CREER O NO CREER

El estigma de Eva

4. MUJER Y RELIGIÓN. La Iglesia católica relega a la mujer a una posición secundaria al no permitirle el acceso al sacerdocio. ¿Tiene sentido esta doctrina en el mundo actual? En esta serie de artículos, profesionales e intelectuales reflexionan y debaten sobre la vigencia del catolicismo en la sociedad racional.

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EMMA RIVEROLA

Cristina Sánchez es la superiora de la orden de Jesús-María en Sant Gervasi. Sefa Amell forma parte de Església Plural y fue presidenta del Col·lectiu de Dones en l'Església. La primera me cita en el centro que la orden tiene en la parte alta de Barcelona, un majestuoso edificio de finales del siglo XIX. La segunda, en el corazón de la capital, en el señorial palacio de Savassona, sede del Ateneu Barcelonès desde 1906. Dos sitios nobles y destacados de la vida religiosa y cultural de la ciudad.

Ambas gesticulan, se sientan con el cuerpo inclinado hacia el interlocutor y transmiten emoción. Amell es impulsiva en las respuestas. Sánchez se detiene más a meditarlas. Quizá, como licenciada en Filología, quiere encontrar los términos precisos para cada interrogante.

«Las mujeres no pintamos nada-dispara Amell sin vacilar-.

En la Iglesia católica estamos al mismo nivel que en el islam, solo que nosotras vivimos una situación diferente porque la sociedad nos da alas. Sin ella, estaríamos en la hoguera.»

«Es cierto que la mujer podría tener más cargos de mayor relevancia-afirma Sánchez de forma pausada, pero segura-. De hecho, yo estoy a favor del sacerdocio femenino».Esta afirmación entra en conflicto con el predicamento oficial de la Iglesia. Le subrayo la contradicción.«Yo no entro en cuestiones teológicas, pero hay una razón práctica para ordenar mujeres».El tono de su voz se torna más enérgico:«En la Iglesia hay más mujeres que hombres y hay lugares en los que no se puede ofrecer el servicio pastoral por falta de sacerdotes. En especial, en las misiones de África y Latinoamérica. Allí, las religiosas llegan a todo menos a la confesión y la consagración, potestad exclusiva del sacerdocio. Pensando en los feligreses, las mujeres deberíamos poder realizar esas funciones».

Sacerdocio y poder

Una cuestión de justicia para

Amell. Un asunto práctico para Sánchez. Dos mujeres aparentemente situadas en cuadrantes opuestos del tablero, pero que coin-

ciden en la necesidad del sacerdocio femenino.

Amell sentencia:«En el evangelio no hay ninguna referencia que margine a la mujer. Desde la costilla de Adán, todo son mentiras sobre mentiras. Los hombres y las mujeres han de tener y ejercer los mismos ministerios. No hay ninguna razón teológica que impida el sacerdocio femenino, solo lo sustentan por tradición apostólica».Frente a la demanda de Amell, Sánchez enumera las virtudes que, a su juicio, la mujer aportaría al sacerdocio: intuición, sensibilidad, comprensión... Aunque eso, reflexiona a renglón seguido, también comportaría renuncias:«Perderíamos espontaneidad. El poder siempre conlleva una pérdida de libertad, ciertas limitaciones a la hora de expresarse. Yo siento que ahora mi influencia tiene una categoría más moral, más de conciencia y de valores. No tanto de autoridad».

Frente a esta consideración, quizá más próxima a la visión tradicional femenina del poder, en el otro lado del tablero, Amell sostiene:«La Iglesia quiere a la mujer sumisa, callada, discreta, que no reivindique ni piense demasiado. El hombre ha mandado siempre y teme perder el poder. Ni siquiera la teología de la liberación se preocupó de nuestra liberación, en su doctrina seguíamos marginadas. Pero ahora las mujeres queremos el poder. Si es bueno

para ellos, también lo será para nosotras».

¿Machismo? Sánchez concede que quizá, de forma subconsciente, existe en la Iglesia un cierto sentimiento de superioridad del hombre sobre la mujer. Pero eso no se expresa abiertamente.«Hay razones que si se escriben, dejan de serlo»,concluye la religiosa.

Culpabilidad sexual

¿María Magdalena, la pecadora que Jesús distinguió como discípula, o la pérfida Eva, que empujó a Adán al pecado original?«En cuanto al sexo, la Iglesia siempre dirige la culpabilidad hacia la mujer-denuncia Amell-. Cuando es el hombre el que, a veces, utiliza la fuerza. Se valora a la mujer según la condición de su cuerpo. ¿Es virgen? ¿Es madre? La maternidad es muy importante, pero no lo es todo. ¿Acaso lo es la paternidad?».

Sánchez opina que la sociedad no acaba de hallar el camino para que la sexualidad dé la felicidad. Aunque, en su caso, considera el celibato como una gracia:«Por mi fe, es un don. He renunciado al uso de la genitalidad, pero me siento muy colmada de afectividad. El celibato tiene sentido si se entiende como una dedicación a los demás».

El cerrojo de la Iglesia

La sociedad evoluciona, también los valores y el papel de la mujer. ¿Es permeable el Vaticano a esta realidad?«La Iglesia está cerrada

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-dictamina Amell-. No hay diálogo. Creo que antes que autorizar el sacerdocio femenino abolirían la falacia del celibato obligatorio. No veo futuro. Se necesitaría un cambio radical, pero este papa es más de lo mismo. El planteamiento de su visita es una aberración. Viene como un extraterrestre. Hay que acabar con este endiosamiento».

Sánchez considera que la visión de las mujeres religiosas, en general, es más abierta que la de los hombres.«Nosotras captamos más la realidad y eso nos hace más comprensivas. Tenemos más empatía». Quizá imbuida de esa indulgencia concluye:«Al Papa no se le comprende bien. Yo pienso que la Iglesia es como una catedral. Desde fuera no se aprecian las vidrieras, pero cuando entras, distingues los colores, las formas y la luz que las atraviesa».