CRÍTICA DE SERIE

'Supongamos que Nueva York es una ciudad': Scorsese se rinde a Lebowitz

El director de 'Taxi driver' conversa con la gran escritora satírica en una serie deliciosa sobre la vida urbana

Martin Scorsese y Fran Lebowitz en ’Supongamos que Nueva York es una ciudad’.

Martin Scorsese y Fran Lebowitz en ’Supongamos que Nueva York es una ciudad’. / Netflix

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Supongamos que Nueva York es una ciudad ★★★★

Dirección:  Martin Scorsese

Reparto: Martin Scorsese, Fran Lebowitz

País: Estados Unidos

Duración: 30 minutos (7 episodios)

Año: 2021

Género: Documental

Estreno: 8 de enero del 2021 (Netflix)

Desde que se conocieron, un momento que, por cierto, ninguno de los dos recuerda, Martin Scorsese y la escritora satírica Fran Lebowitz han mantenido una gran amistad desdoblada ocasionalmente en camaradería creativa. Hace ya una década trabajaron juntos en 'Public speaking', documental en torno a la figura de Fran, medio biográfico, medio conversacional. Ahora colaboran en una serie anunciada por sorpresa a finales del año pasado, 'Supongamos que Nueva York es una ciudad', que ya no tiene tanto de biográfica, aunque Lebowitz pueda hablar de su vida. La serie es básicamente una excusa para oír divagar a Lebowitz sobre Nueva York y, por extensión, la vida urbana: su ruido, su exceso de gente, su carácter agotador a la par que adictivo, su coste personal y económico, o lo que cuesta no gastarse todo el dinero en libros. Scorsese pregunta cosas, pero sobre todo ríe, ríe sin parar.

Cada episodio gira en torno a una temática distinta. Bueno, más o menos. El discurso veloz de Lebowitz puede acabar muy lejos del punto muy concreto del que partió: por ejemplo, de los conductores de bus se puede llegar al cilantro. El primer episodio es el más general, una especie de introducción a los gozos y las sombras de Nueva York. El infierno, recuerda esta genio, son los demás, desde aquellos que se quedan parados en mitad de una acera de tránsito denso a los bicivoladores que no saben por dónde van ni a toda la gente que podrían atropellar. Lebowitz también dedica vituperios a Times Square, "el peor barrio del mundo", asegura; cuando va a ver una obra teatral busca la ruta con que pisarlo menos. Además, se ofrece voluntaria como alcaldesa nocturna ("en Nueva York pasan muchas cosas de noche") y promete dedicar sus primeros esfuerzos a arreglar el metro.

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Hay también un episodio centrado, en principio, en la cultura, oportunidad para Lebowitz de reflexionar sobre los misterios del talento, las cualidades terapéuticas del sonido Motown ("la música es una droga que no mata") y aquella vez que su amigo Charles Mingus la persiguió por la calle. En el episodio dedicado al transporte urbano, Scorsese se permite un autohomenaje: la referencia de Lebowitz a los taxistas más acelerados sirve al director para citar unas imágenes del conductor amante del flamenco de '¡Jo, qué noche!'. Otros capítulos giran en torno al dinero (para Lebowitz, un tema de conversación poco fascinante), los deportes o las librerías y bibliotecas. "Soy totalmente incapaz de tirar un libro", dice la autora. "No puedo tirar un libro. Para mí es como tirar a un ser humano". Antes de rozar la cursilería libresca, añade: "Bueno, aunque hay muchos más seres humanos a los que tiraría".  

Como puede esperarse de algo dirigido por Scorsese, la serie no solo se escucha con regocijo, sino que se mira con deleite. No hay un solo plano descuidado y la fotografía de Ellen Kuras ('¡Olvídate de mí!', por ejemplo) captura la metrópolis prepandémica con una belleza elegíaca. Al parecer, llegaron a rodar durante el confinamiento, pero se prefirió desestimar el metraje y hacer algo menos pegado a la actualidad. Es decir, no hay un episodio final tan sublime como en 'How to with John Wilson', otra serie en la que teníamos oportunidad de observar Nueva York a través de una óptica particular. Pero, a su elegante, atemporal modo, 'Supongamos que Nueva York es una ciudad' es otro clásico en toda regla.  

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