Sopa y, de postre, sopa

Una escuela del Carmel cifra en un 5% los niños que presentan indicios de irse a dormir con el estómago vacío. «Hay chicos que solo cenan caldo o patatas chip», explica la directora

Una niña toma fruta en la escuela de El Carmel, el viernes pasado.

Una niña toma fruta en la escuela de El Carmel, el viernes pasado. / Albert Bertran

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M. JESÚS IBÁÑEZ / V. VARGAS LLAMAS / Barcelona

El menú, esta vez sí, es variado. Una manzana, unas galletas o quizás un bocadillo elaborado deprisa y corriendo en la cocina del colegio. Lo que no cambia, sea cual sea el tentempié, es que siempre se entrega a escondidas. Llega la hora del patio en el centro de enseñanza infantil y primaria El Carmel, en Barcelona, y los maestros no solo están atentos para preservar la paz social y la integridad física de los niños. Cada vez más, están alerta para descubrir si hay alguno sin almuerzo y se convierten en un improvisado centro de avituallamiento. Eso sí, que no se entere la jefa. «Sé que algunos lo hacen, pero no me lo dicen porque saben que me cabreo. Esa no es la solución», afirma Maria Francesca Massó, directora del centro.

El problema es que el del almuerzo no es el único déficit alimentario que sufren cada vez más alumnos. «Hay niños a los que les preguntas qué cenaron anoche y te dicen que sopa. Al decirles qué comieron de segundo y de postre, te responden que sopa», explica Massó. La profesora constata que comer un solo plato es la práctica habitual en muchos hogares. «¡A esos niños los ves zampar con unas ganas en el comedor!»

Paradojas con la beca

Pero hay casos peores: niños que sencillamente no cenan. De los cerca de 400 alumnos del centro, Massó cifra en «alrededor de un 5%» el número de chavales que presentan todos los indicios de irse a dormir con el estómago vacío. El porcentaje duplica la casuística de hace solo unos años. Pero está lejos del casi 30% que no siguen una dieta saludable, según sus impresiones. Casos en los que los niños «apenas cenan una bolsa de patatas o siempre un bocata».

Sin embargo, cabe hacer distinciones. «No se pueden achacar solo a motivos económicos todas las situaciones en que los niños comen mal», explica. Y aclara que muchas veces los pobres son los que más esfuerzos hacen para que sus hijos se alimenten en condiciones.

A Massó no le vienen de nuevo los aprietos económicos. Conoce la realidad socioeconómica de un barrio «que siempre ha tenido problemas». Pero confiesa que nunca hasta ahora se había encontrado con un panorama similar. «Cada vez te encuentras con más casos de desalojos. Muchas familias no pueden pagar el alquiler», explica. 

Adonde no llegan las familias, acuden los servicios sociales, cada vez más desbordados, y con los que la escuela tiene «una estrecha relación», dice Massó. La situación es tan complicada que si las ayudas públicas no sufragan todo el comedor, muchos padres renuncian al no poder pagar. «Es una paradoja que en zonas como esta bajen las peticiones de beca comedor y suban en otras como el Eixample», afirma.

Indicios de la problemática

Dificultades de los hogares que no tardan en reflejarse en las aulas. «Hay madres que te explican que no pueden pagar el material ni la comida del crío porque tienen la nevera vacía y 30 euros para pasar el mes», relata la profesora. El centro ofrece facilidades y permite fraccionar el pago de los 80 euros anuales de material para no agobiar a los padres.

Y a veces ni siquiera hace falta que los adultos confiesen sus aprietos. «Cuando lo pasan mal en casa, los niños lo manifiestan de alguna manera. Algunos se ponen tristes, otros bajan el rendimiento, hay quien se pone conflictivo... Cualquier cosa que llame la atención de los mayores, explica. 

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La directora sabe que el problema no es exclusivo de su escuela y advierte que entre los docentes se extiende una sensación de «impotencia», que queda aliviada, en parte, por las becas que se conceden. «A veces nos quejamos de los recortes, y con razón. Pero te olvidas de lo tuyo cuando ves a nuestra clientela, sin ni siquiera para comer en algunos casos», afirma.

Massó insiste en que es necesario hacer un esfuerzo por los niños más desfavorecidos: «Un chico bien alimentado tiene media vida ganadaMejora su aprendizaje, su convivencia y hace posible que tenga un futuro».