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Reflexión sobre la existencia humana

Rosa Rabbani, psicóloga: "Aprender a morir, a perder y a acompañar son formas esenciales de aprender a vivir"

"Una sociedad más sana no sería aquella que consiguiera evitar el dolor, sino aquella que supiera acompañarlo mejor"

La psicología del duelo nos recuerda que el sufrimiento necesita espacio, tiempo, reconocimiento, reflexión y compañía"

Rosa Rabbani, en la sede de EL PERIÓDICO.

Rosa Rabbani, en la sede de EL PERIÓDICO. / Zowy Voeten / EPC

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Rosa Rabbani

Vilafranca del Penedès
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La experiencia de la finitud y del final de la vida continúa siendo una de las grandes vivencias humanas y, al mismo tiempo, una de las más silenciadas. Vivimos en una cultura que habla mucho de salud, rendimiento, juventud, bienestar y longevidad, pero que a menudo no sabe qué hacer con la muerte, que aparece como una interrupción incómoda, como una anomalía que querríamos mantener lejos de la conversación cotidiana.

Acompañar a alguien ante la muerte exige una delicadeza especial. A menudo no se trata de encontrar las palabras perfectas, sino de saber estar

No existe una vida humana madura sin alguna forma de relación consciente con la muerte. No es necesario abordarla únicamente desde la trascendencia o desde las grandes preguntas metafísicas; también hay que contemplarla desde la psicología del sentido común: cómo la afrontamos, cómo acompañamos a quienes se encuentran ante ella, cómo nos preparamos y cómo podemos aprender a hablar de la muerte sin miedo.

La muerte de mi padre

En mi práctica profesional he podido acompañar a personas en el crepúsculo de su vida y a otras que atravesaban el duelo por las ausencias más dolorosas. Sin embargo, personalmente, estos temas se me han hecho todavía más cercanos por el reciente fallecimiento de mi padre y por el inmenso dolor de una amiga que acaba de perder a un hijo muy joven. Estas experiencias nos sitúan ante la esencia más elemental, el mayor «spoiler» jamás visto en la historia de la humanidad: la muerte, a la que, tarde o temprano, todos llegaremos.

Hay pérdidas que desordenan completamente la vida. La muerte de un padre nos confronta con nuestras raíces, con la memoria y con el paso del tiempo. La muerte de un hijo, en cambio, parece romper el orden natural de las cosas y deja una herida casi imposible de traducir en palabras. En ambos casos, sin embargo, la psicología del duelo nos recuerda que el sufrimiento necesita espacio, tiempo, reconocimiento, reflexión y compañía.

Acompañar a alguien ante la muerte exige una delicadeza especial. A menudo no se trata de encontrar las palabras perfectas, sino de saber estar

Acompañar a alguien ante la muerte —o ante la pérdida de una persona querida— exige una delicadeza especial. A menudo no se trata de encontrar las palabras perfectas, sino de saber estar. El dolor profundo no necesita discursos brillantes, sino presencia, silencio respetuoso, disponibilidad y una forma de amor que no pretenda ofrecer soluciones ni resolver con demasiada rapidez aquello que únicamente puede ser atravesado.

Cuántas veces escuchamos frases hechas: «El tiempo lo cura todo», «Tienes que ser fuerte», «Seguro que todo ocurre por alguna razón». No hace falta. Ayudar es mucho más sencillo. La frase que más me impactó durante los últimos meses de la enfermedad de mi padre fue: «Te veo tan triste y tan preocupada que no sé ni qué decirte». Sobre todo porque procedía de una persona que alguna vez me había confesado que le resultaba muy incómodo visitar hospitales o tanatorios, o asistir a funerales, porque nunca sabía qué decir. Y por esa razón no iba nunca. Pero esta vez estaba allí, soportando la incomodidad de siempre, pero mostrándome la gran compasión y el amor infinito que sentía por mí mediante un solo acto y una sola frase.

Una vez, un paciente me dijo que nunca le había gustado ir a funerales, pero que esta percepción había cambiado a raíz de la muerte de su hermano, cuando experimentó en primera persona lo importante que era, en ese tipo de ocasiones, sentirse acompañado y querido.

El duelo no es una enfermedad, sino una respuesta humana ante una pérdida significativa

Normalizar la muerte no significa banalizarla. Significa devolverle el lugar que le corresponde dentro de la vida. Significa poder hablar de ella con los hijos, con los padres, con los amigos y con la pareja; significa comprender que el duelo no es una enfermedad, sino una respuesta humana ante una pérdida significativa; significa aceptar que cada persona llora de una manera diferente y que no existe un calendario exacto para dejar de sufrir.

Hay duelos que se transforman, pero no desaparecen por completo. Hay ausencias que no se superan, sino que se integran en una nueva forma de habitar el mundo.

Quizá una sociedad más sana no sería aquella que consiguiera evitar el dolor —porque eso es imposible y poco saludable—, sino aquella que supiera acompañarlo mejor. Una sociedad capaz de mirar a la muerte sin huir de ella, de sostener a quienes sufren sin querer corregirlos, de hablar de la pérdida sin incomodidad y de recordarnos que la fragilidad no es lo contrario de la vida, sino una de sus dimensiones más profundas.

Aprender a morir, aprender a perder y aprender a acompañar son, en realidad, formas esenciales de aprender a vivir. Y no existe experiencia más conmovedora que esta para las personas que desean morir en paz y para quienes las aman y las acompañan en el camino.

Rosa Rabbani es doctora en Psicología Social, terapeuta familiar y colaboradora de SanaMente. Su último libro es '¿Efímeros o inmortales? Cinco rutas para trascender la finitud de la vida' (RBA).

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