El clamor judicial y la tragedia de los afectados

Cortejo con el abismo

Un vecino de Vilafranca explica el tormento de saberse amenazado de desahucio y cuenta cómo llegó hasta ahí

Zafra revisa los papeles de su hipoteca en Vilafranca del Penedès, ayer.

Zafra revisa los papeles de su hipoteca en Vilafranca del Penedès, ayer. / ALBERT BERTRAN

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MAURICIO BERNAL
VILAFRANCA DEL PENEDÈS

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Ahora los tiempos de la prosperidad se han ido y Josep Zafra ve distantes los años en que era un asalariado, y en que además de asalariado era emprendedor, y tenía bastante dinero para comprar un piso, montar un negocio, hacer planes, mirar al futuro con confianza; ahora es natural que diga cosas que probablemente no decía entonces, como que«últimamente»las noches le resultan«muy largas»,o como que si no fuera por su hija«ya no estaría aquí»,refiriéndose con eso, a juzgar por el énfasis que pone, a que estaría muy lejos, verdaderamente lejos, o que diga incluso cosas como esta:«Si yo me voy a la mierda, mucha gente se va detrás mío»;ahora los tiempos, más que malos, parecen pésimos; ahora Zafra está a punto de perder la batalla con su banco, y eso implica, sencillamente, que se quede sin su piso. Esta es la historia completa, que el afectado, uno entre miles -los desahucios se extienden como la peste- compartió, a través de la sección Entre Todos, con EL PERIÓDICO.

Zafra tiene 45 años y eso es un dato porque él mismo la considera una edad«maldita»,al parecer porque es la de los que ya nunca en este país hallarán trabajo. Vive en Vilafranca del Penedès y hace un par de semanas, después de meses de hablar con su banco, de negociar con su banco, de buscar, en suma, un punto de encuentro, el germen de una solución, llegó la mala, la pésima noticia: una notificación por correo con la información de que el asunto se iba a resolver por la vía judicial. Para entonces, Zafra llevaba cuatro meses sin pagar la hipoteca, simplemente porque no le llegaba el dinero.«No es que no quiera; es que no puedo».

Josep i Laila

«El piso lo compré en el año 96 por 6,8 millones de pesetas, algo más de 40.000 euros; pedí una hipoteca y me la dieron sin problema».Entonces Zafra era soltero y tenía un empleo en Roca por el que cobraba 1.600 euros mensuales, y lo dicho: la vida era plácida y buena y no había apenas dificultades.«Vivía bien»,dice. Seis años más tarde contrajo matrimonio, y con su mujer decidió abrir un café que decidió bautizar -señal de bienaventuranza- con sus respectivos nombres: Josep i Laila. Luego tuvieron una hija. Tan bien, francamente, les iba todo, que al cabo de un tiempo decidieron convertir el café en restaurante, así que alquilaron otro local. ¿Por qué no? El pueblo estaba lleno de constructores con los bolsillos a rebosar, gastando por gastar. No era un buen momento: era el momento, así de simple.«Dos semanas más tarde la empresa presentó un ERE, y yo estaba incluido y me quedé sin trabajo. Lo peor fue que al ser asalariado y a la vez autónomo, no tenía derecho al paro».

Todo a partir de entonces se precipita, pero antes de avistar el abismo Zafra se aferra a la esperanza y pide otro crédito al banco, para cubrir los gastos del restaurante.«Pedí 50.000 euros, pero el banco, digo yo que sin mala fe, me ofreció 100.000».Eran los últimos meses del 2010 y Zafra no conseguía trabajo, no podía, era imposible. Pasaba currículos, hacía llamadas, buscaba la promesa, solo eso, de una entrevista, pero el esfuerzo lo pagaban con silencio. El banco, entonces, le ofreció -parecía lógico- unificar las hipotecas, y la operación derivó en un pago único mensual de 1.300 euros; y sí, ver esa cifra fue malo, pero más malo fue que después Josep y Laila se divorciaran, y que el juez decretara que se quedara ella el piso -y la custodia-, y condenara a Zafra a pagar 400 euros de pensión. Este vendió la moto, y luego el coche, y luego sacó de sus ahorros, preciosos ahorros, para pagar cuentas, para cubrir gastos. Alquiló un piso por 440 euros. Su economía se derrumaba. Cerró el restaurante.

«Así que a partir de un momento pagaba 1.300 de hipoteca, 440 de alquiler y 400 de la pensión de la niña. Mis gastos de partida cada mes».Alguien («alguien cercano, una persona sin la cual no estaría aquí») le prestó entonces un dinero y Zafra se embarcó en un nuevo negocio, un pequeño café y coctelería del que sacaba cada mes 1.500 euros de beneficios. Pero las cuentas no cuadraban, debía más de lo que ganaba, así que acudió al banco. Pidió renegociar la deuda, ampliar el plazo y reducir la cuota, y dijo que haciendo un esfuerzo podría pagar 550 euros. El banco se negó, y llegó el día -inevitable- en que Zafra se quedó sin ahorros; no podía pagar.«Desde junio no pago»,dice.«No puedo».Y claro: llegaron los avisos de impago:Para evitar molestias innecesarias, le pedimos que regularice esta situación lo antes posible.El banco es Catalunya Caixa.

La última opción

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Y así llegó el 25 de octubre y la mala, la pésima noticia. Podía haber sido antes: Zafra había dejado de pagar cuatro cuotas, pero la ley permite a los bancos echar mano de la vía judicial desde el primer impago (el primer paso de cinco, contando, luego, la presentación de la demanda, el inicio del procedimiento, el requerimiento de pago y la subasta). Y ahora, lo dicho: las noches son largas.«Si el banco no quiere negociar sé que tarde o temprano llegará el desahucio. Si las instituciones financieras quieren que la gente quede fuera de la sociedad, lo están logrando».Zafra ya tuvo una conversación con su mujer, ya le dijo lo que podía pasar, ya saben lo que harán si pasa.«Lo hemos hablado. Si perdemos el piso, la niña se vendrá a vivir conmigo. Ella se buscará la vida. No la quiero dejar en la estacada, pero ahora solo pienso en mí mismo».Tiene padres, claro, y sus padres viven en el pueblo y en casa sobran habitaciones, pero Zafra no quiere, se resiste, lo pone último en la lista de recursos.«Yo me fui de casa a los 17 años. ¡Y tengo un negocio, tengo trabajo! Aún no estoy en la inopia. ¿Por qué voy a volver?»

Zafra enlaza palabras sueltas cuando alguien le pregunta cómo está («Preocupación. Impotencia. Rabia»), pero las palabras juntas tienen un sentido.«Mi hija, yo cada día estoy con mi hija y no quiero que me vea mal, pero ella no es tonta».La palabra es desahucio y lo ataca por las noches.«Así yo no puedo rehacer mi vida».