derribando el muro digital (2)

La India: una tableta contra el analfabetismo

Fabricar un instrumento asequible para el bolsillo de personas pobres puede ser un paso gigantesco para erradicar esa condición. La empresa tecnológica Datawind ha emprendido semejante misión, con la intención de que una tableta de 40 dólares contribuya a diseminar el conocimiento en el gran país asiático. Esta es la historia de una ambición por tocar el cielo.

Un empleado comprueba piezas.

Un empleado comprueba piezas. / DIVYAKANT SOLANKI

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ANGELO ATTANASIO / JERÓNIMO GIORGI

Llegar no es fácil. Hasta los expertos chóferes de bicitaxi de Amritsar, esta ciudad india en la frontera con Pakistán, tienen que parar y preguntar. Nadie parece saber dónde está la sede de la empresa tecnológica Datawind. Finalmente, en un callejón sin asfaltar, entre casas de barro y olor a plástico quemado, asoman los cristales azules de un moderno edificio de tres pisos. Encima del logo de la empresa, en caracteres hindi, una frase de la religión sij: «Donde reside Dios, tu enemigo no puede dañarte ni el brazo». Debajo, en el umbral de una pequeña puerta, elegantemente trajeado y con un turbante negro que le envuelve la cabeza, está esperando Suneet Singh Tuli, el CEO de esta compañía, que produce la tableta más barata del mundo. 

Con trato gentil, Tuli guía a los visitantes por la empresa: en la planta baja se almacenan cajas de componentes, el último piso es para los talleres de ensamblaje y, finalmente, en la planta noble, está la oficina de este empresario al que la revista Forbes ha ensalzado como una de las 15 personalidades más influyentes del mundo en el ámbito educativo. Sentado detrás de su escritorio, desde donde divisa a través de un enorme cristal a las decenas de empleados que atienden al teléfono, Tuli envía mensajes a sus colaboradores con varios móviles. «Es que tengo uno para la India, otro para Canadá, otro para EEUU y para el Reino Unido», se disculpa. Emigró con su familia a Montreal a los 10 años. Ahora, con 45, visita más de una docena de veces al año Amritsar, la ciudad que ha escogido como una de las sedes de su empresa porque quería estar cerca del Templo Dorado, el más importante de su religión, el sijismo. Desde aquí controla la producción de la Aakash, una tableta de 40 dólares de coste con la que el Gobierno indio se ha planteado erradicar el analfabetismo e introducir a cientos de millones de ciudadanos en el mundo digital. «En la India hay mil millones de personas que viven con 150 dólares al mes, y queremos encontrar la manera de crear productos que puedan comprar con el salario de una semana», explica Tuli.

El proyecto Aakash nace en el 2009, cuando el Ministerio de Desarrollo de Recursos Humanos (HRD, el equivalente indio del Ministerio de Educación) lanzó el National Mission on Education through Information and Communication Technology (NMEICT), un plan quinquenal por valor de mil millones de dólares dedicado a la educación a través del desarrollo tecnológico. Una parte significativa de este presupuesto estaba destinada a la creación y distribución de una tableta para todos los alumnos de las escuelas públicas. Pese a las críticas iniciales, que tachaban el plan de demasiado ambicioso en un país con una población en edad escolar de 360 millones, el Instituto Indio de Tecnología (IIT) de Rajastán logró diseñar el dispositivo y lanzar una licitación pública para su producción. Datawind ganó el concurso y se comprometió a producir las 100.000 primeras tabletas a un coste de 49,98 dólares. El primer modelo fue presentado por el ministro de HRD, Kapil Sibal, el 5 de octubre del 2011 y bautizado Aakash, una palabra que en hindi quiere decir cielo.

«Hoy día internet es igual de importante que la electricidad», asegura Tuli, arreglándose la tupida barba canosa, uno de los elementos distintivos de los sijs. «En la India hay 900 millones de personas que usan móvil, mientras que solo un centenar de millones tiene acceso a internet, y la razón es económica. Creemos que rompiendo esa barrera llegaremos a los 800 millones de personas que están esperando una tecnología a su alcance. Y no podíamos dejar escapar esta ocasión». 

Las razones por las que Datawind produce la tableta a tan bajo coste son tres. La primera concierne a la fabricación del hardware; la segunda, al modelo de distribución, y la tercera, al de negocio. En el primer caso, la empresa ha abaratado el coste usando un sistema operativo de código abierto como Android de Google y los procesadores ARM, los más utilizados en la electrónica de consumo y también los más baratos. La parte más cara de una tableta es la pantalla táctil, que supone el 25% del coste. Por eso, desde hace unos años, en Datawind las producen ellos mismos, en sus dependencias de Canadá y de Amritsar. Además, Datawind ha reducido, sobre todo, su margen de beneficio sobre el hardware del 30% –el porcentaje promedio de los productores tecnológicos– a solo el 5%.

Esta decisión ha acabado por definir el modelo de negocio: las ganancias provienen de la colaboración con las empresas telefónicas y de la publicidad presente en los contenidos en la tableta. Los anuncios de compañías como Coca-cola y Google generan 10 dólares al año por tableta, y por cada app Android descargada, Datawind cobra entre el 30% y el 50% de la transacción. Finalmente, la falta de intermediarios entre productor y clientes y las ventas de su modelo comercial, llamado Ubislate, a través de teléfono e internet permiten ahorrar los costes de la pequeña distribución. 

Sin embargo, cuenta Tuli, el verdadero elemento propulsor de la Aakash es el concepto del good enough, o sea, de lo suficientemente bueno. El concepto fue elaborado por el economista Clayton Christensen en su libro The innovator’s dilema, y Tuli encuentra muchos puntos en común con su modelo de negocio. «Lo que Christensen logra demostrar es que la tecnología muy a menudo es suficientemente buena y barata para ganarle la competencia a una mejor tecnología pero más cara», 

explica, mientras un pequeño ratón se escabulle entre las mangueras del aire acondicionado de su oficina. «A partir del segundo modelo de la Aakash, hemos incorporado el mismo procesador del primer iPad. Me pregunto: ¿La potencia de aquel iPad es suficiente para mi cliente? ¡Claro que sí!». Para este empresario no se trata de ganar a Apple, sino de crear un producto teniendo en cuenta que el principal factor para sus clientes es el precio. Se trata, pues, de crear un dispositivo con las características lo suficientemente buenas para ese precio. «Es la forma de democratizar la tecnología», remata.

Una niña en una aldea remota

«La idea básica del proyecto es que cualquier niño pueda alcanzar el cielo, por eso lo hemos llamado Aakash», explica Pradeep V., un alto dirigente del Ministerio de HRD y uno de los ideólogos del proyecto. Según él, introducir en la educación los dispositivos tecnológicos permitiría reducir la brecha del analfabetismo de forma más fácil, económica y sobre todo más rápida que con la puesta en marcha de un plan de infraestructuras a lo largo de todo el país. «En mi mente siempre ha habido una imagen: una niña de una aldea remota, tal vez de una zona montañosa, carente de infraestructuras y que no tiene acceso a la educación. Si esta niña, una de los millones de alumnos de este país, tuviese una tableta en la mano y, con ella, la posibilidad de estudiar y tal vez convertirse en una nueva Einstein, este país cambiaría».

El analfabetismo es una de las lacras que frenan el desarrollo en la India. El 27% de la población de más de 7 años no sabe leer ni escribir, un dato que empeora en las zonas rurales, donde reside la gran parte de la población, y sobre todo en el caso de las mujeres. El plan gubernamental del NMEICT nació, pues, con el objetivo de reducir esos datos a través de una mayor penetración de las nuevas tecnologías. Primero se contactó con la organización One Laptop per Child (OLPC), dirigida por Nicholas Negroponte, fundador del MIT Media Lab.

Pero los 150 dólares que OLPC había propuesto como coste por cada dispositivo triplicaban los 50 que el Gobierno había presupuestado. Las otras grandes compañías, como Apple o Samsung, también habían decidido no participar en una operación que se antojaba llena de incógnitas. Además, por entonces el mercado de las tabletas estaba en sus inicios y los costes eran muchos más altos de los ofrecidos por el Gobierno.

«Pese a las dificultades, seguimos adelante con nuestra idea y llegamos a diseñar el dispositivo que estábamos buscando», explica Preadeep en la oficina de su ministerio, en Nueva Delhi, y subraya que Datawind fue la única empresa que asumió el riesgo. El dirigente tampoco esconde cuáles fueron los problemas que acarreó el proyecto. De hecho, el primer modelo de la Aakash, del cual se distribuyeron 100.000 ejemplares en proyectos pilotos en los institutos superiores y universidades del país, no funcionaba bien: el procesador no suportaba las aplicaciones, había que reiniciar constantemente el dispositivo y la pantalla era poco funcional. Negroponte criticó a los promotores del Aakash porque, a su juicio, no veían la diferencia entre «bajo coste» y «cutre», y aseguraba que usar componentes, diseño y elaboración baratos no era el camino. 

«Cualquier proyecto al principio sufre inconvenientes», contesta Kannan Moudgalya, responsable del desarrollo del proyecto Aakash en el IIT Bombay. Este instituto suplantó en marzo del 2012 al de Rajastán, y su primera tarea fue determinar si el proyecto era viable. Una vez identificados los aspectos críticos, involucró a los profesores y a los estudiantes de sus facultades científicas para desarrollar un software de código abierto para todo el mundo. Finalmente, creó una plataforma educativa con aplicaciones y contenidos accesibles tanto para los estudiantes como para sus enseñantes a través de la tableta. «Las críticas que recibió al principio tienen mucho que ver con las expectativas», afirma Moudgalya en su laboratorio del campus tecnológico Powai de Mumbai. «A ese precio no podíamos crear un iPad, pero logramos un dispositivo muy potente que permite subir los niveles educativos».

El lanzamiento se llevó a cabo el 28 de noviembre del 2012 en la sede de la ONU, con la presencia del secretario general, Ban Ki Moon, y del presidente de la India, Pranab Mukherjee. Sin embargo, pocos días antes del acontecimiento, otra polémica envolvió al proyecto. Unos periodistas de The New York Times pusieron de relieve que solo una pequeña parte del dispositivo, alrededor del 25%, se fabricaba en la India, mientras que la mayoría de los componentes provenían de China.

Intentos de alfabetización

«Nuestro contrato con el Gobierno indio no nos obliga a fabricarlo enteramente aquí», zanja la cuestión Tuli, mientras unos colaboradores sirven vasos de té. «Nosotros somos una empresa de diseño, como Apple. Pero hay dos aspectos por los cuales consideramos que se trata de una innovación de la que el país debería estar orgulloso: el primero es que ha sido pensada para los estudiantes indios, para el mercado indio y subsidiada por el Gobierno indio; el segundo es que el concepto del good enough, de encontrar las características adecuadas para el producto adecuado, es de aquí».

Hace ya varios años que en la India se han experimentado formas de combatir el analfabetismo a través de la tecnología, con resultados dispares. En el 2001 un grupo de científicos crearon el Simputer, un ordenador de mano simple, económico y multilingüe. No hizo fortuna y su producción fue suspendida en el 2005. En cambio, el experimento Hole in the wall, del famoso científico Sugata Mitra, ha logrado más éxito. En 1999 Mitra empotró un ordenador en un muro de un slum de Nueva Delhi para que los niños del barrio lo usaran y aprendieran de forma autónoma. Hoy día hay más de 300 estaciones de autoaprendizaje en el país.

Excelencia asequible

Pese a sus diferencias, los dos experimentos tienen en común la filosofía bautizada como frugal innovation, que en palabras de uno de sus ideólogos, Raghunath Mashelkar, es la capacidad de hacer más con menos recursos para más personas. «Es lo que se podría llamar excelencia asequible», explica Mashelkar en su elegante despacho del centro de investigación de Pune, a 200 kilómetros de Mumbai. En palabras suyas, es un cambio de paradigma revolucionario, que se está gestando en la India y en otros países pobres pero que pronto dará el salto a Occidente.

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Este científico, exdirector general del Consejo de Investigación Científica e Industrial de la India, comenta: «Antes funcionaba así: te iba bien y ganabas mucho dinero, y luego hacías el bien porque creabas una fundación para los pobres, como Bill Gates. Pero el nuevo paradigma es que te vaya bien haciendo el bien, es decir, creando productos, procesos o servicios con los que ganas dinero pero que al mismo tiempo están al abasto de cuanta más gente mejor».

Tuli, sentado detrás de su escritorio, está respondiendo a otro mensaje. Son los detalles del acto en el que participará al día siguiente como ganador de un premio por su contribución al desarrollo educativo. «Cuando era un niño y jugaba a las canicas en la calle, no nos preguntábamos por la clase social de cada uno», recuerda levantando la mirada de su smartphone. «Creciendo, me enteré de que aquel era hijo de jardinero, aquella, la hija del cocinero. Cuando me hice adulto, entendí que su extracción social estaba conectada con su educación, y de cómo su educación estaba conectada con su nivel económico. Mi vida ha sido distinta de la de los niños con los que jugaba a las canicas», remata. «No somos una organización caritativa. Hacemos negocio, así que vamos detrás de la oportunidad. Pero al mismo tiempo creo que tengo la obligación de contribuir a democratizar la educación, en la India y en todo el mundo». Porque, según Tuli, todo niño tiene derecho a alcanzar el cielo.