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PUBLICADA EL 18-09-2011

Villanos y 'pixapins'

El conflicto entre el mundo rural y el urbano tiene su reflejo desde hace siglos en la lengua por medio de un rico cruce de insultos

JOSEP SAURÍ
BARCELONA

Unos son pixapins, camacus, de Can Fanga... e incluso diésel, sí, diésel, porque contaminan, hacen mucho ruido y gastan poco. Pero los otros también se llevan lo suyo: pueblerinos (de poble o de pagès), rústicos, villanos... El conflicto entre el mundo rural y el urbano se expresa en la lengua, tanto en catalán como en castellano, y tiene su reflejo en el léxico.

La cosa no viene de ahora, sino que hace siglos que rurales y urbanos se zurran verbalmente. «De hecho, los términos despectivos antirrurales son mucho más antiguos que los antiurbanos», explica Joan Avellaneda, geógrafo, educador ambiental y promotor cultural sabadellense residente en Sòller (Mallorca), quien recogió todos estos términos y muchos otros en su Viatge a l'origen dels insults (Ara Llibres, 2006). Ello se debe a «una cuestión de prestigio», añade. Ya los patricios romanos consideraban unos brutos a los vilicus, los habitantes de villas (haciendas rurales), y desde la edad media el término villano significa ruin, desprovisto de honor y nobleza. Con el florecimiento de las ciudades y el esplendor de la burguesía, los urbanos heredaron y ampliaron el arsenal léxico con el que la aristocracia había fustigado desde siempre a la plebe campesina. «Todo lo urbano se convirtió en políticamente correcto, y lo rural era visto con desprecio», sostiene Avellaneda.

Las invasiones sucesivas

El campo era percibido como pobre, zafio e insalubre, y la inmigración masiva procedente de él, como una invasión. «De poble o de pagès era de lo peor que se le podía decir a alguien que iba a vivir a la ciudad», señala el estudioso. De todo ello nos han llegado calificativos como destripaterrones (esclafaterrossos) -que significa campesino pero también patán, inculto- o rústico, que además de ser sinónimo de rural lo es de tosco, grosero. Y expresiones como fer el pagès, referida a quien finge ignorancia.

Pero con el tiempo, la concepción de la ciudad como lugar ideal para vivir se degradó. Llegaron la contaminación, las incomodidades, las prisas, los atascos... El paradigma de calidad de vida se desplazó al campo, con su tranquilidad, sus buenos alimentos y su contacto redentor con la naturaleza. «La invasión se produce ahora a la inversa, de forma temporal -fines de semana y vacaciones- pero también masiva. Y la gente de los pueblos la recibe asimismo con artillería verbal», apunta Avellaneda.

Así, la figura tradicional del veraneante distinguido y con posibles, el senyor de Barcelona, dejó paso al dominguero y, más recientemente, al diésel y al pixapins, «masificados visitantes de fin de semana que solo traen molestias y aportan bien poco a la economía local, porque apenas se detienen a orinar en un pino», explica.

Otros términos peyorativos aplicados a los barceloneses tienen raíces históricas: xava -de chaval, de raíz caló- definía en las primeras décadas del siglo XX el catalán castellanizado que se hablaba en los barrios obreros de la ciudad. Y de Can Fanga surgió cuando, a finales del XIX, las obras de trazado de las calles del Eixample coincidieron con episodios de lluvias intensas que lo convirtieron en un barrizal. El más moderno camacu, en cambio, «denotó la confrontación de dos culturas», a juicio de Avellaneda. «Ahora la gente del campo ya aprecia su patrimonio -argumenta-, pero años atrás le chocaba que los de ciudad elogiaran tan vivamente nada más bajarse del coche lo que a sus ojos no era más que el aburrido paisaje de cada día, y de ahí que se burlara de ello».

La ley del péndulo marca, pues, un fenómeno que «no tiene características específicas en Catalunya», afirma Avellaneda. «Es propio de todas las sociedades que haya esta tensión entre campo y ciudad y que genere estos términos, a veces desdeñosos, a veces humorísticos. Depende de la intención de quien los dice», concluye el autor del Viatge a l'origen dels insults.

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