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Reflexiones SanaMente

Roger Ballescà, psicólogo: "Hemos robado la calle a los niños"

Los gritos de los pequeños, el sonido de las patadas y de las pelotas rebotando han sido proscritos

La salud mental no puede abordarse únicamente desde una política sanitaria reactiva, sino cuidando la familia, la escuela, los espacios de ocio, las entidades comunitarias

Detalle de la plaza de Sant Valentí, en Mataró

Detalle de la plaza de Sant Valentí, en Mataró / Roger Ballescà

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Roger Ballescà

Barcelona
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Quien conozca la plaza de Sant Valentí, en Mataró, sabrá que, a pesar de tener un nombre muy bonito, se trata de un lugar inhóspito, prácticamente desierto. Está configurada como una plaza dura situada en un espacio rectangular, del tamaño de una pista de fútbol sala, encajada entre unos edificios que, probablemente, fueron construidos en la época del desarrollismo.

La referencia al campo de fútbol no es gratuita, pues, además de sus dimensiones, idóneas para la práctica deportiva, la casualidad arquitectónica ha hecho que en cada uno de los extremos de la plaza haya unas columnas que sostienen sendos porches y que, curiosamente, tienen las medidas exactas de unas porterías, tanto de ancho como de alto.

Prohibido jugar a la pelota

Sin embargo, pese a esta forma tan tentadora, en la plaza no juega ningún niño, ni al fútbol ni a nada. Alguien tuvo la precaución de colocar a lo largo de todo el espacio unas jardineras muy grandes, con plantas puntiagudas -y ya deterioradas-, cuya única función es evitar que cualquier persona, especialmente si es un niño, se aventure a realizar allí cualquier actividad. Por si la intimidación vegetal no fuera suficiente, se instalaron varios carteles, bien visibles, advirtiendo de que está rigurosamente prohibido jugar a la pelota.

Los adultos tenemos que descansar y es mucho mejor que, si los niños tienen que jugar al fútbol, lo hagan en casa en formidables estadios digitales

El motivo es fácil de intuir. Hace ya tiempo que les hemos arrebatado las calles a los niños, de manera sutil o descarada. Los gritos de los pequeños, el sonido de las patadas y de las pelotas rebotando han sido proscritos, del mismo modo que se pretende que desaparezcan de nuestro paisaje sonoro las campanas de las iglesias o los mugidos de las vacas en los lugares de vacaciones. Los adultos tenemos que descansar y es mucho mejor que, si los niños tienen que jugar al fútbol, lo hagan en casa, cómodamente, en formidables estadios digitales y, sobre todo, con unos buenos auriculares.

Más sensibilidad pero menos espacio común

La plaza de Sant Valentí ofrece una buena metáfora para hablar de la infraestructura de la salud mental y de los enfoques comunitarios en este ámbito. En los últimos años se ha producido un aumento de la sensibilidad social hacia la salud mental infantil y juvenil. Este incremento surge como respuesta a una mayor detección de dificultades emocionales y conductuales y al crecimiento de la demanda de atención especializada, con casos cada vez más graves y cronificados. Los bomberos hablarían de «incendios de sexta generación».

Contratar unos cuantos bulldozers antijardineras para liberar espacios de ocio y fomentar la comunidad puede resultar no menos efectivo que invertir en profesionales

Sin embargo, esta situación pone de manifiesto una cuestión estructural: una parte importante del malestar infantil y juvenil llega a los dispositivos sanitarios sin que existan previamente suficientes espacios comunitarios para abordarlo o prevenirlo. En muchos casos, la llamada salud mental comunitaria se ha traducido principalmente en la descentralización territorial de los servicios. Estas iniciativas han permitido acercar los recursos asistenciales a la población, pero no siempre han implicado una transformación real de la comunidad como espacio generador de salud mental.

Profesionalizar la respuesta

Imagino que, ante la actual epidemia de problemas infantojuveniles -de la que no se libra la ciudad de Mataró, tampoco el entorno de la plaza de Sant Valentí y aún menos las familias vulnerables que viven allí-, las distintas administraciones responsables estarán buscando soluciones.

Lo más probable es que se planteen crear nuevos "dispositivos comunitarios" mediante la contratación de más recursos humanos cercanos a la ciudadanía: profesionales de la psicología, la psiquiatría, la educación o el trabajo social que apaguen los incendios a domicilio, con mangueras cargadas de herramientas psicoterapéuticas, educativas y farmacológicas. Es lo esperable en unos tiempos caracterizados por la profesionalización del abordaje de los malestares.

Redes sociales de carne y hueso

Estas iniciativas, aunque bienintencionadas y quizá necesarias, corren el riesgo de pasar por alto las infraestructuras comunitarias. Del mismo modo que la plaga de incendios forestales que nos asola no se resolverá con más bomberos que los apaguen, sino con una gestión forestal y territorial cuidadosa que minimice su aparición, la salud mental no puede abordarse únicamente desde una política sanitaria reactiva, sino cuidando el sustrato de la salud mental infantil: la familia, la escuela, los espacios de ocio, las entidades comunitarias y las verdaderas redes sociales, las de carne y hueso, sin algoritmos de por medio.

Lo más probable es que se contrate a profesionales de la psicología, la psiquiatría, la educación o el trabajo social que apaguen los incendios a domicilio

Por ello, conviene tener en cuenta que contratar unos cuantos buldócers anti jardineras para liberar espacios de ocio y fomentar la comunidad puede resultar menos llamativo que invertir en profesionales de la salud mental, pero no necesariamente menos efectivo.

Roger Ballescà es psicólogo y psicoterapeuta. Coordinador del Área de Salut Mental Infanto-juvenil. Fundació Hospitalàries Martorell. Miembro de la Junta de Gobierno del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya (COPC).

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