La escuela se erige en el primer dique para evitar el hambre infantil

Los docentes asumen una nueva función social, que va más allá de las obligaciones pedagógicas

Muchas madres confiesan que la única comida completa que hacen sus hijos es la del colegio

Unas monitoras atienden a los alumnos mayores en el comedor escolar del colegio Antaviana, en el barrio de Roquetes de Barcelona, ayer.

Unas monitoras atienden a los alumnos mayores en el comedor escolar del colegio Antaviana, en el barrio de Roquetes de Barcelona, ayer. / DANNY CAMINAL

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M. JESÚS IBÁÑEZ / V. VARGAS LLAMAS / Barcelona

Las escuelas catalanas se están convirtiendo en el primer filtro para la detección y prevención del hambre infantil. No solo garantizan que muchos niños tengan al menos una comida completa y saludable al día, a través del servicio de comedor escolar, sino que ayudan a los servicios sociales a identificar a los alumnos (y por extensión a las familias) que están en riesgo de entrar en situación de pobreza. Los maestros están asumiendo una nueva función social, más allá de la educativa. 

«Los colegios están llegando allí donde no alcanzan administraciones y servicios sociales, entre otras razones, porque en algunas zonas estos últimos están desbordados», observa Francesc Freixanet, director del colegio Antaviana, en el barrio de Roquetes de Barcelona. Freixanet explica que ha tenido que atender a niños que se han mareado en clase porque, según confiesan los propios afectados, «no habían cenado la noche anterior ni desayunado por la mañana». Maestros del colegio han sorprendido a alumnos revolviendo en las papeleras de las inmediaciones del centro en busca de algún pedazo de bocadillo, «igual que ellos han visto hacer a sus padres». 

Pese a estos indicadores, insiste el director, «más que la desnutrición, el problema aquí es la mala alimentación o una alimentación desequilibrada». El comedor escolar (un 55% de los alumnos del centro tienen beca para este servicio) permite paliar en cierta medida estas situaciones. «Muchas madres nos confiesan que la única comida del día que sus hijos hacen con dos platos y postre es la de la escuela», explica M., directora de un colegio ubicado en el distrito barcelonés de Horta-Guinardó al que prefiere no identificar.

M. asegura que cada vez hay más casos de familias que «sobreviven con la ayuda de los bancos de alimentos y los vales de súper de las oenegés». «Nuestra preocupación es saber qué pasará en verano», agrega Freixanet.

ABIERTOS TODO EL AÑO / Dentro de las nuevas funciones adquiridas por la escuela a raíz de la crisis, el Antaviana lleva ya un par de años sin cerrar sus instalaciones en verano. «Las cedemos a empresas y oenegés que organizan actividades de ocio, educativas y de comedor», indica el director. En julio, se organiza un casal ordinario, por módulos semanales y para el que los niños reciben becas. En agosto, la cocina, algunas aulas y el patio son ocupados por los chavales que acuden al casal comedor de la fundación del Pare Manel.

«Son siempre jóvenes, de entre 4 y 16 años, que llegan derivados desde los servicios sociales. Sin un informe del asistente social, no son admitidos. Si no lo hiciéramos nos desbordarían», indica el sacerdote que ha dado nombre a la oenegé. La cuota para asistir a esta actividad es «simbólica», dice el cura, «pero, aun así, casi todos reciben becas». «Hay familias para las que llevar al niño al casal es un lujo», reconoce.

MANTENER LA ILUSIÓN / En ese empeño por que la rutina diaria y las ilusiones se mantengan intactas entre los niños cobra cada día más importancia el profesorado. «Cuando los tutores reciben a los padres, muchas veces acaban hablando más de la crisis del hogar que del rendimiento académico del hijo», dice M, directora de otro centro. «Muchos te dicen ‘me da vergüenza, pero no tengo dinero’. Y casi siempre es verdad, no son unos jetas. Hacen grandes sacrificios por los pequeños, pero no llegan», añade la directora del colegio de Horta-Guinardó, catalogado de atención educativa preferente. 

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Una vez constatada la situación del menor y de su entorno, toca activar el engranaje burocrático. Por una vez, es fluido. «Cada jueves viene una trabajadora social y le informamos de nuevos casos problemáticos. Nosotros detectamos y alertamos; los servicios sociales actúan», explica M. 

La directora reivindica el rol esencial de la escuela pública en esta crisis histórica, ante la flagrante falta de respuestas de la clase política. «Cada vez hay más familias con los dos padres desempleados. ¿Y cuándo se acaben las ayudas? –se pregunta–. Eso no parece importar a algunos dirigentes, más preocupados por la LOMCE y engrosar el presupuesto de los centros privados».