado: Francia, Italia y Grecia. Un Interraíl de 30 días con 100 euros en el bolsillo. A los 30 días se me acabaron los 100 euros y caducó el Interraíl, pero no se me acabaron las ganas de viajar. Me di cuenta de que debía cambiar de estrategia y aprendí a hacer autostop, comencé  a dormir en parques, en  playas... y descubrí que no necesitaba dinero para viajar. Ese momento, cuando comprendí que podía vivir el resto de mi vida viajando y nunca necesitaría dinero para ello, fue uno de los más felices de mi vida.

-¿Ha estado en peligro, ha pasado miedo?

-Bueno, ha habido situaciones complicadas. Cuando me quedé atrapado en un castillo abandonado en Escocia, en invierno, y casi me congelo, o cuando me desperté en una playa de Tailandia con un huracán en época de monzones, o cuando me caí al agua en una tormenta entre Colombia y Panamá, o cuando la picadura de un insecto me dio una reacción alérgica en Indonesia. Los mayores sustos han sido esos, creo.

-¿Por qué viaja?

-Ah, la gran pregunta. Pues porque viajar me permite liberarme de ideas y prejuicios. Porque, al ver el mundo a través del prisma de otra cultura, consigues librarte en cierto modo de la tuya. Al convivir con una tribu donde los niños tienen cinco madres y cinco padres, al pasar una semana con indígenas que no conocen el dinero, al sentarte en una mesa donde sería de mala educación no eructar después de comer, te vas dando cuenta de que las ideas son relativas, y vas ganando el conocimiento necesario para elegir por ti mismo cómo vivir. Esa es la verdadera razón por la que viajo.

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-¿Alguna persona que haya conocido viajando le ha conmovido especialmente?

-Nueve de cada diez veces no aprendo de una cultura como tal, sino de una persona en particular que ya ha pensado por sí misma y ha encontrado sus propias soluciones a los dilemas de la vida: son esas personas, por encima de todo, lo que justifica viajar.