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Reflexiones SanaMente

Ponç Pons, poeta: "Cuidar la salud mental también es una forma de compromiso con el mundo"

"Hay una medicina poderosa contra la ecoansiedad: la acción compartida. La impotencia paraliza; la participación transforma"

"Quizá el gran reto emocional de nuestro tiempo sea aprender a convivir con la incertidumbre sin perder la capacidad de amar la vida"

Ponç Pons, en su espacio de trabajo en el campo, en Alaior (Menorca)

Ponç Pons, en su espacio de trabajo en el campo, en Alaior (Menorca) / El Periódico

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Ponç Pons

Alaior (Menorca)
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"Sucede que me canso de ser hombre". Lo escribió Pablo Neruda en un poema y no sé si a los lectores y lectoras de EL PERIÓDICO les ocurre lo mismo, pero a veces me entristece y me duele pertenecer al género humano.

Los periódicos están llenos de noticias aberrantes y sobrecogedoras. Al margen de las terribles guerras que devastan poblaciones, ¿de dónde salen esos 27.000 kilos de residuos y desperdicios que la Consejería de Turismo y Medio Ambiente ha recogido en las aguas del litoral balear? ¿Quién tira las botellas y las latas que hay en las cunetas de las carreteras o las bolsas de basura que uno encuentra caminando por el campo?

¿Es normal y civilizado que, al limpiar una playa o una zona del fondo marino, aparezcan bicicletas, neveras o cochecitos de niño? ¿Quién los ha tirado allí? No creo que hayan sido los animales. ¿De dónde salen los miles de bastoncillos para limpiarse los oídos o los bidones de plástico que se secan entre las piedras de las playas?

Un amigo me dice que la gente de los yates es muy irresponsable y sucia, pero no creo que nadie quiera acabar navegando dentro de un vertedero.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre el planeta y, al mismo tiempo, nunca habíamos sentido tanta impotencia ante su deterioro

Vivimos en una sociedad que genera cada vez más residuos, y la única posibilidad de no ahogarnos en ellos es reciclar. Vivimos en una época paradójica: nunca habíamos tenido tanta información sobre el planeta y, al mismo tiempo, nunca habíamos sentido tanta impotencia ante su deterioro.

Si los seres humanos somos capaces de medir científicamente los daños que infligimos al mundo, ¿por qué somos incapaces de dejar de causarlos?

Ecoansiedad, una respuesta emocional

Cada día, las noticias nos recuerdan que la crisis climática ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente. Ante este escenario, cada vez más personas -sobre todo jóvenes- experimentan lo que hoy conocemos como ecoansiedad.

Es la mezcla de miedo, tristeza, rabia y sensación de impotencia que aparece cuando pensamos que el futuro puede ser peor que el presente

La ecoansiedad no es una enfermedad, sino una respuesta emocional profundamente humana ante la percepción de que el mundo que conocemos está en peligro. Es la mezcla de miedo, tristeza, rabia y sensación de impotencia que aparece cuando pensamos que el futuro puede ser peor que el presente.

Puede transformarse en depresión

El problema no es tanto sentir esta inquietud como quedar atrapados en ella, porque la mente humana no está preparada para vivir permanentemente en un estado de alerta global. Nuestro cerebro necesita espacios de calma, sentido y esperanza. Cuando pasamos horas consumiendo noticias catastróficas, cuando todo parece urgente e irreversible, corremos el riesgo de entrar en una espiral emocional negativa: cansancio, insomnio, pesimismo, irritabilidad, desconexión y, finalmente, una sensación de derrota interior. Es entonces cuando la ecoansiedad puede transformarse en depresión.

Pero existe una idea importante que a menudo olvidamos: preocuparse por el planeta no obliga a destruirse emocionalmente. De hecho, cuidar la salud mental también es una forma de compromiso con el mundo. Nadie puede defender la vida desde el agotamiento permanente.

Las acciones personales cuentan, pero no podemos convertir la conciencia ecológica en una condena psicológica

Uno de los primeros pasos para calmar la ecoansiedad es aceptar que no podemos cargar todo el peso del mundo sobre nuestros hombros. Vivimos en sociedades que nos hacen sentir individualmente responsables de problemas globales y sistémicos. Nos piden que reciclemos mientras grandes corporaciones siguen contaminando masivamente. Nos hacen sentir culpables por utilizar una bolsa de plástico, mientras que la destrucción ambiental se decide a menudo en despachos muy lejanos. Evidentemente, las acciones personales cuentan, pero no podemos convertir la conciencia ecológica en una condena psicológica.

Informarse bien y mejor, sí, pero no vivir conectados permanentemente a la angustia

De entrada, es esencial recuperar una relación más sana con los medios de comunicación. Estar informados es necesario; 'infoxicarnos' constantemente con 'fake news' y malas noticias, no. El cerebro humano apenas distingue entre una amenaza inmediata y una sucesión interminable de imágenes alarmantes en una pantalla. Por eso, conviene establecer límites, reducir la exposición compulsiva a las últimas noticias, seleccionar fuentes rigurosas y reservar momentos del día libres de catastrofismo digital. Informarse bien y mejor, sí, pero no vivir conectados permanentemente a la angustia.

Recuperar el contacto real con la naturaleza

Existe otra medicina poderosa contra la ecoansiedad: la acción compartida. La impotencia paraliza; la participación transforma. Cuando una persona planta árboles, colabora en iniciativas locales, defiende espacios naturales o simplemente conversa con otras personas sobre el futuro que quiere construir, la sensación de aislamiento disminuye.

El ser humano necesita sentir que forma parte de un grupo, de algo más grande que su propio miedo. Y, sobre todo, necesitamos recuperar el contacto real con la naturaleza.

El ser humano necesita sentir que forma parte de un grupo, de algo más grande que su propio miedo

Caminar junto al mar, tocar la tierra, observar un bosque, sentir el silencio de una montaña o escuchar el canto de los pájaros no es una frivolidad romántica, sino salud mental.

Quizá el gran reto emocional de nuestro tiempo sea aprender a convivir con la incertidumbre sin perder la capacidad de amar la vida. El miedo puede advertirnos del peligro, pero no puede convertirse en el único lenguaje del futuro. Necesitamos esperanza, pero no una esperanza ingenua o pasiva, sino activa: una esperanza que no niegue los problemas existentes, pero que tampoco renuncie a actuar y resolverlos.

Menorca

Una playa del sur de Menorca. / Archivo

Porque, en el fondo, conservar una mente sana en medio de un mundo convulso como el nuestro también es una forma de resistencia, rebelión y compromiso social. Cuidar la propia serenidad no significa desentenderse del planeta, sino prepararse y cuidarse para seguir defendiéndolo sin perdernos por el camino.

Conservar una mente sana en medio de un mundo convulso como el nuestro también es una forma de resistencia, rebelión y compromiso social

Cada generación hereda un mundo, y el amor por el nuestro nos hace sentir el dolor de comprobar que, si continuamos así, ya no podremos legarlo intacto.

La ecoansiedad nace del amor, porque nadie sufre por aquello que no le importa, y la salud mental es lo que permite que ese amor no se convierta en desesperación.

Cuidar la salud mental significa preservar dentro de nosotros aquello que queremos proteger fuera, plena y saludablemente: LA VIDA

No necesitamos grandes salvadores, sino menos depredadores. Necesitamos personas capaces de conservar la lucidez, la bondad y las ganas de actuar. Cuidar la salud mental no es cerrar los ojos ante los problemas, sino mantenerlos abiertos sin perder la alegría de vivir, porque solo quien todavía es capaz de maravillarse ante la belleza del mundo tiene motivos profundos para defenderla.

La esperanza también es una responsabilidad, y cuidar la salud mental significa preservar dentro de nosotros aquello que queremos proteger fuera, plena y saludablemente: LA VIDA.

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