En primera persona
Carmen, activista: "No consigo contagiarme de la alegría de los demás"
"Pongo mala cara, sé que los demás lo notan. ¿Qué pensarán de mí? ¿Se arrepentirán de haberme invitado?"
"Mi amiga parece preocupada. '¿Estás bien?', me pregunta. Es sincera"

Carmen Prieto, en un fotograma del documental 'Anhedonia dins la depressió' / EP
Me han invitado a una cena. ¡Qué ilusión! Me pondré el vestido que me compré la semana pasada, me queda muy bien. Estaba deseando estrenarlo. Pero… Igual van todos más informales. Seguro que hago el ridículo. Me pruebo mil combinaciones. Al final, acabo vestida con los tejanos de siempre y una blusa de hace varios años y toda la ropa de mi armario desperdigada por la habitación. Por supuesto, llegaré tarde.
Ahora es tiempo de cenas… para celebrar que se ha acabado el curso, que empiezan las vacaciones, que es verano, que has aprobado un examen, que el día es más largo, que hace calor y se está bien fuera… da igual, cualquier excusa es buena para reunirse con amigos y charlar, reír, pasártelo bien.
Es guay, muy guay… pero solo cuando tienes ganas, cuando tienes algo que celebrar, cuando estás contento. Si no… es una mierda (con perdón). La alegría de los demás es proporcional a tu desdicha por no disfrutar tanto como ellos. Finges lo gracioso que te ha parecido aquello que ha dicho alguien (porque todos se ríen) aunque ni siquiera lo has escuchado pues estabas pensando en las ganas que tienes de marcharte.
Finges lo gracioso que te ha parecido aquello que ha dicho alguien aunque ni siquiera lo has escuchado pues estabas pensando en las ganas que tienes de marcharte
¡Qué antipática eres, piensas! ¿Por qué no tendré yo esa gracia y esas ganas para contar cosas? Quizá lo haya intentado, pero nadie me ha escuchado. Lo intento otra vez, pero alguien se me adelanta y habla más fuerte que yo. No me oyen. Desisto. Seguramente no era interesante.
Reírme sin ganas
Intento escuchar y reírme sin ganas… Lo siento, hoy no tengo un buen día. Ayer tuve una discusión con mi mejor amigo. Le dije que no quería volver a verle y esa idea no deja de rondarme en la cabeza.

Brindis en una cena. / ELTENEDOR
Pensé que salir me sentaría bien, me distraería. Pero no. Los pensamientos intrusivos me machacan y me torturan. Vuelven una y otra vez. Estoy aquí sin estar. No consigo contagiarme de la alegría de los demás. Pongo mala cara, sé que los demás lo notan. ¿Qué pensarán de mí? ¿Se arrepentirán de haberme invitado? Seguro que no me vuelven a llamar. Dirán que soy un muermo, que les estropeo la fiesta… tendría que haberme quedado en casa.
Los pensamientos intrusivos me machacan y me torturan. Vuelven una y otra vez. Estoy aquí sin estar
La cena se acaba y proponen ir a bailar y escuchar música. Es un plan tentador. Seguro que es divertido. El local está petadísimo de gente. Hace mucho calor. Entramos. Todos hablan muy alto; el volumen de la música obliga a ello. Da igual, bailemos, no hace falta hablar. Desahoguémonos moviendo el cuerpo al ritmo de la música. Pero… qué poco me gusta esta música. No me inspira nada. No me apetece bailar esto.
Parece que sea invisible
La gente se arrima, empuja, uno incluso me pisa y no me pide perdón. Yo soy más bajita que la mayoría. Parece que sea invisible. Solo veo espaldas. Como mucho, cuellos y caras sudorosas que no me miran. No hay espacio entre nosotros. Es como si me faltara el aire, me cuesta respirar y apenas puedo moverme sin chocarme con alguien. El corazón golpetea rápido y casi lo puedo oír. Hago un pasillo a empujones apartando a las personas que me cierran el paso y consigo salir a la calle.
Es como si me faltara el aire, me cuesta respirar y apenas puedo moverme sin chocarme con alguien
Estoy sudando. Tengo la ropa mojada. Aspiro hondo y saco el aire de un soplido. Me estaba mareando. Me apoyo en una farola y me lío un cigarrillo. Quizá fumar no sea la mejor idea, pero me tranquiliza. Envío un wasap a una de mis compañeras. Le digo que me voy a casa. Que ya nos veremos otro día con más tranquilidad.
Emprendo el camino hasta mi casa. A los cinco minutos una mano me toca el hombro. Es mi amiga. Parece preocupada. ”¿Estás bien?”, me pregunta. Es sincera, se preocupa de verdad. Me dice que todos han preguntado por mí, buscándome. Me da un abrazo e insiste en acompañarme a casa. No quiere dejarme sola. Se quedará conmigo hasta asegurarse de que realmente estoy bien. Le digo que, entonces, tendré que acompañarla yo después para que no vaya ella sola. Nos reímos pensando en que nos vamos a pasar la noche yendo y viniendo para acompañarnos.
Se estaba agobiando con tanta gente y la música tampoco le gustaba demasiado
Ideamos un plan mejor: ella se quedará conmigo en casa hasta que pasen a recogerla con el coche. Se estaba agobiando con tanta gente y la música tampoco le gustaba demasiado. Recibo varios whatsApps de los demás interesándose por mí. ¡Qué majos!
Pasamos un rato estupendo, nos contamos cosas, nos reímos, ponemos música que nos gusta a las dos y miramos las estrellas y la luna llena desde mi terraza. Y yo pienso: ¡Qué fantástico es el verano y qué suerte tengo de tener amigos!
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