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El impacto urbano de la crisis

Un barrio feo... desde fuera

Bellvitge resiste a la crisis gracias a una red asociativa fuerte y a una población enraizada

H. L.
BARCELONA

El año próximo el barrio cumple 50 años. Medio siglo desde aquel 1965 en el que se estrenaron los primeros bloques de aquella ciudad dormitorio levantada siguiendo la poco estética arquitectura de extrarradio para acoger a las familias de los trabajadores de importantes fábricas como la Seat y la Pegaso. «Bellvitge es feo solo si lo miras desde fuera», explica con orgullo Roque Fernández, presidente de la asociación de vecinos del lugar, en el extremo sureste de L'Hospitalet.

Pese a tener todos los números para haber derivado a situaciones difíciles, similares a las que se viven en otros barrios periféricos de Catalunya estudiados en el análisis del IGOP presentado ayer, como Palau i Rocafonda, en Mataró, la situación de Bellvitge es completamente distinta. El barrio no experimentó la sustitución de la población originaria en la época de la burbuja, con lo que su vecindario se ha mantenido estable, y esos trabajadores de la Seat y la Pegaso llegados a finales de los 60 son actualmente jubilados con pensiones en muchos casos dignas, y, en todos, una fuente de ingresos fija. Pensionistas que, además, tienen una vivienda en propiedad -sin el yugo de la banca-, lo que les libra de los dos principales factores de exclusión: el laboral y el residencial.

Esa misma radiografía explica que Bellvitge ofrezca un para muchos imprescindible colchón familiar para los hijos de estos obreros que no han tenido tanta suerte y se han visto obligados a volver al hogar familiar en busca de ayuda.

«Ni un bloque más»

El punto de inflexión viene de lejos, cuando, en 1976, se plantaron y dijeron que «ni un bloque más». «Solo levantaban pisos, y ni un solo equipamiento. Ni una escuela, ni un CAP, hasta que dijimos basta y no dejamos que siguieran construyendo. Salimos a la calle y lo que hacían por la mañana lo tirábamos por la noche. Quemamos las máquinas...», relata Fernández. Fue entonces cuando una cada vez más fuerte y vertebrada asociación de vecinos arrancó a la Administración un plan parcial y se empezó a pactar la construcción de colegios, ambulatorios, transporte público, biblioteca... «Llegamos a ser el primer barrio de L'Hospitalet en el que sobraron plazas escolares», apunta ufano Francisco Morata, vicepresidente de la asociación vecinal.

Desde la firma de ese plan parcial y, sobre todo, después de esa demostración de fuerza inicial, en las últimas décadas la relación entre la Administración y el fuerte y combativo tejido asociativo ha sido fluida, logrando una dignificación urbanística del barrio que ha sido clave para, años más tarde, frenar las tentaciones de fuga de la población. «Este barrio es una verdadera maravilla, ¿quién querría irse?», apunta, muy serio, Morata.

Pero la relativa bonanza -evidentemente la actual crisis es tan feroz que nadie queda fuera de sus garras- se ha logrado siempre a base de lucha. En los últimos tiempos tienen entre manos una campaña para lograr la instalación de un ascensor en la estación de Renfe del barrio. «Tiene 37escalones. Es una vergüenza que una estación principal no esté adaptada», explican los veteranos activistas, que se encargaron de hacer llegar directamente a la ministra Ana Pastor su reivindicación en su reciente visita a Barcelona. «Se comprometió a ponerlo. Veremos», concluyen.