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Gente corriente

Antònia Domènech: «Los problemas parecen inmensos si te sientes solo»

Carme Escales

La espasticidad es una afectación muscular que causa tensión y rigidez a quienes la padecen. La falta de oxígeno en un episodio de asfixia, como el que soportó al nacer Antònia Domènech, puede causarla. Fisioterapia y rehabilitación son los mejores acompañamientos para las personas espásticas. Para que esa atención beneficiase a más afectados, esta vecina de Terrassa creó la Associació de Fisioteràpia i Rehabilitació (Adfir), un apoyo físico y moral que acaba de cumplir 20 años.

-¿Cuáles fueron los primeros síntomas de lo que padecía?

-Fue al empezar a caminar. Arrastraba los pies y doblaba las rodillas. Y desde entonces siempre he caminado con dificultad. En una revisión, el médico dijo que había tenido una parálisis de la que nadie se había dado cuenta. Pero fue por haber padecido la asfixia al nacer.

-¿Dónde nació?

-En Eivissa, el 10 de enero del 37.

-¿Cómo fue su infancia con aquella limitación física?

-Bueno, mi trabajo más duro de niña era hacer que los otros niños me dejaran jugar. Tampoco me dejaban hacer gimnasia en el colegio.

-¿No podía aprovechar nada de las sesiones de gimnasia?

-No, porque me decían que desorganizaba el ritmo del grupo. Pero desde los 8 años hasta los 20 fui cada tarde a casa de la profesora de gimnasia para hacer ejercicios. Lo que yo tengo no tiene curación, pero todo lo que ayude a mantener la movilidad te da calidad de vida.

-¿De dónde sacaba el ánimo o las fuerzas cuando le faltaban?

SEnDEs que yo nunca me consideré enferma. Caminaba con dificultad, pero subía a los árboles como los otros niños. Hacía todo lo que me proponía. Cuanto más me esforzaba, más fuerzas sentía. Eso va con mi carácter.

-¿Por qué dejó Eivissa?

-Me casé con un catalán.

-¿Cómo se conocieron?

-Yo vine a Barcelona a operarme de apendicitis y aquí me hablaron de un especialista en hernias que podía operarme para ver si mejoraba de mi problema muscular. Y lo hice, aunque aún perdí más movilidad.

-¿Se ha arrepentido alguna vez?

-¡No! Si no lo hubiera intentado, toda la vida me habría preguntado qué hubiera podido pasar. Y durante mi recuperación en la clínica conocí a mi marido. Él se había roto una pierna y me abría las puertas cuando salía a pasear, y me prestaba libros.

-¿Tuvieron hijos?

-Una niña. Y ahora tenemos ya una bisnieta de 2 años y medio. Es una preciosidad, nuestra alegría.

-¿Y su problema fue a más?

-Sí. Con 55 años necesité un bastón para caminar, y como no podía pagarme masajes y rehabilitación, un día un médico del CAP de Terrassa me sugirió que crease una fundación para personas que necesitaran lo mismo que yo. Y así lo hice. Fundé la asociación, que la semana pasada cumplió 20 años y hoy tiene a más de 80 personas adheridas.

-¿Qué aporta la fundación?

-Terapia de grupo, movilidad y rehabilitación en nuestro local del barrio de Ca n'Anglada. Hacemos más asequible esa atención -42 euros al mes por tres días por semana-, que necesitamos psicológicamente, porque los problemas parecen inmensos si te sientes solo.

-Tras 20 años, ¿cuál es hoy su deseo para la fundación?

-Necesitaríamos un pequeño local a pie de calle en el barrio de Vallparadís, porque ya somos muchos los que no nos podemos desplazar hasta el otro centro. Nos reunimos en la plaza del Onze de Setembre, pero en invierno no podemos estar en la calle.

-¿Qué es más difícil en su día a día?

-Que me tengan que ayudar en todo. No hay nada más amargo que tener que depender de otras personas en tu vida diaria.

-¿Hay alguna actividad que la haga sentir especialmente bien?

-Escribir. Desde que empecé a jugar, de niña, escribo mi vida en forma de poesía. Y a veces la doy a leer.

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