28 oct 2020

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Las protestas 2.0

Un 15-M mundial

Barcelona y Madrid lideran una gran demostración de fuerza de los descontentos en 82 países

JOAN CAÑETE BAYLE

Obviamente no cambiaron el mundo en un día, pero durante unas horas lo zarandearon, y de qué manera. De este a oeste y de norte a sur, de Melbourne a Anchorage, de Barcelona a Madrid, de Roma a Nueva York, en 951 ciudades y 82 países, centenares de miles de personas participaron en lo que en realidad fue una única manifestación global de indignados que convirtió el sábado 15 de octubre para siempre en el #15-O, el principio de lo que muchos confían que se convierta en un gran movimiento de contestación contra el sistema político y financiero. Y Barcelona, con una gran manifestación, se colocó a la vanguardia.

Unidos por el cambio global era el lema de la convocatoria, y ciertamente la marea de indignados que acudieron a ella quieren un cambio. Como si de un gran patchwork se tratara, incontables motivos locales (los tijeretazos sanitarios aquí; la voracidad de los especuladores allá; la onerosa factura de la crisis que siempre pagan los mismos en casi todas partes) conformaron una única razón global: hay algo sistemáticamente injusto en la forma en la que están funcionando las cosas. Más que nunca, se hizo realidad el viejo lema antiglobalización, piensa globalmente, actúa localmente.

Así, en Australia, donde la crisis es un eco lejano, en la protesta se defendieron los derechos de los aborígenes; en Bruselas los manifestantes tiraron zapatos al edificio de la Bolsa y se concentraron ante la sede de organismos europeos; en Fráncfort, ante el Banco Central Europeo, y en Londres, ante la City; en Nueva York, cómo no, en Wall Street; en Tokio se protestó ante la sede de Tepco, la compañía eléctrica propietaria de la central nuclear de Fukushima. Y en Barcelona, uno de los abucheos más sonoros se lo llevó la Conselleria d'Interior cuando la marcha pasó frente a su sede. Los indignados de Boston, por decir algo, poco o nada deben de saber de las cuentas pendientes entre Felip Puig y los indignados.

ESPAÑA EXPORTA INDIGNACIÓN Fueron las de Barcelona y Madrid, junto a las de Roma y Lisboa, las manifestaciones más multitudinarias del 15-O, como no podía ser de otra forma tratándose de un movimiento nacido en España (inspirado, eso sí, en la egipcia plaza Tahrir) y exportado al resto del mundo gracias, sobre todo, a las redes sociales. La Puerta del Sol, en Madrid, fue de nuevo el epicentro de la Spanish Revolution. Como hace cinco meses, los indignados regresan a la primera fila de la actualidad en la recta final de una campaña electoral, esta vez la de las legislativas del 20-N. Está por ver qué es lo que harán hasta entonces y si ejercen algún tipo de influencia en una contienda que parece decidida antes de empezar, pero ayer demostraron varias cosas: que son muchos, que están muy enfadados, que tienen capacidad de movilización y que ideológicamente exigen muchas cosas que difícilmente cambiarán con un Gobierno del PP, como no han cambiado con uno del PSOE bajo el cual se sienten, literalmente, abandonados a la intemperie por el sistema.

Por eso, es en la calle donde se encuentran más cómodos. En Barcelona, la comitiva resultaba impresionante por su tamaño, la diversidad de sus participantes (jóvenes, familias, jubilados...) y la numerosa lista de reinvidicaciones, en las que la defensa de la sanidad y la educación públicas eran sin duda de las más populares. Como en Madrid, como en el resto de los centenares de actos en ciudades de todo el mundo, la protesta fue pacífica, festiva y eminentemente política. La excepción fue Roma, donde los disturbios protagonizados por unos pocos enturbiaron una marcha masiva. En otras ciudades -Sevilla, Zaragoza, Valencia, San Sebastián, Girona, Tarragona, Londres, Berlín, Bruselas...- la participación también se contó por miles o decenas de miles de personas.

Estamos hasta los cojones, rezaba, con más ardor que pudor, una de las pancartas que ayer se vieron en Madrid. A los centenares de miles de personas que se manifestaron en todo el mundo se les llama indignados por obra y gracia del opúsculo de Stéphane Hessel, pero bien podrían ser los cabreados, los frustrados y, quién sabe si José Blanco acaba teniendo razón, los desesperados.

CONSEJO DE HESSEL Lo que no son es antipolíticos ni, la gran mayoría de ellos, antisistema -Yo no soy antisistema; el sistema es antiyo, decía la pancarta de una mujer en Barcelona-, ni tan alejados de la realidad como les acusan sus detractores. «Tened confianza, también cuando parezca que no se puede cambiar nada», recomendó ayer Hessel a unos indignados austriacos.

Un ejemplo de lo que dice Hessel: la tasa Tobin. Gracias al impulso de Attac, imponer un gravamen a las transacciones financieras internacionales era ya una de las reivindicaciones del movimiento antiglobalización hace más de una década. Entonces, defenderla se consideraba una ingenuidad, de la misma forma que ahora se despachan muchas reivindicaciones indignadas. Diez años y una crisis después, este mismo viernes la cancillera alemana, Angela Merkel, no solo la apoyaba, sino que afeaba a Barack Obama que se oponga a ella. Una muestra de que la tarea de movimientos como el antiglobalización entonces o el de los indignados ahora consiste en gran medida en crear las condiciones sociales y políticas para que el cambio pueda cuajar, más que protagonizarlo por sí mismos. Hay otros ejemplos actuales: la dación en pago que el PSOE ya acepta en su programa electoral o la necesidad de reformar la ley electoral que muchos secundan. Por eso, la heterogeneidad es su gran fuerza. Por eso, el 15-O ha sido un éxito descomunal.