FIN DE SEMANA A BORDO DE UN AIRBUS 340

Detrás de la cortina

Los tripulantes de los aviones comen tres menús distintos para prevenir que una intoxicación afecte a todos

Cruzar el Atlántico dos veces en dos días. Los 14 tripulantes de un Airbus 340 de Iberia no paran desde que empieza su jornada laboral transoceánica en Barajas hasta que vuelven a casa 48 horas después. Y la mayoría de las cosas que hacen no se ven desde la butaca.

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ÓSCAR HERNÁNDEZ

"A partir de ahora me llamáis Santi. Pero si durante el vuelo tenéis que avisarme de un secuestro, me llamáis por el intercomunicador y me habláis de `usted¿ o me decís `capitán¿. Yo así entenderé que os están amenazando". Santiago Martínez Nicolás habla a sus 13 subordinados (dos copilotos, una sobrecargo y 10 tripulantes de cabina de pasajeros) en la zona de business del inmenso Airbus 340-600. Es la reunión de seguridad que realizan pocos minutos antes de que los 400 pasajeros accedan al avión.

Este código secreto de seguridad, que cambia en cada vuelo, es solo una de las muchísimas cosas que los viajeros no sabrán. Como tampoco que los 14 tripulantes funcionan como un equipo sincronizado desde dos horas antes de salir el vuelo y durante los dos días siguientes. Cruzan el Atlántico, dejan a los pasajeros en el destino ¿en este caso San José de Costa Rica¿, descansan 24 horas en un hotel y vuelven otra vez en otro avión idéntico, pero con 400 pasajeros diferentes.

Sábado a las 10.30 de la mañana. Parece una pequeña terminal prefabricada fuera de la enorme Terminal 4 de Barajas. Pero en su interior hay mucho movimiento. No paran de entrar decenas de personas uniformadas, con sus equipajes. Tripulantes de cabina (antes azafatas) y pilotos. Los del vuelo IB 6313 con destino a San José son 14. Después de saludarse (algunos se conocen, pero otros se encuentran por primera vez), los tres pilotos encaminan sus pasos a una sala denominada Despacho de Vuelos. Loli García, despachadora en el argot oficial, les espera en un mostrador frente al que se sientan los tres tripulantes.

Documentación

"He preparado toda la documentación para el vuelo, desde la ruta que deben de seguir para cubrir el trayecto en el menor tiempo y con menos gasto de combustible, hasta las condiciones meteorológicas que se van a encontrar", explica García mientras muestra un dosier con papeles y mapas en los que ella misma ha subrayado lo más importante con rotuladores de colores. "También les informamos del número de pasajeros, del peso de la carga, así como de cualquier incidencia en el trayecto o cerca, como el lanzamiento de un satélite en Florida o, como pasa hoy, la existencia de una grúa de 35 metros por obras en el aeropuerto de San José", añade.

El comandante Martínez y los otros dos pilotos, Fernando García e Inés Rodríguez, escuchan atentamente las indicaciones de la despachadora. Entre los cuatro comentan los avisos meteorológicos y revisan los papeles, mientras comprueban la ruta y las señales sobre un mapa. "El despacho es la esencia del vuelo porque en él recibimos toda la información necesaria para el vuelo, desde la meteorológica hasta cualquier posible incidencia prevista", dice Martínez, quien puede decidir, por ejemplo, adelantar una comida o retrasarla si prevé pasar por una zona de turbulencias.

Preparación

Fuera de la sala de Despacho de Vuelos, charlan el resto de tripulantes del IB-6313, los de cabina, seis mujeres y cuatro hombres al frente de los cuales va a estar durante todo el vuelo la única persona que viste uniforme con una camisa distinta, de color coral. Es la sobrecargo Adela Freire, quien acude a Barajas con los deberes hechos. "Hace ya unos días que comprobé los nombres de todos y vi sus fotografías en la intranet de Iberia para conocerles y preparar el viaje, ya que la mayoría nos vemos hoy por primera vez", indica. Un detalle sorprendente pero comprensible cuando se sabe que Iberia tiene 4.100 tripulantes de cabina de pasajeros (TCP) y 1.520 tripulantes técnicos (pilotos). La mitad de ellos realizan vuelos transoceánicos.

Los 14 tripulantes pasan su tarjeta por un ordenador. "Si falta alguien, porque a lo mejor ha tenido un accidente de camino al aeropuerto, el sistema lo detecta y avisa enseguida a un tripulante que está de imaginaria para que venga a sustituirle", cuenta Freire. Todos han hecho los mismos cursos y han volado cientos de horas en el mismo tipo de avión para sentirse como en casa y hacer idénticas rutinas en él.

Traslados

Dos furgonetas trasladan al grupo al Airbus 340-600,el avión más grande de Iberia, al que acceden por una escalera lateral. Los tres pilotos comprueban que todo esté en orden en la cabina. Los TCP se reparten los puestos. "En cada zona sabemos no solo a quién tenemos que atender, sino también cómo tendríamos que desalojarlos en el menor tiempo posible, que es nuestra función más importante y para la que mejor nos han entrenado", dice Jesús Sánchez, TCP encargado en este vuelo de la zona business. Él mismo, antes de despegar, llama la atención a un pasajero que no ha apagado el móvil. "Vi cómo se lo guardaba encendido".

"Armar rampas", pide el comandante por megafonía. Y varios tripulantes activan en sus puertas el mecanismo que hincha los toboganes neumáticos de evacuación. Decenas de pautas de seguridad, entrenadas y recordadas continuamente, se repiten sin cesar.

Comidas

Tras servir cientos de comidas y bebidas, les toca comer a los tripulantes. Lo hacen ocultos tras las cortinas, mientras los pasajeros descansan. "Comemos tres menús distintos. Si hay algún problema con la comida, solo nos afectaría a uno de cada tres tripulantes", precisa el TCP Alfonso Bengoechea. La misma norma se aplica a los tres pilotos.

Cuando los pasajeros ya duermen, los tripulantes se turnan para hacerlo. Uno de los pilotos se echa en una litera detrás de la cabina. Los TCP, en cambio, disponen de un pequeño camarote en la bodega al que acceden por una trampilla. "Lo llamamos el iglú", añade Bengoechea.

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Estilo de vida

En la cabina, los pilotos, siempre vigilantes a los avisos de los sistemas y a la radio, bromean con anécdotas acumuladas. "¿Te acuerdas de aquel vuelo en el que tuvimos un infarto, pedimos un médico y aparecieron decenas de cardiólogos que iban a un congreso?", dice el comandante. Historias que siguen en el hotel que comparten durante 24 horas en San José. "Es cansado, pero nos gustan estos vuelos largos. Es un estilo de vida", afirma Belén Ayape, TCP, en la furgoneta que la lleva de nuevo al aeropuerto de San José junto a sus compañeros. Vuelven a casa, pero les quedan 10 horas más de trabajo a 9.000 metros de altura.