21 sep 2020

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El aniversario de una asamblea religiosa crucial

El Pontífice terrenal

Juan XXIII convocó el concilio a modo de gran reflexión sobre el camino que debía tomar la Iglesia en los alborotados años 60 Fue el primer Papa que habló a los fieles en la plaza de San Pedro

R. D.
ROMA

Esta noche grupos de jóvenes católicos irán a la plaza de San Pedro, en Roma, para celebrar el 50º aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II, y el Papa saldrá a la ventana para saludarles. La escena recordará lo sucedido el 11 de octubre de 1962, cuando, anciano y cansado al final del estreno vespertino del concilio, Juan XXIII oyó voces que subían de la plaza a su estudio. Se asomó y pidió un micrófono. «Oigo vuestras voces», dijo a los congregados, y al despedirse les encomendó: «En casa encontraréis a los niños, dadles una caricia a vuestros hijos, decidles que es la caricia del Papa». Añadió: «A lo mejor encontraréis alguna lágrima por secar, decid entonces una palabra buena: 'El Papa está con nosotros, especialmente en las horas de tristeza y amargura'».

Era la primera vez en la historia que un Papa salía a la ventana para decir algo a los fieles de abajo. Pronunció pocas frases, que han pasado a la historia por la espontaneidad de aquel hijo de campesinos, exdiplomático del Vaticano, cargado de ironía y sentido común.

La lectura del diario de Juan XXIII, publicado tras su muerte, fue una decepción para muchos católicos que, frente a la convocatoria del Concilio Vaticano II, pensaron que Roncalli era casi un progresista. En cambio, era el típico hijo de una familia católica de un pueblecito de finales del siglo XIX, si bien leyendo sus andanzas como embajador del Vaticano reluce el innato savoir faire que le permitió moverse con desenvoltura en la alta sociedad a la que pertenecen los embajadores.

A una dama con abundante escote que en una cena oficial le sentaron al lado le relató, manzana en mano, la escena en la que Eva tienta a Adán. En 1962, durante la crisis entre EEUU y la URRSS por los misiles soviéticos instalados en Cuba y dirigidos hacia EEUU, aconsejó a Kennedy que retirara un par de misiles atómicos instalados en Turquía apuntando a Moscú para brindar al ruso Kruschov una salida honorable. «No se le puede pedir que los retire [los misiles de Cuba] sin ofrecerle nada a cambio», le dijo. Cuando escribió la encíclica Pacem in Terris, que marcó la época, Kruschov le recompensó dándole un premio que su cuñado entregó al Papa en Roma, lo que produjo un escándalo. Uno de los primeros días después de ser elegido Papa dijo que quería ir a una cárcel para ver a los presos. Otra vez fue a un hospital y una tercera a un correccional de menores. La curia y la policía andaban de cabeza, porque los papas no salían del Vaticano.

Otros tiempos

La idea del concilio la pensó y repensó. Había sido elegido después del largo pontificado de Pío XII, considerado insustituible. De hecho a Juan XXIII le llamaron «Papa de transición», como si fuera una pausa de espera para ver cómo se podía sustituir a Pacelli. Había habido dos guerras mundiales, la guerra fría mantenía la paz del mundo gracias al terror atómico, el colonialismo estaba haciendo aguas, los rusos habían lanzado el primer satélite de la historia, Fidel Castro había derrotado a Fulgencio Batista y el progreso científico parecía imparable. El mundo estaba alborotado y Juan XXIII pensó que él solo no podía decidir por dónde tenía que ir la Iglesia. Así, convocó un concilio e invitó a los cismáticos ortodoxos, a los protestantes y a algunos intelectuales. «Hablad, hablad libremente», les animaba. Eran otros tiempos.