Reflexiones SanaMente
Eduardo Vara, pediatra: "El problema es reducir a cada persona a etiquetas estereotipadas"
"También son necesarios diagnósticos orientativos que permitan a profesionales con experiencia acompañar a quienes lo necesiten"
"No es que etiquetar bien cure el malestar psíquico, pero sí lo ordena, siempre y cuando no lo convirtamos en una identidad rígida"

Eduardo Vara. / EPC
Nunca antes habíamos hablado tanto sobre emociones, salud mental y neurodiversidad ni habíamos usado un lenguaje psicológico tan amplio y cargado de etiquetas, por más que muchos discutan sobre cómo aplicarlas o incluso si deberíamos emplearlas. Y es que el lenguaje no es neutral: lo crean personas y grupos que clasifican y ordenan la realidad según sus convicciones, intereses y prioridades.
Negar la influencia de la industria farmacéutica sería ingenuo pero también sería ingenuo minimizar el aumento de los trastornos
Negar la influencia del mercado y de la industria farmacéutica y no farmacéutica en esa terminología psicológica sería ingenuo. Véase el ejemplo de querer convertir una racha de desinterés por la lectura en un “bloqueo lector” que debe corregirse cuanto antes. Pero también sería ingenuo minimizar el aumento real de trastornos mentales o despreciar los avances en la comprensión de la neurodiversidad recurriendo al manido argumento del sobrediagnóstico o las modas.
El diagnóstico y la etiqueta
Al mercado le interesa etiquetar y rentabilizar todo, como hace con otros muchos de nuestros anhelos. Pero también son necesarios diagnósticos orientativos que permitan a profesionales con experiencia acompañar a quienes lo necesiten. El problema surge cuando reducimos a cada persona a un conjunto de etiquetas estereotipadas que derivan automáticamente en una identidad monolítica y el correspondiente kit de medidas a tomar.
Muchas veces, lo que necesita ese ser humano no es una prescripción, sino comprenderse mejor
Porque la ciencia bien entendida debería recordar siempre que sus conclusiones son aproximaciones limitadas por los medios y conocimientos de cada época y que, por encima de estadísticas y clasificaciones, está cada ser humano concreto. Y, muchas veces, lo que necesita ese ser humano no es una prescripción, sino comprenderse mejor o entender el origen de su malestar para evitarlo o, al menos, protegerse.
Fuera del ámbito académico, el embrollo lingüístico aumenta todavía más. En parte, porque vivimos en una cultura que compite por la atención ajena constantemente y donde cuesta hacerse oír sin recurrir a la exageración y la vehemencia. Y, en parte, porque existe un agotamiento general provocado por la búsqueda permanente de la mejor versión de uno mismo que, al no poder procesarse, se acaba verbalizando como desahogo.
Cualquier contratiempo es un "trauma"
Así, junto a quienes hablan de su salud mental con mayor precisión, también hay otros que lo hacen con un lenguaje hiperbólico y psiquiatrizado: cualquier contratiempo se convierte en “trauma”, la tristeza pasajera en “depresión”, el nerviosismo en “ansiedad” o la introversión en “autismo”. Quienes recurren a esas expresiones no pretenden minimizar las experiencias de quienes fueron diagnosticados formalmente, pero el resultado final es que trivializan y diluyen el significado y los desafíos reales de quienes conviven con esas condiciones neuropsicológicas concretas; porque ni “todos tenemos traumas” ni “todos somos un poco autistas”.
Cualquier contratiempo se convierte en “trauma”, la tristeza pasajera en “depresión”, el nerviosismo en “ansiedad” o la introversión en “autismo”
A lo anterior se suma el auge de los autodiagnósticos exprés a través de tests virales y tips de expertos de reputación heterogénea en redes sociales. Algunos podrán coincidir luego con la evaluación de un profesional acreditado, pero otros muchos serán simples ejemplos del efecto Forer, por el que muchas personas se identifican fácilmente con descripciones generales aplicables a casi cualquiera, como los rasgos de carácter atribuidos a cada signo del zodiaco. Y el problema no es solo la banalización de la complejidad que implica un proceso diagnóstico riguroso. Es que aplicar mal esas etiquetas anula sus efectos positivos, que también los hay.
Etiquetar para ordenar malestares
Según estudios neurocientíficos como los de Matthew D. Lieberman sobre el “etiquetado emocional”, nombrar y clasificar lo que sentimos puede ayudarnos a regular mejor nuestras emociones. No es que etiquetar bien cure el malestar psíquico, pero sí lo ordena y lo hace más comprensible, siempre y cuando no acabemos convirtiendo esas etiquetas en una identidad rígida o en rumiación constante.
Existe un agotamiento general provocado por la búsqueda permanente de la mejor versión de uno mismo
Por eso, la cuestión no es etiquetar o no etiquetar. Las etiquetas pueden orientar, aliviar y dar lenguaje a experiencias antes confusas; hasta pueden crear comunidades entre personas para compartir vivencias, apoyarse y luchar por sus derechos. El problema surge cuando las convertimos en veredictos predestinatorios, marcas de exclusión o estrategias de consumo. Porque siempre hay una persona bajo cualquier etiqueta y también una sociedad que la construye desde un lenguaje imperfecto después de todo y contaminado por intereses que conviene aprender a interpretar igualmente.
Comprendernos a nosotros mismos y a los demás exige definir tanto como matizar
No podemos prescindir de algunas etiquetas, pero sí usarlas con más cuidado, honestidad y menos frivolidad meramente expresiva. Porque comprendernos a nosotros mismos y a los demás exige definir tanto como matizar. No para estigmatizar, rentabilizar o dividir, sino para entender mejor toda la complejidad humana que tiene derecho a ser y estar en un mundo compartido.
Eduardo Vara es pediatra y autor de 'Maldito trabajo' y 'Érase una vez en tu cerebro"
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