Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Reflexiones SanaMente

Maria J. Portella, psicóloga: "La condición humana tiene una fuerza extraordinaria cuando encuentra en el otro alguien en quien reconocerse"

Ella estaba ahí de esa manera en la que están las amistades importantes: sin grandes aspavientos, pero con una profundidad inmensa

Casi nunca nos preparamos para despedirnos. Y, sin embargo, es una de las experiencias más universales

María J. Portella, en el Hospital de Sant Pau i la Santa Creu de Barcelona.

María J. Portella, en el Hospital de Sant Pau i la Santa Creu de Barcelona. / JORDI COTRINA

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Maria J. Portella

Barcelona
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

¿Esperaríais entablar una amistad profunda con una persona con la que os ha «tocado» compartir habitación en un hospital público? Si me lo hubieran preguntado antes de marzo de 2020, probablemente habría dicho que no. Ahora sé que sí. Y también sé que, a veces, en los momentos más duros, la vida todavía te reserva sorpresas que no esperas y que tienen la capacidad de transformarte.

Era una tarde agradable de principios de marzo de 2020, que invitaba a tomar una cerveza con las Alte Frauen —el nombre del grupo de amigas del barrio— en la plaza de la Concòrdia. De manera muy repentina, empecé a sentir un dolor en el pecho que se irradiaba hacia la espalda y les dije que quería irme a casa. Ellas, preocupadas, me acompañaron.

Un dolor tan intenso que quería morir

Al llegar a casa empezaron los vómitos, el dolor se intensificó y se irradiaba hacia un costado. Pasé mala noche, pero al día siguiente parecía que estaba un poco mejor. Mi marido y mi hijo se fueron, era jueves, y yo me quedé en casa, en la cama. Pero al mediodía volvieron los vómitos y la fiebre me subió de manera estrepitosa. No sé ni cómo, llamé a mi marido, que vino volando y me encontró tendida en el suelo, sin ropa —no recuerdo habérmela quitado—, encogida por un dolor tan intenso que solo quería morir para que terminara.

En los momentos más duros, la vida todavía te reserva sorpresas que no esperas

Después de toda una gestión telefónica, vino un médico a casa y llamó directamente a una ambulancia porque estaba sufriendo una pancreatitis. De la espera en urgencias no hace falta ni hablar. La cuestión es que confirmaron el diagnóstico: tenía la vesícula a punto de reventar de piedras, causa de la pancreatitis que estaba sufriendo. Ingreso para recibir tratamiento antiinflamatorio y contra el dolor.

Su presencia transmitía tranquilidad

Cuando llegué a la habitación, había una señora de unos setenta años llamada Rosa, acompañada por dos hijas. Nos saludamos, nos comunicamos nuestros respectivos diagnósticos, que curiosamente coincidían, y cada una continuó haciendo aquello que, de manera limitada, puede hacerse en una habitación de hospital. Aun así, su presencia transmitía una tranquilidad que me llamó la atención desde el primer momento: cómo se dirigía a sus hijas, cómo se dirigía a mi marido y a mí. No sé explicarlo mucho mejor, pero enseguida me sentí bien.

El confinamiento, ingresada

Al día siguiente, ella, que se encontraba bastante bien —yo todavía estaba bastante fastidiada—, comentó con mi marido que el Gobierno español había anunciado el confinamiento estricto por la pandemia de COVID-19. El hospital en el que estábamos ingresadas se convirtió en centro de referencia. Prohibieron los acompañantes y cualquier tipo de visita, y cerraron la puerta de nuestra habitación. Y allí nos tenéis a Rosa y a mí, tumbadas cada una en su cama, mientras fuera el mundo se detenía.

Yo había empezado a recuperarme, aunque todavía sufría alguna pérdida de conocimiento, y nos pusimos a hablar. De todo y de nada. Pero con una familiaridad que, para mí, resultaba muy inesperada con alguien a quien acababa de conocer. Fueron pasando los días y la relación entre las dos se fue haciendo más estrecha. Nos contamos intimidades, experiencias, ideologías y deseos. En aquella habitación, en aquella situación tan extraña y tan frágil, las conversaciones adquirían otra profundidad. Cuando una está enferma, asustada y encerrada, ya no queda mucho espacio para fingir: o conectas o no conectas. Y nosotras conectamos.

En las breves visitas que les permitían, mi marido o las hijas de Rosa no podían creerlo, porque percibían una relación que casi podía tocarse. A Rosa le dieron el alta un día antes que a mí. Nos dimos el teléfono y yo, sinceramente, creí que era una mera formalidad, que nos olvidaríamos de aquellos días y que ahí quedaría todo.

Pero no fue así.

La amistad se fue construyendo ladrillo a ladrillo hasta convertirse en un edificio enorme porque, contra todo pronóstico, nos escribimos mensajes de WhatsApp, nos llamamos para saber la una de la otra y, cuando terminó el confinamiento, quedamos para tomar un café. Y un día un café, y otro día «vamos a comer al vegetariano», y otro «necesito contarte algo que me ha pasado»... Y fueron pasando los años. Y algún otro susto de salud. Y otros momentos duros. Y Rosa estaba ahí.

Y fueron pasando los años. Y algún otro susto de salud. Y otros momentos duros. Y Rosa estaba ahí

Estaba de esa manera en la que están las amistades importantes: sin grandes aspavientos, pero con una profundidad inmensa. Con presencia, con escucha, con humanidad. A veces pensamos que las grandes amistades solo pueden venir de muy atrás, de la juventud, de los espacios elegidos, de historias largas. Pero no siempre es así. A veces aparecen de la nada, en el lugar menos pensado y justo cuando más falta te hacen.

El vacío que me ha dejado es profundo y todavía duele

Exactamente seis años después de habernos conocido, por una de esas coincidencias que quizá no lo sean tanto, ella se fue para siempre.

El vacío que me ha dejado es profundo y todavía duele. Y aún hoy me cuesta escribir esta frase. Tal vez porque no estamos suficientemente preparados para la muerte de los seres queridos. Nos preparamos para tantas cosas —para trabajar, para resistir, para cuidar, para seguir adelante—, pero casi nunca nos preparamos para despedirnos. Y, sin embargo, es una de las experiencias más universales y que más nos desarman.

Incluso en la fragilidad, la vida sabe regalarnos una gracia inesperada

No sé si alguien puede prepararse de verdad para perder a una persona querida. Lo que sí sé es que, cuando ocurre, entiendes hasta qué punto aquella persona se había hecho un hueco dentro de ti. Rosa se hizo uno muy grande dentro de mí. Y, al mismo tiempo, me siento profundamente privilegiada por haberla tenido como amiga durante todo este tiempo.

Porque, si algo me enseñó aquella habitación de hospital, en medio del dolor, del confinamiento y del miedo, es que la condición humana posee una fuerza extraordinaria cuando encuentra en el otro a alguien en quien reconocerse. Alguien que te sostiene, que te acompaña, que está a tu lado sin hacer ruido. Y que, a veces, un encuentro completamente casual puede acabar convirtiéndose en una de las relaciones más valiosas de tu vida.

Rosa ya no está, pero la forma en que me acompañó sigue viva en mí, como una prueba silenciosa de que, incluso en la fragilidad, la vida sabe regalarnos una gracia inesperada.

Suscríbete para seguir leyendo