09 jul 2020

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LA BATALLA DEL ABORTO

¿Marcha atrás? No, gracias (29/09/2013)

Marisol Ayala cogió el vuelo directo de Las Palmas a Londres un sábado a las diez de la mañana. Han pasado más de 30 años, pero lo recuerda con precisión casi notarial. «Siempre era en fin de semana, para que no se notara en el trabajo». Iba con su cuñada, que era maestra y chapurreaba un poco de inglés, la dirección de una clínica anotada en un papel y una «sensación atroz de terror y desamparo». «¿Y si me ponía mala? ¿Y si sufría una hemorragia? ¿Y si me metían en la cárcel?».

 

Era 1977 y ninguno de estos temores eran ideas remotas. En España, el aborto estaba penado con seis años de prisión, la condena que dos años después se pidió para las once de Bilbao, un puñado de madres de familia muy humildes que fueron acusadas de interrumpir su gestación y finalmente indultadas.

Con estos pensamientos embistiéndole una y otra vez, Marisol y otras tres chicas de Las Palmas aterrizaron en Londres en absoluto secreto. «Un mundo. Para mí, que venía de Canarias, aquello era demasiado grande. Por aquel entonces yo no sabía ni inglés. Lo único que sabía es que no quería ser madre y me daba pánico recurrir a aquellos sanitarios y curanderos que iban por los barrios y que habían provocado auténticas carnicerías». No es una forma de hablar. Marisol cuenta que, nada más ver el positivo de su embarazo, le volvieron como una bofetada en la cara todas aquellas noticias que había leído sobre un ATS del Hospital Insular de Las Palmas de Gran Canaria que había sido detenido con el instrumental en el maletero del coche y que acabó en la cárcel. «Y yo, claro, no quería aquello».

 

En Las Palmas, como en todas las ciudades, había una «trama de amigas que tenían amigas que...». Y una de ellas le dio la dirección de una clínica y de una pensión . «Entre el viaje y la operación, creo que me costó 45.000 pesetas, que en esa época era mucho dinero». También tenía que costearle el viaje a la cuñada. Aquello era «un dineral» para una joven que quería ser periodista y que «entre tanto trabajaba como podía» y acabaron organizando un fondo.

Nada más aterrizar en Heathrow,  se encaminaron a la dirección que tenían apuntada, que les llevó hasta una torre, con jardín, «muy inglesa, muy modesta». En la recepción, una enfermera les pidió el nombre y, sin más explicación -«creo que no di ni el carnet de identidad»-, le hicieron pasar a una sala de espera. Una de las chicas canarias, recuerda, tenía una lesión grave en el corazón que se guardó para ella. No estaban solas en aquella habitación. Casi de reojo, se miraban con otras jóvenes con la misma cara de miedo y la misma fonética en los apellidos. García. González. Pérez. «Me parece que aquel día todas éramos españolas. Pero apenas hablamos entre nosotras, solo teníamos ganas de oír nuestro nombre y de acabar. Estábamos asustadas, no sabíamos bien qué nos iban a hacer ni qué nos iba a pasar».

 

Seis horas en la clínica

 

Finalmente, el nombre que escuchó fue algo parecido a «Marisol Ayala», y pasó a otra habitación. «Una vez allí, recuerdo vagamente que me dieron una bata, me dijeron que me estirara en una camilla, me cubrieron con una manta hasta la nariz y me pusieron anestesia local». Cuando la anestesia le dejó de hacer efecto, se vistió y se fue. En total, seis horas y ya. «En la pensión estuve toda la noche sin pegar ojo, hablando con mi cuñada. No sentí alivio. Ni culpa. Solo miedo y un gran dolor, pero en el alma. ¿Cómo podía estar tan lejos? ¿Cómo podía ser que por decidir algo sobre mi cuerpo y mi vida pudiera acabar en la cárcel? En el avión de vuelta, una de las canarias sangraba. Fue horrible. Años después, un día mi cuñada me dijo: '¿Te acuerdas del viaje a Londres? Por Dios, qué espanto'».

 

No fue la última vez que Marisol interrumpió su embarazo. «Entonces no había educación sexual, la píldora aún tenía muchos efectos secundarios y en Canarias el acceso a los preservativos no era fácil». En 1981, cuando ya tenía dos hijos y su matrimonio estaba en tiempo añadido, tuvo una falta. «Cada vez que paso por el hospital, me veo a mí misma, llorando como una niña, en las escalinatas de la entrada, con la prueba en la mano. '¿Cómo lo hago? No puedo tenerlo, no quiero', me repetía». En esta ocasión, Marisol fue en busca de un ginecólogo al que conocía. «Le supliqué, le imploré que me hiciera el favor. Qué vergüenza. ¿Por qué tenía que rogarle a un señor al que apenas conocía? ¿Por qué tenía que explicarle mi vida, que se me hacía insoportable tener un tercer hijo? ¿Que no podía? 'Pero si tienes familia, mujer, piénsatelo', me decía. Estuve dos días temblando, no sabía si me lo iba a hacer».

 

Finalmente lo hizo, con coartada de legrado. Y para Marisol, que acudió a la consulta acompañada por su hermano -«a mi entonces marido le parecía una barbaridad»- fue una «liberación». «Sí, es una palabra fuerte, pero lo cierto es que no sentí culpa, ni frustración, solo que había puesto fin a una angustia enorme».

 

La periodista Marisol Ayala es solo un nombre y un apellido de entre las casi 30.000 españolas que hasta 1985 -cuando se despenalizó el aborto en caso de violación, malformación del feto y grave peligro para la salud física o psíquica de la embarazada- viajaban cada año al extranjero para interrumpir su gestación. Eso las que disponían de medios. Las más humildes o las que vivían en pueblos se arriesgaban a una interrupción insegura. «La mujer que quiere abortar lo hace. Y cuando está penado, el problema es para la que no tiene recursos», reitera Betlem Cañizar, de la Campaña pel Dret a l'Avortament Lliure i Gratuït.

 

La historia le da la razón con macabra tozudez. Ahí estaban la abortera del barrio, con la cánula, la aguja de hacer media y la lavativa. El perejil que, colocado en la vagina, provoca contracciones del útero. Lo mismo que los baños de pies con agua muy caliente y mostaza disuelta con caldo de perejil. En 1974, la memoria de la Fiscalía del Tribunal Supremo estimaba que en España se practicaban 300.000 abortos cada año que dejaban una espeluznante fosa común: se calcula que cerca de 3.000 mujeres morían por las infecciones y las complicaciones derivadas de aquellos métodos tan inseguros. Un apunte agravante: hasta 1978, la píldora era ilegal y no se podía ni informar sobre ella.

Ante este paisaje atroz, los colectivos feministas y de mujeres empezaron a organizarse. En unas jornadas que se celebraron en Llars Mundet, Carme, profesora de instituto y activista veterana, recuerda que se pusieron sobre la mesa los derechos al aborto y a decidir sobre el propio cuerpo. «Incluso se llegaron a practicar algunos como acto político -asegura-. Fue radical, sí, pero ya estaba bien de tanta oscuridad, de tanta clandestinidad. La gente todavía no tocaba el tema, pero era una práctica habitual».

En Barcelona, las chicas bien no tenían demasiados problemas para encontrar un médico amigo que les practicara una apendicitis de tapadillo en su consulta privada. Para las otras, uno de los colectivos más activos era DAIA (Dones per l'Autoconeixement i la Anticoncepció), que empezó a principios de los 70 organizando reuniones informativas en el bar Zurich de la plaza de Catalunya y acabó abriendo una oficina en la calle de Casp en la que, de puro éxito, había veces que la cola llegaba hasta el otro lado de la calle.

«Traíamos del extranjero cremas espermicidas y dius, que colocaban ginecólogas amigas -recuerda Rosa Ros, una de las fundadoras-. Los diafragmas llegaban del extranjero como si fueran tetinas de biberón y organizábamos reuniones donde mostrábamos cómo colocarlos. También sabíamos las farmacias que tenían la píldora. Solo hacía falta que un médico la recetara diciendo que era para regular la regla». DAIA era un grupo de debate y reflexión, pero también de acción. De ahí que asesoraran a las mujeres que deseaban interrumpir su embarazo. Si no tenían recursos, existía la posibilidad de abortar en casas particulares o en consultas de médicos afines. «Al entrar, siempre vigilábamos que no hubiera policía -afirma Ros-. Teníamos miedo, pero también en las manifestaciones. Era la lucha».

 

La lucha incluía los viajes «organizados», básicamente a Ámsterdam, que resultaba algo más económico, y Londres. Había mujeres de todo tipo. Estudiantes. Madres de familia. Incluso esposas de militares y cargos franquistas que no querían ir en grupo para que nadie las reconociera. «'Yo estoy en contra, pero lo mío es diferente'. decían». «Teníamos una agencia amiga que nos hacía descuentos, y las chicas iban juntas para acompañarse y darse apoyo», añade Ros. «Yo llegué a dejarle dinero a una alumna -explica Carme, la profesora-.  Aquellas excursiones se convirtieron en algo tristemente común y cotidiano». En el universo DAIA, nunca pasó nada. Ni detenciones, ni muertes, ni complicaciones.

 

Madre forzosa a los 16 años

La ley del 85 acabó con todo aquello. Aun así, las menores que quisieran interrumpir su embarazo debían tener el permiso paterno, y Carme, la profesora, aún recuerda cómo una alumna suya de 16 años que «escribía increíblemente bien» fue obligada por su padre a tener la criatura. «Dejó el colegio, el novio la dejó a ella y vivía encerrada en casa de sus padres. Dos años más tarde, me la encontré y llevaba el niño en brazos. No debía de pesar más de 12 kilos y, en cambio, parecía que eran 12 toneladas. Aquella chica estaba viviendo una vida que no quería».

 

La periodista Marisol Ayala guardó siempre escrupuloso silencio sobre sus abortos. Pero el secreto que se había tragado 30 años atrás regurgitó cuando Gallardón -cuyo padre llevó al Constitucional la ley de 1985- anunció la contrarreforma. Con lo poco que se sabe de ese documento, la plataforma Decidir nos hace Libres calcula que, de las 118.000 mujeres que cada año interrumpen su embarazo, 105.000 quedarán sin cobertura legal. «¿Qué pretenden? -dice Ayala-. ¿Meternos de nuevo en el cuarto oscuro? ¿Que tengamos que volver a pedir permiso a médicos y psiquiatras?». Y entonces, en un acto de «compromiso», se arrojó sobre el teclado. Y cantó«Yo he abortado con el miedo en el cuerpo, pensando que una de las veces no despertaría y que el médico amigo acabaría juzgado como asesino -escribió en mayo en su blog, www.marisolayala.com- . Lo recuerdo como algo negro, turbio, peligroso. Tan solo pensar que Gallardón puede condenar a nuestras hijas, nietas, amigas, a repetir la escena, me asusta. No permitamos que también ellas se vean obligadas a buscar quien les haga un 'apaño'».

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