01 oct 2020

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La presión social frena el derribo de una casa familiar en madrid

Por seis metros de acera

MAYKA NAVARRO / Madrid

Una familia del barrio madrileño de Tetuán frena la expropiación de su casa / JOSE LUIS ROCA

Durante 15 noches, Francisco Gracia Fernández, de 77 años, se recostó vestido y calzado sobre la colcha roja del sofá cama que preside el desangelado comedor. No fuera que tuviera que salir corriendo a defender la casa que construyó en 1954 en un terreno comprado en el barrio madrileño de Tetuán. Hace 10 años que el Ayuntamiento de Madrid aprobó un nuevo Plan General y desde hace tres intenta expropiar y demoler la casa de Francisco y su familia. Hasta este martes, durante 15 días, decenas de personas se han atrincherado en la vivienda del número 29 de la calle de Ofelia Nieto para evitar que se la quiten. De momento lo han conseguido, aunque el consistorio de Ana Botella no renuncia al derribo. ¿La excusa? Ganar seis metros de acera.

Francisco, que se pasó la vida arreglando maquinaria de los viejos hornos de pan, es un hombre dulce y callado. Luisa González, de 76 años, habla por él. «Ni mi marido, ni yo, ni mis dos hijas, ni mis yernos, ni mis cuatro nietos nos vamos a ir de esta casa porque no queremos. Y si al final nos sacan y la derriban, me plantaré con una tienda de campaña sobre las ruinas, porque me sobra dignidad para defender lo que es mío».

La familia ha renunciado a los cerca de 400.000 euros que les ha ofrecido el consistorio para expropiarles. «El dinero para ellos. Solo queremos seguir en esta casa en la que nací con mi hermana, y donde quiero seguir criando a mis hijos», dice Ángeles, la mayor de las dos hijas de Francisco y Luisa.

Hace tres semanas, los antidisturbios de la policía municipal fueron incapaces de desalojar al centenar de amigos, vecinos y activistas que se atrincheraron en la calle para impedir el derribo. Desde entonces, la casa se ha convertido en un fortín en el que la familia Gracia ha convivido con gentes que no habían visto en su vida pero con los que han gestado lazos de amistad inquebrantables.

«Tengo una sensación muy extraña. Es como si mi reloj vital se hubiera detenido. Llevo tres semanas viviendo solo para defender la casa de mi familia», relata Ángeles. Ni ella ni Luisa apenas pueden dormir. Solo descansan un poco, cuando el agotamiento les obliga a detenerse. «Todas estas personas nos dan la fuerza para seguir adelante», añade Luisa.

Una noche con ellos

El martes por la noche era el término que tenía el consistorio para derribar la vivienda con autorización judicial. El ayuntamiento, sin embargo, insiste en que no necesita nuevos permisos y que la demolerá cuando amaine la presión social y abandonen la casa los que se han instalado para apoyar a la familia. EL PERIÓDICO DE CATALUNYA pasó la noche con ellos junto a más de un centenar de personas que se repartieron en sacos, colchonetas y maderas por todos los rincones de la casa y la terraza.

Dos jóvenes llegaron expresamente desde Córdoba. También lo hicieron otras seis personas que viajaron desde Girona. Engràcia Casellas se emociona al recordar que la noche que llegaron, Luisa, la matriarca de la familia, les esperaba con la mesa preparada para cenar.

El martes, como los días anteriores, a la una de la madrugada se cerró la puerta principal, que es al mismo tiempo acceso al garaje, y que trabaron con varios puntales para dificultar el acceso. Poco antes apareció Justín García, de 82 años, la veterana del grupo. «Vengo a pasar la noche». ¿Viene usted a dormir con la familia? «Para dormir me quedo en mi casa. Vengo a luchar. A defender su dignidad que es también la mía», dijo toda de blanco y cargando una pancarta de cartón en la que se leía: «Que no los echen de su casa».

La solidaridad con solidaridad se paga. Lo sabe bien Gladis Cerna, de la asamblea del 15-M del barrio de San Blas, que tras ocho meses de negociar con el banco y luchar durante un año con la ayuda de la plataforma antidesahucios logró que se le condonara la deuda de la hipoteca. «Desde entonces voy de casa en casa, acogida en cuartos de amigos. Pero no mendigo, exijo un derecho universal, el de la vivienda», dice. Ha venido casi todos los días a dormir. Pasada la una, despliega su saco en lo que fue el comedor, junto al sofá cama en el que descansa Francisco.

La terraza, a tope

Ya en el garaje, porque en los cuartos de arriba y en la terraza no cabe más gente, Manuela pasará la noche sobre una madera. La solidaridad de sus vecinos de San Blas y la labor de la plataforma antidesahucios frenó el desalojo del piso que heredó de sus padres. Junto a su marido, avaló con su casa la compra de una vivienda para su hija. Y cuando esta dejó de pagar, el banco quiso quitarle la suya. «Sería inmoral no estar aquí, con esta familia, con todo lo mucho y bueno que yo he recibido durante todo este tiempo».

Para la periodista y activista Carolina León, de 39 años, fue la primera noche que durmió en la casa de la resistencia. Había estado de viaje y pudo colocar con amigos a sus dos hijas. Las niñas, de 7 y 12 años, sabían dónde y por qué su madre iba a pasar la noche fuera. «Les comparé el caso con el barco de Chanquete de la serie Verano azul. Y cantamos No nos moverán». Sus hijas han crecido familiarizadas con los términos solidaridad, desahucio, desalojo, especulación, abuso y sí se puede. Y la madre, comprometida, lo cuenta orgullosa. Sus hijas ya entienden que en esta vida o se mira con los brazos cruzados o se actúa para intentar que las cosas vayan mejor.

Actuar y defender su casa hacen los Gracia. «A cuántos habrán desahuciado ante el silencio y el miedo de sus víctimas -cuenta Luisa-. Pero con nosotros han dado con un hueso difícil de roer. A mí me sacarán, pero con los pies por delante. Yo ya no tengo nada que perder».

Mucha organización

Durante las dos semanas de resistencia, la convivencia en la casa se ha organizado con una diligencia admirable. Turnos para limpiar, para cocinar, para debatir, para vigilar que no llegara la policía, para difundir lo que allí estaba sucediendo. Y en medio de toda esa gente, los cuatro hijos de Luisa y Ángeles, tres de ellos menores de edad, que han correteado, reído, saltado y jugado entre los que ya consideran sus nuevos amigos.

¿Y ahora qué? «Lo primero, ir a buscar los libros y el uniforme del colegio de los niños, que con tanto follón no hemos podido», dice Angeles. ¿Y después? «Seguir e impedir que nos pisen. Ahora sé que podemos. No pasarán».