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ENTREVISTA CON EL MONJE BENEDICTINO DE MONTSERRAT

Vicenç Santamaria: «Montserrat es un buen lugar para dar la vida»

Artista, poeta y filósofo, pasó de contemplar el misterio de la vida en las noches estrelladas a recogerse en un monasterio

El relato de la accidentada vocación de este monje, que ingresó en Montserrat a los 20 años para dejarlo a los 26 y volver casi a los 60, destapa al ser humano que cubre la sotana

GEMMA TRAMULLAS

Antes de las preguntas, me invita a sentarme con él en una ermita del siglo XII-XIII que está en el jardín del monasterio. A través de los gruesos muros de piedra se cuela el bullicio de los visitantes, pero también el piar de los pájaros y el murmullo de la lluvia que cae.

-¿Por qué me ha traído aquí?
-En Montserrat se da con mucha fuerza la simbiosis entre naturaleza y espiritualidad. No la he invitado porque sí a sentarnos juntos un rato en silencio, quería ofrecerle lo mismo que a mí me retiene aquí.

-¿La naturaleza estuvo en el inicio de su vocación?
-La naturaleza forma parte de mi genoma, igual que la dimensión espiritual de la vida. Nací junto a un bosque de pinos, en la Colònia Güell, frente a la cripta de Gaudí. Mis recuerdos de infancia son torrentes y juegos de tierra y agua. Desde el pueblo veía las cumbres de Montserrat y esto me creaba una comunión espiritual con la montaña.

-¿Cuándo sintió la llamada de la vida monástica?
-A los 14 años abrí por primera vez el Nuevo Testamento. Poco después subimos con unos amigos a Montserrat para pasar el fin de año. Tenía 15 años y recuerdo como si fuera ayer el impacto de entrar en la iglesia y ver a la comunidad rezando. Una intuición me sacudió como un relámpago: un día estaría allí como monje. Ese día me enamoré de Montserrat. Allí se amalgamaron dos textos fundamentales: el Nuevo Testamento y la Regla de Sant Benet.

-¿Qué encontró en la montaña?
-Mucha belleza, armonía, un estallido de naturaleza espontánea, salvaje. Me atraían sus nieblas, su quietud, sus formas...

¿Hay quien lo llama energía.
-Prefiero llamarlo presencia. Montserrat es un ámbito propio para monjes. Todos aquellos rincones que tanto me enamoraban habían estado habitados por emitaños y algo quedaba de ellos. En aquellos años, en la ermita de la Santa Creu vivía, como ermitaño, el padre Estanislau Llopart que, con su presencia, me guió.

-¿Cuándo entró en la comunidad?
-En 1969. Tenía 20 años y me quedé hasta los 26.

-¿Qué pasó?
-Era demasiado joven para una decisión tan importante. Había dejado mi oficio de jardinero por una opción contemplativa, pero Montserrat no es solo un monasterio, también es un santuario que acoge a gente muy diversa y entonces no era lo que yo buscaba. Ser monje quiere decir darlo todo y yo, en aquel momento, no sabía mucho de eso. No sabía si quería ser monje porque aquella vida me atraía o porque era fácil vivir al abrigo de aquella montaña que me había robado el corazón.

-¿La decisión de hacerse monje sorprendió en su entorno?
-Vine contra la voluntad de mi madre. La ruptura con ella fue muy dura y, si no estaba aquí por una razón muy profunda, era mejor que lo dejase. Me quedé, pero exigiéndome mucho. Y me exigí tanto, fui tan radical, que terminé marchándome.

-¿En qué se concretaba aquella radicalidad?
-Por la radicalidad de mi juventud no me veía capaz de hacer el voto de pobreza. En Montserrat vivía mejor que mi familia. La primera Navidad la viví muy apenado pensando que mi madre la celebraba sola y con menos recursos que yo. Aquello me dolió mucho, me partió por la mitad.

-¿Y ahora ya no le duele?
-Lo veo con otros ojos. Los monjes no tenemos nada en propiedad, somos sencillamente unos servidores que, siglo tras siglo, transmitimos este legado que está al servicio de nuestro pueblo y de los visitantes. Pero a los 20 años yo no era consciente de eso.

-¿Y decidió irse?
-Sí, pedí un año sabático para plantearme si era posible vivir como monje fuera de estas paredes y me fui a vivir a una aldea del Alt Urgell.

-Asnurri. Allí se quedó 19 años.
-Me dejaron una antigua rectoría y pedí al capellán que me acogía, Pasqual Ingla, que no le dijese a nadie de donde venía.

-¿Por qué?
-Quería que me tratasen como a un igual. Mi objetivo era que me dieran trabajo de mozo. Quería vivir al máximo la realidad de aquella gente los 365 días del año, identificarme con su ritmo y sus limitaciones.

-Pero usted ya era hijo de payés. ¿Por qué hacerlo más difícil?
-Cuando mi padre vino a Asnurri y vio la rectoría donde vivía, destartalada y sin agua, me preguntó: «Vicenç, ¿tú has venido aquí por tu propio pie o te han castigado?». Iba a buscar leña con las manos llagadas y pensaba: «En Montserrat es más fácil con la calefacción. Aquí no puedo ni cerrar las manos del dolor».

-¿Cómo le influyó aquella experiencia de la naturaleza extrema?
-Una de las cosas más impresionantes era contemplar el firmamento estrellado, una experiencia que se reflejó en muchas de mis obra de arte y en mi poesía. Cogía una manta y me tumbaba en un prado a mirar el cielo. Me sentía feliz en aquel silencio de la noche que te comunica no sabes exactamente qué.

-¿Aún no sabe qué es?
-No, pero es vital. Es la posibilidad de reencuentro con lo trascendente, con Dios, con uno mismo, con los demás y con el entorno. No es nada específico y, al mismo tiempo, es muy necesario para estar bien con uno mismo, para entrever que lo que haces te hace feliz; da una respuesta a tu ahora y aquí, y te ayuda a acoger y a servir mejor a los demás.

-Cuando llegó al pueblo, ¿cómo le miraban los vecinos?
-Era el mes de julio de 1975. Yo era joven, llevaba el pelo largo y pensaban que era un hippy que había dejado la ciudad. Estaban seguros de que con las primeras tormentas de nieve cogería la mochila y me marcharía. Como no fue así, empezaron a sospechar que podía ser un enlace de ETA. Durante un tiempo tuve un carabinero espiando mis movimientos detrás de cada pino. Hasta que vinieron a interrogarme.

-Adiós a su secreto.
-El comisario me pidió el carnet: «Oficio, religioso; dirección, monasterio de Montserrat». En su rostro leí: «¡Con la Iglesia hemos topado!». Se lo esperaban todo menos eso.

-Se quedó en Asnurri 18 años más de lo que tenía previsto. ¿No se pierde nunca la plaza de monje?
¿Yo la daba por perdida. Un año después de mi llegada a los Pirineos me dieron de baja como monje y me convertí en el Vicenç d'Asnurri.

-¿Y dónde quedó la vocación religiosa todo este tiempo?
-En mi interior, en mi arte, en mis caminatas por la naturaleza, en mis retiros, en la disponibilidad para ayudar a quien fuera, en la capacidad de b-a-d-a-r (palabra de imposible traducción)... Convertí el badar en un acto íntimo y forjé el Sant Badar.

-Era millonario en tiempo.
-Ha sido mi gran riqueza. Durante 31 años fui amo y señor de mi tiempo. Tuve tiempo para mí y para ofrecer a los demás: los primeros depositarios, los vecinos de Asnurri; después, todas las personas que venían a verme y, finalmente, mis padres.

-Usted eligió cuidarlos hasta su muerte. Por eso se marchó de Asnurri en 1994, para asistir a sus padres, y no para volver a Montserrat.
-En Asnurri viví el lugar de los ancianos en el seno de la familia y sentí que quería ofrecer a mis padres en su vejez todo el tiempo que fuera necesario. Y aquello duró 12 años.

-¿Después de la muerte de su madre ya sabía que volvería a Montserrat?
-Me volvió a aparecer la vivencia monástica, ¡pero habían pasado 31 años! No podía llegar con la maleta y decir: «¡Ya estoy aquí!». Tenía que preguntar si me había pasado el tren.

-De hecho, le habían dado de baja. Tenía que volver a empezar.
-Con el contador a cero, pero sin haber roto nunca el hilo de Ariadna con ellos. Y cuando me dijeron que podía volver, solo por la estima que me demostraban, decidí probarlo. Hice las maletas y volví. Era el 30 de noviembre del 2006.

-¿Cómo fue el reencuentro?
-Muy difícil a nivel personal. Llegué con el equipaje, pero buena parte de mi corazón se quedó con toda la gente con la que había convivido durante tantos años. Hay vivencias que no se dejan meter en una maleta. Desde mi nueva habitación del monasterio veía todo el Baix Llobregat, de donde yo venía, y... ¡Al principio me subía por las paredes! «¡Te has equivocado, te has precipitado!», me repetía.

-Si todos los monjes fueran como usted, ¡qué martirio para el abad!
-Los cambios importantes siempre provocan un trastorno. Pero en un monasterio nada se hace con prisa. Las cosas se fueron situando y finalmente sentí que quería continuar.

-¿Y qué hizo con todas las vivencias que no le cabían en la maleta?
-Cuando volví a Montserrat, lo puse todo encima del altar para hacer una ofrenda: mi tiempo, mi corazón, mi nada... Todo lo puse al servicio de Montserrat. No soy amo de mí mismo y pongo mi libertad al servicio de los demás.

-Sorprende que esto lo acepte un espíritu tan libre como usted.
-Solo he podido hacerlo por una razón: el gran noviciado de mi vida no lo he hecho en Montserrat, ni en Asnurri, sino durante los 12 años que pasé al lado de mis padres. Viendo cómo se extinguían, cómo necesitaban de todo, aprendí lo que era la humildad, la obediencia, salir de uno mismo. Cuidarlos ha sido, para mí, la obra de arte por excelencia. Sentí que lo tenía que dar todo. Soy así.

-Esta es su radicalidad.
-Un día sentí, muy adentro, la voz de mi madre: «Vicenç, la vida es para darla. Cuando yo te deje, no dejes de hacerlo». Me pareció que Montserrat era un buen lugar para dar la vida.

-¿Ella entendió su actitud vital?
-No lo sé, ni nunca he pretendido que lo entienda nadie; ni usted, ni ella, ni sea quien sea. No es importante. Viviendo en plenitud ahora y aquí tengo más que suficiente.

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