Reflexiones SanaMente: ausentismo en las universidades
Marta Ramon, profesora de Psicología en la UB: "Los vínculos sociales favorecen el aprendizaje y son un factor protector del bienestar psicológico"
"El sentimiento de pertenencia se ha ido debilitando. Y, si esto es así, la responsabilidad no es solo de los estudiantes ni solo del profesorado. Es compartida"
"La pregunta no es cómo obligamos a los estudiantes a venir a clase. La pregunta es por qué deberían querer venir"

Facultad de Psicología en la UB. / Jordi Cotrina
Hace semanas que sigo con interés el debate sobre la disminución de la asistencia a las clases universitarias. Han intervenido rectores, profesores, estudiantes, periodistas y opinadores de todo tipo. Y, como suele ocurrir, las explicaciones son diversas y a menudo contrapuestas.
Algunos señalan a los estudiantes: dicen que las nuevas generaciones son más individualistas, que están menos motivadas o que prefieren estudiar desde casa. Otros apuntan a los profesores: quizá las metodologías se han quedado obsoletas o quizá no hemos sabido adaptar suficientemente la docencia a los cambios sociales y tecnológicos de los últimos años.
Probablemente ambos bandos tengan parte de razón. Y es muy posible que el absentismo universitario sea el resultado de una constelación de factores que interactúan entre sí. Como profesora de Psicología, no pretendo posicionarme en este debate ni determinar quién tiene más responsabilidad. Tampoco pretendo aportar una idea especialmente novedosa. Solo quisiera recuperar, desde mi experiencia como antigua estudiante, una dimensión de la vida universitaria que a menudo queda fuera de estas discusiones.
Quizá la cuestión no sea tanto quién tiene la culpa, sino qué hemos dejado de construir entre todos
Por eso también tengo la sensación de que nos estamos haciendo la pregunta equivocada. Quizá la cuestión no sea tanto quién tiene la culpa, sino qué hemos dejado de construir entre todos.
La universidad no debería ser únicamente un lugar donde adquirir conocimientos. Para eso ya tenemos libros, vídeos, apuntes, plataformas digitales y herramientas de inteligencia artificial. La universidad debería ser, sobre todo, una comunidad. Un espacio donde aprendemos, pero también donde nos relacionamos, compartimos inquietudes, descubrimos intereses y construimos una forma de estar en el mundo. Un espacio que contribuya a nuestro desarrollo personal y a nuestro bienestar emocional.
La universidad debería ser, sobre todo, una comunidad. Un espacio donde aprendemos, pero también donde nos relacionamos, compartimos inquietudes
Cuando yo era estudiante, no iba a clase exclusivamente por la clase. Había profesores brillantes y asignaturas fascinantes, pero también sesiones poco estimulantes. Y, a pesar de ello, asistía. Porque la universidad era mucho más que aquella hora concreta. Después de clase tomábamos un café, continuábamos conversaciones que habían empezado en el aula, estudiábamos juntos en la biblioteca, comíamos juntos y compartíamos los nervios propios de los exámenes. Nos ayudábamos mutuamente y construíamos relaciones que, en algunos casos, todavía perduran hoy.
¿Estamos perdiendo la oportunidad de construir vínculos?
Eran amistades diferentes, nacidas de compartir una etapa de cambios, dudas, descubrimientos y decisiones sobre el futuro. Y me pregunto si, cuando la universidad se convierte únicamente en un lugar al que se acude puntualmente para asistir a una clase —o incluso en un contenido que se consume desde casa—, no estamos perdiendo también la oportunidad de construir esos vínculos y ese apoyo mutuo que solo pueden surgir al compartir el día a día universitario.
La niversidad era mucho más que aquella hora concreta. Después de clase tomábamos un café, continuábamos conversaciones que habían empezado en el aula
Una parte del problema actual, a mi entender, es que este sentimiento de pertenencia se ha ido debilitando. Y, si esto es así, la responsabilidad no es únicamente de los estudiantes ni solo del profesorado. Es compartida. En un momento de creciente malestar emocional, soledad y desconexión entre los jóvenes, quizá deberíamos preguntarnos qué papel puede desempeñar la universidad como espacio de vinculación y construcción de identidad.
En un momento de creciente malestar emocional, soledad y desconexión entre los jóvenes, quizá deberíamos preguntarnos qué papel puede desempeñar la universidad
No se trata de convertir cada clase en un espectáculo. Aprender requiere esfuerzo. Pero el esfuerzo se vive de manera distinta cuando uno se siente parte de una comunidad. Sabemos que los vínculos sociales no solo favorecen el aprendizaje, sino que también actúan como un factor protector del bienestar psicológico.

Marta Ramon, en la facultad de Psicologia de la UB. / ELISENDA PONS
Así pues, creo que la pregunta no es cómo obligamos a los estudiantes a asistir a clase. La pregunta es por qué deberían querer hacerlo. Difícilmente encontraremos la respuesta únicamente en un plan docente o en una metodología concreta. La encontraremos cuando seamos capaces de construir una universidad que, además de transmitir conocimiento, genere comunidad.
Lo que nos vincula a los lugares no es solo lo que aprendemos en ellos, sino, sobre todo, lo que vivimos allí.
Porque lo que nos vincula a los lugares no es solo lo que aprendemos en ellos, sino, sobre todo, lo que vivimos allí. Y porque, en un momento en el que el bienestar emocional de los jóvenes nos preocupa cada vez más, quizá reconstruir los espacios de encuentro y de pertenencia sea también una forma de cuidar no solo al alumnado, sino a toda la comunidad universitaria.
Marta Ramon es profesora de Historia de la Psicología e investigadora en la Universidad de Barcelona (UB).
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