Ir a contenido

TESTIGO DIRECTO

Chernóbil, una atracción para turistas nucleares

Por unos 100 dólares, el visitante puede adentrarse en la zona de exclusión que rodea la central siniestrada en el accidente que recrea la serie 'Chernobyl'

Unos 300 campesinos viven hoy por su cuenta en el área 'quemada' y cultivan su sustento

Olga Merino

Zona de atracciones en Prípiat, en el 2012.

Zona de atracciones en Prípiat, en el 2012. / AP / EFREM LUKATSKY

Hace 20 años habría parecido una insensatez visitar los alrededores de Chernóbil, pero hoy se han convertido en una especie de atracción turística donde el visitante, por unos 100 dólares, puede hacerse una idea bastante aproximada de cómo sería un apocalipsis nuclear o bien adentrarse en una cápsula del tiempo donde la atmósfera soviética se ha preservado intacta. Aseguran que la radiación a la que se expone el ocasional guiri atómico es baja, igual a la que se percibe durante un vuelo en avión de una hora.

Dos décadas atrás, transitar por la llamada zona de exclusión, una circunferencia de unos 30 kilómetros alrededor de la central siniestrada, suponía un embrollo burocrático que pude sortear en abril de 1996, cuando se cumplía el décimo aniversario de la catástrofe, con el fin de escribir una serie de reportajes para este diario. Un médico de la central nuclear de Ascó me aconsejó que, después de la excursión, me deshiciera de las botas que hubieran hollado la tierra radiactiva. Le obedecí, claro.

En aquel entonces, resultaba sobrecogedor el silencio que envolvía las calles desiertas de Prípiat, la localidad más próxima a la central, a tan solo tres kilómetros, cuyos 45.000 habitantes fueron evacuados 36 horas después de la explosión y no regresaron jamás a sus casas. El reino de la desolación, el decorado perfecto para filmar una película distópica, una ciudad irradiada de plutonio y cercada por alambre de espino. Las cabinas de la noria se balanceaban vacías en el parque de atracciones. Muñecos y zapatitos de bebé permanecían esparcidos por el suelo de una guardería. El viento irrumpía a través de los cristales rotos de un restaurante con sus mesas intactas. Buzones desventrados, todavía hoy, en bloques de apartamentos adonde nadie mandaría cartas nunca más.

Encubrimiento y embustes

Aquí y allá, en los escaparates de las tiendas abandonadas, asomaban un póster o una estatuilla de Lenin, el padre de la patria soviética, por cuanto Prípiat y la URSS en su conjunto se disponían el 26 de abril de 1986, la fecha del armagedón atómico, a celebrar las festividades del Primero de Mayo. De hecho, una multitud salió a las calles de Kíev, la capital ucraniana, para participar en los desfiles el Día del Trabajo y probar su lealtad al partido. Aun cuando los sensores en Suecia detectaron enseguida lluvias radiactivas, las autoridades soviéticas persistieron en minimizar la tragedia -se elevaron incluso las dosis admisibles de radiación- para que no cundiera el pánico. Mijaíl Gorbachov, entonces jefe del Estado, no se dirigió al pueblo por la tele hasta el 14 de mayo, 17 días después del accidente en el reactor número 4. Encubrimiento y embustes a pesar de la glásnost, la transparencia informativa que preconizaba el régimen aperturista.

En aquellos días, adentrarse en las aldeas de la zona muerta aún resultaba más impresionante que pasear por las calles vacías de Prípiat. Kilómetros de bosque, manzanos y abedules, tramos fluviales, casitas dispersas por el campo, un paisaje idílico donde acechaban los isótopos envenenados. Allí se habían asentado al menos un millar de campesinos que en su momento habían sido evacuados a la fuerza; los llamaban 'samosioli', que podría traducirse como "los que se han instalado por su cuenta". Eran, por así decirlo, okupas en tierra radiactiva. Hoy en día apenas quedan 300 personas en la zona de exclusión distribuidas en 11 aldeas semiabandonadas.

Como si nada

¿Por qué regresaron? En su mayoría, porque eran ancianos que ya no temían el potencial riesgo para la salud de Chernóbil y por las pésimas condiciones en que se hizo la evacuación. Hace dos décadas, a Iván (66 años) y Uliana (60) los instalaron en un 'koljós' (granja colectiva), en una casa destartalada y fría que debían compartir con otras dos familias. Por eso el matrimonio emprendió el camino de vuelta hacia su pueblo, Opálchichi, a 25 kilómetros de la central, a seguir viviendo como siempre lo habían hecho en su 'isba' atestada de iconos protectores. Cultivaban patatas y remolacha en la tierra contaminada. Recogían setas y las conservaban en salmuera, como si nada. "De todas formas, ya no somos jovencitos", decían.

Las circunstancias que rodearon el mayor accidente nuclear de la historia fueron una inmensa chapuza. En realidad, Chernóbil puede considerarse una metáfora de la URSS, que se desplomó sobre sus pies de barro cinco años después: todo era mentira y fachada.