06 abr 2020

Ir a contenido

Fenómeno delictivo

«¿Seguro que no volverán?»

Los alumnos encajan la noticia de un robo con desconcierto, frustración y, los más pequeños, miedo

Algunos centros optan por explicárselo todo; otros, por quitar importancia a lo ocurrido

MARÍA JESÚS IBÁÑEZ
BARCELONA

El día que los alumnos de quinto llegaron a clase y vieron que, en lugar del cañón de proyección, en el techo solo quedaba un gran agujero, «lo primero que expresaron fue desconcierto. Luego, hubo sobre todo tristeza», recuerda Agustí Farré, director del colegio Sinera, de Arenys de Mar (Maresme). Son las reacciones más habituales. Luego aparecen la impotencia, la frustración y, cuando los chicos son más pequeños, el miedo. «¿Seguro que no van a volver?».

Ningún manual de pedagogía explica qué hay que contar a un niño cuando su colegio, ese lugar de juegos y enseñanzas, a priori seguro e inexpugnable, ha sido asaltado por los ladrones. ¿Qué decirles cuando se encuentran con que alguien, un desconocido, ha entrado clandestinamente en el aula, se ha llevado material y no ha dejado más que destrozos? ¿Cómo reaccionan cuando aparecen los Mossos y les piden que no toquen nada?

«Nosotros optamos por explicárselo todo: qué ha pasado y por qué. Les dijimos que los robos están aumentando en todas partes por culpa de la crisis y que eso lleva a alguna gente a delinquir. Entendieron las explicaciones, aunque eso no quitó que sintieran cierta impotencia», relata Joan Torrent, director del colegio Els Xiprers de Barcelona. El centro, en pleno corazón del parque de Collserola, está reforzando estos días sus medidas de seguridad con la renovación de una de las puertas de acceso, después de haber elevado hace ya unos meses la valla que rodea el recinto. «Hemos habilitado unas taquillas para que los maestros guarden sus cosas bajo llave y a los padres que vigilan el patio les hemos pedido que extremen la atención, porque la hora más difícil, en nuestro caso, es la del mediodía, cuando hay muchas entradas y salidas», agrega Torrent.

La policía impresiona

Otros centros optan por lo contrario: evitar las explicaciones y restar importancia a los hechos. «La primera vez, llevamos a todos los niños al comedor y allí improvisamos una actividad. La segunda, como también habían entrado en el comedor y la cocina, los llevamos a la biblioteca. Solo los más mayores preguntaron y a ellos sí que les dijimos qué había ocurrido», cuenta Elisabet, directora de una pequeña escuela rural del Berguedà, una comarca especialmente castigada por los amigos de lo ajeno.

La docente es partidaria de «no dar más importancia a lo ocurrido», porque «lo único que se consigue es que los chicos se angustien más». Aunque a veces es difícil que los hechos pasen desapercibidos. «En nuestro caso, lo que más les atemorizó fue la presencia de la policía, que justo llegó a la hora del recreo. Los agentes se pasearon por el patio, en busca de pruebas, supongo, y los alumnos quedaron impresionadísimos», relata Núria Prat, secretaria de la escuela Lillet A. Güell, en La Pobla de Lillet (también en el Berguedà). «Algunos corrieron a buscar su mochila y la escondieron por si regresaban los ladrones», prosigue Prat.

Los colegios son un blanco fácil, demasiado fácil, para los ladrones. «Somos muy vulnerables, sí», admite el director de Els Xiprers. Por eso y porque no hay dinero ni para reponer el material robado ni para reforzar la seguridad, cada vez hay más profesores que en vacaciones se llevan el material a casa, que ponen candados y dejan los despachos siempre cerrados bajo llave, que recolectan ordenadores viejos entre familias y otros posibles donantes... «Un grupo de padres llegaron, incluso, a hablar de la formación de brigadas de vigilancia, que irían dando vueltas por los alrededores del colegio por si pillaban a algún sospechoso», dice el director del colegio Sinera, donde los cacos han entrado cuatro veces desde el pasado julio.

Los robos tienen también efectos logísticos y organizativos en los colegios. «Se nos han llevado seis ordenadores portátiles y discos duros, además de dinero en metálico. Eso nos ha obligado, por ejemplo, a agrupar a los chavales de cuatro en cuatro en las clases de informática», explica Elisabet. En otros casos, los docentes han tenido que alterar la programación del curso, sobre todo de las clases de tecnologías.