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Triple enhorabuena por la decisión de la Unesco

Xavier Bru de Sala

Me imagino a un enxaneta en lo alto de un majestuoso tres de nou, cantando el profundo Cant de la Sibil·la acompañado en los intervalos de un repique de castañuelas, seco, admonitorio. Ya sabemos que nunca lo veremos, cuando menos porque el equilibrio de los castells es precario, pero la imagen tiene su expresividad en el plano simbólico. Porque es de lo simbólico de lo que hablamos. Es lo simbólico, el folklore más noble y antiguo, también el más refinado, lo que ha reconocido la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Quizá sin ser conscientes del todo de ello, los delegados de la Unesco han reconocido y homenajeado una manifestación de la cultura popular propia de las tierras del sur catalán. Quizá va siendo hora de saber que los castillos humanos tienen su origen más al sur todavía. En el País Valenciano se dejaron de practicar, pero todo parece indicar que los actuales castells son una derivación de las torres erigidas en los bailes valencianos, documentados en el siglo XV, de las moixigangues y muixerangues, que se extendieron hasta el Camp de Tarragona. No es necesario recordar que el trágico Cant de la Sibil·la, más antiguo aún, es patrimonio mallorquín y alguerés, pero, por suerte, se ha ido extendiendo, sin ningún tipo de complejos, ni filias ni fobias, por toda Catalunya, empezando por Santa Maria del Mar. Si la dejan sola, la cultura popular arraiga en unos lugares, viaja o florece en otros, pero no conoce fronteras, y menos autonómicas.

Ahora bien ¿y el flamenco? ¿Puede decirse que es un arte andaluz? El gran Camarón respondió afirmativamente a la pregunta con una muy significativa puntualización: «Con permiso de Carmen Amaya». Creo que es hora de afirmar y asumir con toda rotundidad que el flamenco es también una manifestación de la cultura popular catalana. Gitana y catalana. Elevado en Catalunya a la categoría de música de máxima expresividad y universalidad, que habla de tú a tú con el jazz y llega a fundirse con él, gracias al Taller de Músics, sin desnaturalizarse. La rumba, por ejemplo, ha sido catalana desde tiempos inmemoriales. Nunca he entendido por qué Carmen Amaya se cae sistemáticamente de la lista de catalanes universales. Quizá ahora encontraríamos un modo de hacerle justicia y de asumir como propio lo que era y aún lo es más, si la Generalitat declarara el 2013, cuando se cumpla el centenario de su nacimiento, el Año Carmen Amaya.

España está de enhorabuena, felicidades. Pero Catalunya, los territorios hermanos y la prima hermana Andalucía, lo están mucho más. Celebrémoslo desde la cultura, más allá y más adentro de lo que podría hacer nunca la política.

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