05 abr 2020

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indignados, comprometeos

Avance de la nueva obra de Hessel: fragmento del libro

'¡Comprometeos!' es una conversación del autor nonagenario con el periodista Gilles Vanderpooten

Gilles Vanderpooten: Durante el Tour de Francia del desarrollo sostenible (iniciativa de tres estudiantes, entre ellos el coautor de este libro, que en junio de 2008 recorrieron Francia durante 30 días en busca de personas y empresas comprometidos en la búsqueda de una economía más humana y una relación más armoniosa con la naturaleza) tuve ocasión de conocer a personas que actúan en el ámbito de la ecología, de la economía social, y que ponen en práctica iniciativas locales con el fin de proponer soluciones concretas y viables para salir de la crisis. Por su parte, ¿qué alternativas en marcha o en gestación identifica usted, que puedan ayudarnos a salir de esta crisis? ¿Cómo conseguir que se sumen, que se den a conocer y se entiendan, a fin de participar de una metamorfosis?

Stéphane Hessel: Por supuesto, existen alternativas. Formas de economía solidaria pueden
coexistir con formas capitalistas. Esta evolución resulta beneficiosa y está registrada en las mentalidades más modernas. Existe una economía social que me parece de buen augurio. Sin embargo, no cabe considerarla como algo susceptible de ocupar por completo el lugar de la economía de mercado convencional.

Poniendo límites y regulaciones a la economía de mercado se deja libre espacio a la economía social. Del mismo modo que hay que dejar sitio a todas las culturas en el mundo, en el interior de un país se debe hacer lo propio con todas las formas de coexistencia de los hombres; probablemente se necesitan religiones, pero también laicismo. Lo que nos lleva de nuevo al gran problema de la coexistencia de las diversidades.

G. V.: Así pues, como vemos, a un reto global responden iniciativas locales...

S. H.: En efecto, y hay que cuidar que lo local y lo global estén en equilibrio. La visión del mundo de mañana como un mundo más justo, más sabio, no puede ser sino global. Ahora bien, la realización y la acción que contribuyan a un mundo semejante solo pueden ser locales. Lo peligroso sería que se multiplicaran experiencias locales en contradicción con una visión global y, con ellas, crispaciones identitarias, sectas, movimientos que pretendieran mantener sus privilegios. Nada resulta sencillo: estamos llegando a la complejidad y a la «ecología de la acción» de la que habla Edgar Morin. Todos los elementos interactúan.

Cuando una cosa avanza, otra retrocede. El riesgo siempre estriba en que, al progresar en un ámbito, se experimente una regresión en otro. Por consiguiente, el combate es múltiple, y es ahí donde se deben poner límites a la palabra resistencia. Existe una vocación de resistencia, pero una construcción no puede limitarse a esto. Decíamos: «Resistir es crear; crear es resistir». Pero hay que desconfiar. Debemos crear, no basta con resistir. Toda simplificación resulta siempre peligrosa. Hemos de acostumbrarnos a pensar con sabiduría, lo cual no tiene que ver ni con la inteligencia ni con la creatividad, sino con el sentido del equilibrio. No es posible ser solamente yin o solamente yan, es necesario un contrapeso.

G. V.: Utiliza usted habitualmente el término estrategia...

S. H.: No basta con ser consciente, también hay que ser estratega. Espero de los responsables políticos que nos describan la estrategia que se proponen utilizar. En mi opinión, esta solo puede ser eficaz si tiene en cuenta los retos en su interacción. No basta con tener una estrategia para el agua y otra para la energía: hay que adoptar una estrategia para el medio ambiente. No se puede tener una estrategia para la protección de la Tierra y otra para la lucha contra la pobreza y la injusticia, hay que adoptar una estrategia común que unifique ambos retos.

No es imposible. Resulta casi más fácil describir lo que habría que hacer que describir por qué habría que hacerlo. Una vez admitido que estos retos son los que hay que abordar, entonces la estrategia puede describirse en términos claros.

G. V.: Las oenegés ocupan un lugar creciente en nuestra evolución, suscitan vocaciones y esperanzas, nuevas solidaridades... Al mismo tiempo que nos alegramos al verlas adueñarse de los problemas y activarse para intentar resolverlos, cabe preguntarse hasta qué punto es legítimo y deseable que intervengan. Muchas de ellas aspiran a cambiar el mundo...

S. H.: Esa es mi esperanza: creo que vivimos en un mundo de interdependencias en el que los cambios solo pueden darse todos juntos. Lo cual implica solidaridad. Concretamente, esta solidaridad toma cuerpo en las redes, numerosas y cada vez más densas, de organizaciones cívicas, de defensa de los derechos humanos, de lucha por el desarrollo. En la actualidad las hay en 192 países, y eso constituye una masa. Así es como se constituye lo que, a mi modo de ver, es capaz de hacer mover el mundo.

G. V.: La influencia creciente de las oenegés ¿no constituye en cierto modo una amenaza para la democracia? ¿Acaso no deben limitarse a su papel de contrapoder?

S. H.: Las oenegés distan de ser inocentes. No obstante, la noción misma de oenegé solo existe desde la Carta de las Naciones Unidas, que data de 1945. Fueron las Naciones Unidas las que consideraron que, junto con sus Estados miembros, tenía que haber organizaciones de estatus consultivo. Fue la primera vez en la historia del mundo que se reconoció de ese modo un estatus a la sociedad civil en un recinto de Estados. Hizo falta una ONU -una organización mundial de los Estados, de los gobernantes- para que se constituyeran las oenegés, organizaciones no gubernamentales.

Cobraron auge en los años 90a, contribuyendo a la emergencia de una especie de civismo mundial. Es preciso que esas organizaciones puedan aportar ideas; no obstante, por el momento, la puesta en práctica de esas ideas solo pueden llevarla a cabo los Estados, los únicos que disponen del poder, así como las instituciones gubernamentales, que pueden coordinar el poder de los Estados. En consecuencia, no hay que temer que las oenegés se vuelvan peligrosas, pues, de cuanto puedan aportar, los Estados siguen en condiciones de tomar lo que les parezca aprovechable y, lamentablemente, en ocasiones de dejar de lado lo que podría resultar útil. Pero se trata del juego del civismo global. Las organizaciones internacionales se componen de ciudadanos del mundo, y cuantas más haya, mejor.

G. V.: Usted mismo se muestra muy activo en numerosas organizaciones, como Agrisud o el Collegium Internacional Ético y Político...

S. H.: En el Collegium Internacional Ético, Científico y Político, creado por Michel Rocard y Milan Kucan, nos esforzamos, junto con personalidades procedentes del mundo entero -hombres de Estado, economistas como René Passet o el premio Nobel Amartya Sen, filósofos como Jürgen Habermas y Edgar Morin-, por encontrar métodos para incitar a los que toman decisiones a tomar conciencia y a prevenir los retos contemporáneos que nos preocupan: la violencia, la degradación del medio ambiente, la pérdida de sentido, la economía ultrafinanciarizada, ciega a todo lo humano... Es una manera de contribuir a alimentar la reflexión en una iniciativa de civismo mundial.

Se trata de un lugar de confrontación intelectual, una instancia de reflexión, que existe porque los que toman decisiones no están en condiciones de responder a los problemas. Hay que intentar ayudarlos a encontrar soluciones, a tomar «buenas» decisiones, en el sentido del interés general y de la reabsorción de dichos problemas.