23 feb 2020

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LUKE HOWARD: La historia de un enamorado de las nubes

ALFRED RODRIGUEZ PICÓ

Luke Howard (Londres 1772-1864) era precisamente eso, un enamorado de las nubes. Con solo 8 años ya se pasaba el día observándolas, estudiando sus formas, altura, dirección y velocidad. Entre mayo y agosto de 1783, y a consecuencia de la explosión de dos volcanes (el de Eldeyjar, en Islandia, y el de Asama Yama, en Japón), unos meses antes, el hemisferio norte se tiñó de unas irisaciones espectaculares, mezcla de ceniza y polvo de las erupciones y de las propias nubes. Ese espectáculo natural le entusiasmó aún más. A partir de entonces y durante 30 años se dedicó al estudio de las nubes, ayudado por un barómetro y un termómetro para anotar las observaciones diarias. En el invierno de 1802 a 1803 presentó un estudio que, con ligeras modificaciones, todavía utilizamos hoy: Sobre la modificación de las nubes y las clasificó como cumulus, stratus, cirrus y nimbus, pudiendo combinarse entre ellas.

De hecho, unos meses antes, el francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) ya propuso una clasificación de las nubes, pero como los nombres estaban en francés y para la formación de las nubes proponía la influencia de los astros, la comunidad científica rechazó esa nomenclatura. Pero la popularización de los nombres de las nubes se la debemos en gran parte al genial escritor alemán Johann Wolfgang Goethe (1749-1832). Usó la clasificación de Luke Howard en su diario meteorológico y, a menudo, los nombres de las nubes aparecen en varias de sus obras... incluso llegó a escribir un poema sobre ellas. Pero Howard nos depara algunas sorpresas más que comentaremos dentro de poco.