Antonio Franco: «EL PERIÓDICO nació rojo»

Franco lee el primerejemplar de EL PERIÓDICO,frente a la actual redacción.

Franco lee el primerejemplar de EL PERIÓDICO,frente a la actual redacción. / JORDI COTRINA

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NÚRIA NAVARRO

Antonio Franco (Barcelona, 1947) estuvo en el minuto cero de la fundación de EL PERIÓDICO y lo dirigió durante 17 años. De la transición al tripartito. De los vapores del plomo a internet. Con él la consigna fue «esprintar». Conoce la intrahistoria del país y del diario. Unos cuantos secretos se los llevará a la tumba, pero aquí cuenta algunos. Sin tapujos.

-Y en el principio fue Antonio Asensio... ¿Cómo sigue la historia?

-Asensio, que era un chico con mucho empuje, muy periodista y muy vivo para los negocios, pasó un verano en Francia [su esposa, Chantal Mosbah, es francesa] y se enamoró de la prensa regional. Cuando le dijeron que La Dépêche vendía dos millones de ejemplares y Le Monde, 350.000, pensó que era un buen negocio.

-¿Y de qué modo entró usted en la cocina?

-Yo, que estoy casado con una francesa, Milene, también consumía esa prensa y estaba deslumbrado por su eficacia. Una vez perdí un perro, Paco, en Genebrière, cerca de Burdeos; lo comuniqué al ayuntamiento y salió en el diario. Recuperé a Paco. Vi la fuerza de la comunicación real. Alex Botines se lo contó a Asensio, y Manuel Martín Ferrand, que me dirigió en el Diari de Barcelona, le dio referencias de mí.

-Unidos por el amor a la prensa regional.

-Cuando empezamos a hablar corregimos el tiro, porque el agujero era otro.  Tenía que ser un diario popular, progresista y plural, que destacara por la política, los deportes, los temas de sociedad y los servicios.  EL PERIÓDICO nació rojo. Martín Ferrand, que era muy de derechas, no quiso dirigirlo, pero fue mi gran consejero durante los dos primeros años. Él me paraba y Asensio me excitaba. Y funcionó.

-La formación de la redacción se pareció a una operación rescate.

-Diez meses después de que nos despidieran a 30 del Diario de Barcelona, recibí el encargo de formar equipo y pude rescatar a 18 o 19 compañeros. Otros vinieron del Mundo Diario. Pero nadie había hecho antes un diario popular. Mientras los rivales estaban prisioneros de sus editoriales, defendiendo más o menos el statu quo, nosotros éramos abortistas, divorcistas, íbamos en contra de la pena de muerte, a favor del derecho al Estatut y de la Constitución democrática.

-Apuesta roja, sí. ¿Cómo definiría el estilo Franco de dirección?

-Sustancié mi manera de dirigir cuando me marché. En la primera etapa creo que supe empujar a EL PERIÓDICO. Tenía mucha confianza en los compañeros y fui el gran defensor del modelo. Me preocupaba que el diario estuviera diseñado de modo que se pudiera leer completo en los 10 minutos del bocadillo. Me puse muy pesado con el diseño. Pero tenía la sensación de que no era un buen director. Por eso, en 1982, me fui a El País. Allí aprendí cómo hacer consejos de redacción y consejos editoriales.

-¿Entendió el valor de la mano dura? La redacción temía esos consejos.

-Soy expansivo, soy grande, soy mandón. Pero siempre he respetado mucho a la gente. Los jefes de área fueron muy independientes. Hasta el día siguiente no les decía lo que no me gustaba. Nunca bajaba antes a tocar los cojones. Y confesaré que nunca supe dedicar horas a llamar a ministros y a jueces -cada vez que hablaba con ellos, me sentía condicionado-, pero quería que los especialistas lo hicieran y me lo contaran. También entendí que el director era el interlocutor con la empresa de lo que pensaba la redacción. Con Asensio llegué a una gran perfección: nos llamábamos por la noche, hacia las once, de casa a casa, y comentábamos las cuatro o cinco cosas de verdad.

-Ha trabajado con los pies metidos en el barro de la historia.

-Tengo la sensación de haber estado en un buen balcón ante el que han pasado las cosas y que, con un conjunto de compañeros cómplices, hemos contado a la gente lo que estaba pasando. Nos hemos equivocado algunas veces, pero hemos hecho un servicio muy correcto al sector progresista catalán, y también al equilibrio del país.

-En los  17 años de llevar las riendas,  ¿el peor trago fue el «ha sido ETA, no lo dudes» de Aznar, el 11-M?

-Eso lo llevé bien. Me sentí muy apoyado por la gente. Yo no me lo creía, hicimos una primera edición vacilante y, cuando tuvimos más indicios, al llamar él la segunda vez, le dije que me estaba engañando. Y luego armé el gran pollo. Conté a la prensa internacional las mentiras de Aznar. Después me arrepentí, pero entonces me pareció que no solo me había engañado a mí sino a todo el país.

-¿Qué elige del catálogo de cataclismos, entonces?

-Sufrí mucho la noche del incendio del diario, el 16 de septiembre de 1991. Más tarde supimos que fue una golfada, pero en aquel momento pensé que había sido cosa de la extrema derecha. Yo estuve en el Papus cuando estalló la bomba. Salí volando y vi al portero muerto. Quizá por aquella sensación del fuego y del humo, la destrucción física del diario me angustió. Puse coraje, porque la gente no se creía que íbamos a salir al día siguiente, y salimos. Pero mi lacra es otra…

-Usted dirá cuál fue.

-El 23-F estaba en Londres por motivos personales. Y tuve mi castigo. Había ido al cine y, al volver, en el hotel me dijeron que tenía llamadas. Casi 40. De mi padre, de mis hermanos, de mis compañeros, de Asensio. «Se me ha matado un hijo», pensé. Llamé a Carlos Pérez de Rozas, mi amigo, y después de saber qué pasaba, a Asensio, que me aseguró que Emilio Romero le había dicho que yo no podía volver. Pero cogí un avión de regreso a las seis de la mañana y en la escala de Madrid me enteré de que estaban saliendo del Congreso por la ventana. El equipo estuvo impecable aquel día.

-También se enfrentó a quienes le acusaron de relaciones demasiado estrechas con los socialistas.

-Siempre fui con mucho cuidado de marcar distancias con los que tenía afinidad ideológica. Viví mal con el tripartito, porque aproveché la oportunidad para hablar claro. Y tuve una buena relación personal, pero muy tormentosa, con el PSOE. Es verdad que el caso Filesa salió el mismo día que en El Mundo. También lo es que rompí la amistad con Felipe González por el terrorismo de Estado. Yo entendía que la derecha hiciera terrorismo de Estado, pero no los míos. Felipe intentó darme explicaciones sobre el GAL en la Moncloa y yo no quise saberlo. No quería saber cosas que iban a condicionar lo que iba a escribir. Me levanté y me fui.  Ahí acabó una amistad cojonuda.

-Y entre los momentos de gloria mayúscula, ¿con cuál se queda?

-Por encima de todos, el de la edición en catalán. Al principio del diario, hubo quien dijo que en una Catalunya democrática no tenía sentido un periódico en castellano. Había mucha presión, incluida la de Pujol, para que hiciéramos cosas en catalán. Lancé el farol de que, cuando pudiéramos, haríamos la edición en catalán. Y volví al diario precisamente por eso.

-¿Qué quiere decir?

-Juan Luis Cebrián y Jesús Polanco [entonces, director y editor de El País] me dijeron que tenía que ir a vivir a Madrid. Les respondí que yo había tenido mucha suerte profesional y que con esa suerte me compraba el derecho a seguir viviendo en Barcelona. Aquella noche embarqué a las 12.30 en un avión hacia Barcelona y me encontré a Asensio en primera. Le expliqué la situación y me dijo: «Tengo dinero, podemos tener instalaciones propias y hacer la edición en catalán». Tardé un mes en tener valor para decir en El País que me iba.

-Volvió en 1988 y se fue en el 2006, cuando empezaba el declive del papel.

-He sido un cojonudo lector de diarios. Eso me permitía hacer la auditoría del periódico. Como director de papel no me engañaba. Empujé el cambio de tecnología, pero ya se nos habían escapado los jóvenes. Vi que ya no era el director idóneo.

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-Y ahora, ¿cómo ve a los toros desde la barrera?

-Los diarios en papel seguirán vivos, pero serán simbólicos y minoritarios. La gente que tiene sensibilidad para estar informada ya ha dado el salto a lo digital y a los que no les gusta mucho leer, les basta con la oferta de audiovisual. EL PERIÓDICO, que tiene su espacio por la mucha documentación, la contextualización y las opiniones que crean polémica o complicidad, debe apostar por la independencia editorial.