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ENTREVISTA CON ANDREU CARRANZA

«No hubo una conspiración contra las Terres de l'Ebre»

Escritor e hijo del activista nuclear Joan Carranza

SÍLVIA BERBÍS
FLIX

Cuando el escritor Andreu Carranza era apenas un adolescente sacaba la guitarra en las pausas de los encendidos mítines que su padre, Joan, y el cura Miquel Redorat iban haciendo por esos pueblos de Dios. Le permitían cantar contra la torre ardiente y poderosa que la industria atómica proyectaba erigir junto al río Ebro, en el municipio de tan singular trío, Ascó.

Joan el sastre fue un alcalde pionero en la lucha antinuclear que plantó cara a pecho descubierto a Goliat y perdió. Su hijo Andreu sacó un suculento aprendizaje vital de esa lucha y del duro exilio que la familia Carranza decidió emprender en apoyo del primer alcalde democrático, Joan, defenestrado en las elecciones por los nucleares. Pero se convirtió también en un referente del ecologismo catalán, y jamás, ni siquiera para recibir sepultura, quiso regresar a Ascó, su pueblo ya atómico.

Las nucleares fueron de las primeras industrias que despertaron cierta consciencia de riesgo en la zona. Tras ellas, han ido llegando otras actividades económicas controvertidas a las Terres de l'Ebre y al conjunto de la provincia.

-Un exilio voluntario por motivos ecologistas, siendo casi adolescente, puede marcar mucho...

-Hubo reunión familiar de mis padres y los nueve hermanos que éramos para tomar una decisión consensuada. Allí todos podíamos decir lo que pensábamos. Decidimos dar apoyo a mi padre e irnos, abandonar el pueblo, porque veíamos que la situación había llegado a unos límites de tensión y violencia insostenibles. Es muy duro para un joven romper las raíces y marcharte a una tierra extraña para convivir con una gente extraña. Pero mi padre era un romántico, un tipo muy cañero. Se fue  con la idea de no regresar nunca y la cumplió.

-Efectivamente no quiso volver ni para recibir sepultura. ¿Qué sintió usted al volver y ver la torre de refrigeración en marcha?

-Yo era un perdedor, éramos los perdedores, y así me sentía. Nuestra vida en Ascó quedó absolutamente alterada por la batalla nuclear y el caciquismo industrial brutal que produjo. Por eso tuve que reencarrilar mi vida, lo que me llevó al pueblo vecino, a Flix, donde me formé, y como dirían ahora, me reinventé.

-¿Qué se aprende de un combate contra lo que para algunos era el progreso?

-Eso te marca como persona y, en mi caso, como escritor. Bebo de esa fuente. En esa época, los años 70, cuando la gente del territorio reivindicaba la Constitución, en Ascó había un núcleo antinuclear. Y me refiero a una generación que en realidad estaba siendo pionera en impulsar uno de los movimientos más vanguardistas de Europa. Ese concepto naturalista y ecologista se ha quedado en la lengua, en la literatura, en la persona.

-La localidad de Flix, donde sigue viviendo, es otra población que durante décadas ha convivido con una industria que ha tenido un fuerte impacto ambiental, en este caso instalada sobre el río Ebro, aunque cuando se construyó hace más de un siglo no existía esa conciencia del riesgo. En general, por lo que ha conocido, ¿cuál es la actitud de la gente que convive con este tipo de instalaciones?

-La actitud es algo que evoluciona con el tiempo. Mientras la vaca tira, la gente calla, pero poco a poco, cuando empieza a fallar, ya es otra cosa. Es un proceso muy natural, porque hay que vivir de algo y no se va más allá. Otra cosa es el pensamiento personal que pueda tener cada uno. Pero si somos sinceros, lo cierto es que todos estamos contribuyendo a hacer de este un mundo peor, desde una persona pronuclear hasta un barrendero o a alguien que trabaja en un banco. Porque estamos en la rueda de este sistema caníbal capitalista y superamos el sentimiento de culpa por la degeneración global que vamos produciendo. Luego, hay gente que tiene una actitud reivindicativa, pero trabaja donde puede.

-Con todo, reconocerá que la Ribera d'Ebre tiene el PIB más alto de Catalunya... 

-Sí, y diría que incluso el PIB es de los más elevados de toda Europa. Pero la paradoja es que el dinero se genera aquí sí, pero no se queda en la zona. Producimos mucha luz, pero las rentas son de las más bajas y, además, el problema, el gran drama que tenemos,  es que no hay nada más, porque las industrias nucleares no quieren nada en su entorno, ya que así se depende más de ellas.

-¿Hasta qué punto esa dependencia de la que habla es perjudicial?

-Es fatal, la perdición. Porque nadie ha invertido nada más. Estamos abandonados, con toda la porquería. No creo que haya habido una conspiración consciente contra estas comarcas o el conjunto de la provincia, pero en el diseño del país, se siguieron algunos impulsos que han acabado determinando el mapa actual. Es como cuando alguien diseña una casa: hay zonas que son el granero, o el comedor, o el jardín. Pues en este caso, nosotros somos el váter. No creo que hubiera una animadversión consciente. Se empezó el proceso y se siguió una inercia. Pero además, en el caso de las Terres de l'Ebre, se ha producido una desidia patética en cuanto a inversión pública. Si paseas por la zona, lo ves claramente. Es consecuencia de padecer dos tipos de centralismo, desde Madrid y desde Barcelona, y encontrarte, en ambos casos, en la periferia.

-Habituados a ese modo de vivir que ha prevalecido durante décadas y que marca la socioeconomía de todo un territorio, ¿cree que cuando llegue el momento va a ser difícil romper esa tendencia, salir de ese tipo de monocultivo instalado en algunas zonas?

-En nuestro caso, costará rehacerse cuando cierren las plantas nucleares, y costará que la gente eche adelante otros proyectos. Se ha evidenciado que ese progreso que se vendió hace 40 años, cuando decían que habría agua, energía y crecimiento, no era más que una falacia.