la hiperactividad que el pasajero no puede ver

Cuatro puentes gestan la vida a bordo

22 nudos es la velocidad máxima del Epic. En el puente de mando, los ordenadores controlan rutas y maniobras.

22 nudos es la velocidad máxima del Epic. En el puente de mando, los ordenadores controlan rutas y maniobras. / JONATHAN GREVSEN

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PATRICIA CASTÁN

La agitada y placentera vida a bordo que vive el pasaje entre los puentes 5 y 19 fluye con una inpecable organización gracias al ajetreo que no se ve bajo la quinta planta. Ese territorio que el viajero no puede pisar concentra la residencia de la mayoría de la tripulación y la maquinaria que activa el resto del barco. El puente de mando se ubica en la cubierta 13.

Una incursión en las entrañas del Epic rompe mitos. Por ejemplo, los empleados no duermen en plan cuartel en literas: aquí disponen de minicamarotes individuales, con lavabo compartido, aunque oficiales y staff tienen camarotes en puentes superiores. El personal trabaja de cuatro a nueve meses seguidos (pueden bajar unas horas en los puertos, fuera de turnos) y luego libran de dos a tres meses, según categoría.

Despensas de infarto

La ingente cantidad de comida que todo el día tienta a los viajeros implica actividad casi sin descanso en la cocina. Y es que dar de comer y beber al pasaje emplea a 880 personas, unas en servicio y otras en la retaguardia. A las 11 de la mañana, tras el almuerzo, en la gigantesca cocina central (los restaurantes de especialidades tienen sus propios fogones) se está ultimando ya la comida que se servirá desde las 11.30 horas. Es importante controlar bien los estocs, dice Rooney Bennet, subchef ejecutivo. «Si te quedas sin café en medio del mar no tienes donde ir a buscarlo», bromea mientras varios operarios cascan cientos de huevos. En su lista hay 12.000 productos. Las normas de higiene son extremas, la cocina reluce y sus paredes se ilustran con las fotos exactas de cómo deben presentarse los platos. Una planta de reciclaje trata todos los residuos e incluso se potabiliza el agua del mar.

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Alvin Pérez gestiona el área de provisiones de comida y bebida, una logística casi logarítmica. «Congelados y conservas las traemos de Miami, y en Roma cargamos producto fresco que procede de distintos países del mundo», explica junto a una caja de limones valencianos. Cada producto tiene su temperatura y se distribuye en enormes despensas-nevera. Las cantidades son ingentes.

Otro espectáculo se vive en la tintorería. ¿Imaginan lavar, secar y planchar miles de sábanas y manteles al día? Por suerte, casi todo lo hacen supermáquinas.