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Carme Sansa: «Igual me operaría el cerebro para ser más inteligente. Pero, ¿las arrugas?»

NÚRIA MARRÓN / Barcelona

A veces te das cuenta de que te haces mayor porque alguien te cede el asiento en el metro. A mí me pasó no hace mucho. Por primera vez. Y pensé: «Claro, he dejado de teñirme». Yo sé cuántos años tengo. Pero no me siento de esta edad. Pienso en el futuro menos que antes y vivo más al día, pero me encuentro muy bien y tengo mucha energía y ganas de seguir trabajando. Ahora estoy en la prueba piloto de una serie e intento llevar a Madrid un monólogo. Mi profesión me apasiona y me ha quedado una pensión... ¡50 años trabajando y resulta que muchas empresas no pagaron mi Seguridad Social! Además, tampoco quiero tirar la toalla. Eso que tanto se oye: «Ahora les toca luchar a los jóvenes». Yo creo que tienes que estar, aun en segundo plano, hasta que no puedes más. Ahora pienso mucho en las guerras y recuerdo a Maria Aurèlia Capmany. «No desaparecerán nunca -decía-. A los hombres las armas les gustan físicamente: tenerlas, dispararlas».

Con la edad, dicen, te vuelves invisible. Yo esto no lo he vivido: al ser actriz mi cara debe de sonar. Lo que sí me critican mucho es que me haya dejado de teñir. Los tintes estropean el pelo y un día dije «basta». Tengo arrugas y ahora también canas. Y menos pecho y más culo. Lo normal, ¿no? He entendido que me hacía mayor. Lo que no comprendo es por qué hay tan pocas, poquísimas, actrices que no se hayan hecho algo. Y actores también, ¿eh? Geraldine Chaplin dice que los papeles de abuela los hace ella porque tiene una cara normal. A veces veo a alguien más joven que yo, con esas caras estiradas que ni las reconoces, y pienso que se han desgraciado. Yo igual me operaría el cerebro para ser más inteligente. Pero, ¿las arrugas? Haré lo que sea para estar bien, pero no para tener menos arrugas. Aunque sea actriz.

Lo que sí me preocupa es que haya pocos papeles de mujeres. Y a más edad, menos aún. Es terrible. Los buenos personajes casi siempre son hombres. En este aspecto, ellos no tienen edad. Nosotras sí. Nosotras tenemos edad para todo. Cuando a veces doy clases, al principio, percibo que algunos alumnos me miran como diciendo: «Es mayor e igual lo que nos dice ya no cuenta». En un hombre la edad es experiencia. En nosotras, una pega. Y luego están los hijos. Un día, viendo a un compañero de mi edad con su bebé, pensé: «Qué suerte, viajaste, trabajaste y no tuviste que elegir el momento». A mí me habría encantado tener hijos y no los tuve. Hacerlo sola no me lo planteé. Y en un momento por una cosa, en otro por otra... Entonces era un poco o el trabajo o los hijos. No me flagelo. Supongo que debí de elegirlo así, pero creo que me he perdido algo importantísimo.

Cumplir años tiene sus cosas buenas. Distingues entre los accidentes del día a día y las catástrofes de verdad y aprendes a convivir con tus defectos. Yo soy extremadamente tímida. De joven, me resultaba más fácil estar en el escenario que vivir la vida normal. Me sudaban muchísimo las manos: si me las apretaba podía llenar un vaso. Era una losa y me operé. Seré tímida siempre, pero ahora si tengo vergüenza me aguanto y ya está.

Últimamente también me permito momentos de tranquilidad. En enero murió mi madre, con 99 años, una mujer que fue muy activa. Hacía 15 que vivía conmigo y el último fue agotador. Supongo que al no tener una familia que venía detrás me volqué en la de antes. Llegó un momento en que todo era o trabajo o ella. A ratos tenía que respirar hondo, sí, pero también aprendí a tener paciencia, a ser generosa. A veces va bien pensar en otra persona antes que en ti. Y lo volvería a hacer, pero acabé cansada. Y ahora hay tardes que si no tengo nada urgente y en la tele dan una película interesante, puedo estar dos horas sin moverme del sofá, con el gato en la falda.

Tras fallecer mi madre, yo y mi hermano somos ahora los viejos de la familia. Nos hacemos mayores, se va muriendo gente que nos rodea y la muerte sigue siendo un tabú. De ella no hablo ni con mi pareja. Hace años, con unas amigas planeábamos irnos a vivir juntas y repartirnos los gastos. ¿Que necesitábamos una enfermera? Pues una enfermera. Pero de la muerte no hablamos. En cambio, ser conscientes de que llega nos haría vivir mejor. Cuando mi madre, a lo último, comentaba según qué, yo le decía: «Mare, eso no se escoge». Se lo decía y no lo pensaba, porque yo creo que, si llega un momento en que no puedo hacerme valer, prefiero acabar y fuera. Un compañero mío lo hizo. Lo sabemos bien. Eligió y yo lo entiendo perfectamente.

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