12 jul 2020

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MEDIOAMBIENTE

Japón y Australia se enfrentan otra vez por la caza de ballenas

La flota japonesa prevé abatir 1.000 ejemplares en aguas que disputa a Canberra

La tozudez de Tokio desata un conflicto que en el exterior se mira con indiferencia

MAURICIO BERNAL
BARCELONA

"Seguimos persiguiéndolos. Es una extraña situación en la cual ellos arrancan a toda má-

quina y nosotros los seguimos a toda máquina, pero nada más ocurre, no podemos bajar los botes ni hacer nada, ya que tendríamos que reducir velocidad para hacer eso, y además porque no tiene sentido, ya que mientras el barco factoría siga arrancando a toda máquina no se puede hacer cacería".

Es el testimonio de uno de los tripulantes del buque Esperanza, la embarcación de Greenpeace que desde hace unas semanas se dedica a acosar a la flota ballenera japonesa para impedirle cazar cetáceos en la Antártida. Sucede desde hace dos décadas: con el pretexto de que sus fines son meramente científicos, el Gobierno japonés obtiene un permiso especial que le permite saltarse la moratoria vigente desde mediados de los 80. Entre diciembre y marzo --el verano austral--, los cazadores japoneses se plantan en el océano Sur y matan a centenares de ejemplares (7.000 en los últimos 20 años). La meta de este año es pillar a un millar de ballenas.

FALLO EN SYDNEY

De manera que cada enero, de un tiempo para acá, sucede prácticamente lo mismo: la flota nipona se hace a la mar y toma rumbo hacia la Antártida, donde puntualmente la esperan las naves ecologistas. Una vez detectados los balleneros empieza un baile que bien podría tener mucho de juego si no es porque con frecuencia deriva en episodios desagradables: yo te persigo, tú escapas, intentas perderme, yo te sigo a toda máquina. Y mientras tanto no pescas. "La temporada tiene un inicio y un final --dice Paloma Colmenarejo, responsable en España de la Campaña de Océanos de Greenpeace--, y mientras andemos cerca no lanzarán el arpón".

Tal vez porque cada año sucede lo mismo --o porque sucede al otro lado del mundo--, la guerra de las ballenas no parece interesar este año a nadie. La prensa europea apenas se hace eco, y salvo los gobiernos de Japón y Australia ningún Ejecutivo se ha despeinado por los cetáceos. ¿Australia? Sí, Australia. El punto álgido de la batalla 2007/2008 tuvo lugar esta semana, cuando el Tribunal Federal de Sydney declaró ilegal la captura de ballenas "en la reserva australiana de la Antártida", marcando de paso un giro jurídico inesperado en la larga pugna que mantienen ambos países sobre el tema.

En el gesto más teatral de la temporada --de momento--, dos voluntarios del grupo ecologista Sea Sheperd abordaron el arponero Yashin Maru 2 para entregar al capitán una copia de la sentencia. Sucedió el pasado martes. El británico Giles Lane y el australiano Benjamin Potts permanecieron a bordo de la nave japonesa hasta el viernes, dicen que secuestrados, mientras que el Gobierno nipón sostiene que todos los intentos de establecer comunicación con el barco de la oenegé, el Steve Irwin, cayeron en saco roto. Al final fueron rescatados por un buque australiano. Dicen que los trataron mal. En la madrugada del sábado, el Steve Irwin atacó al Yashin Maru: le lanzó 12 bombas fétidas, en un acto que los nipones tildaron de "terrorista".

EL GATO Y EL RATÓN

El fallo del tribunal de Sydney no parece preocupar a los japoneses. La sentencia tiene en el mejor de los casos un valor simbólico, y se añade a una batería de medidas que por ahora no tienen utilidad práctica (una embarcación de Aduanas también persigue a los balleneros y recoge pruebas de sus actividades, pues Canberra no descarta trasladar el caso al Tribunal Internacional del Derecho del Mar).

"El santuario de las ballenas es una creación del derecho australiano --manifestó el experto--. Se trata de una zona delimitada en torno a este continente, pero no está reconocida por el derecho internacional".

Así las cosas, Japón no tiene intención de obedecer al juez australiano. Ahora que se han quitado de encima a Lane y Potts, lo único que desean es seguir adelante con la cacería. Solo que el Esperanza se ha pegado a los talones del Nisshin Maru, el buque nodriza de la flota ballenera, y mientras no lo pierda de vista la caza no podrá continuar. Los japoneses, con barcos de repostaje en altamar, darán vueltas y vueltas hasta que sus perseguidores, agotado el combustible, tengan que volver a puerto. "Esto de investigación no tiene nada --dice Colmenarejo--. No es más que una fachada para comercializar carne de ballena". Pues en Tokio adoran el sashimi de ballena.