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Psicología

Los psicólogos afirman: cuando olvidamos los nombres no es culpa de la falta de atención

Los expertos señalan que los antropónimos son etiquetas arbitrarias

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Una mujer saluda a otra persona.

Una mujer saluda a otra persona. / Shutterstock

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Clara Dalmau Merencio

Clara Dalmau Merencio

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Muchas personas hemos tenido que pasar alguna vez por la situación incómoda de cruzarnos con alguien que reconocemos, pero somos incapaces de recordar su nombre.

Aunque suele interpretarse como un fallo de memoria o, incluso, una falta de atención el día que nos lo presentaron, la psicología apunta a otra explicación más compleja.

Los expertos coinciden en que olvidar nombres propios no significa necesariamente tener una mala memoria. De hecho, el cerebro procesa de forma diferente los rostros y los nombres, lo que explicaría el porqué de situaciones incómodas como estas.

Etiquetas arbitrarias

Una de las teorías más destacadas sobre este fenómeno fue desarrollada por los psicólogos Vicki Bruce y Andy Young en 1986. Su modelo cognitivo de reconocimiento facial sostiene que el cerebro sigue distintas etapas cuando identifica a una persona.

Primero se reconoce el rostro como familiar, después recupera información asociada a esa persona, como dónde la conocimos o qué relación tenemos con ella y, solo en una fase posterior, accede al nombre propio.

Según este planteamiento, los nombres ocupan una posición especial dentro de la memoria. Mientras que otros datos sobre una persona suelen estar conectados con experiencias, lugares o características concretas, los nombres funcionan como etiquetas arbitrarias con menos asociaciones mentales, lo que dificulta recordarlos.

No siempre es así

Sin embargo, investigaciones más recientes han matizado algunas creencias populares sobre este fenómeno. Un estudio publicado en 2019 en la revista 'Quarterly Journal of Experimental Psychology' concluyó que, en determinadas pruebas de reconocimiento, las personas podían recodar nombres de desconocidos con mayor precisión que rostros desconocidos.

Los investigadores señalaron que la percepción de que recordamos mejor las caras que los nombres podría deberse a que en la vida diaria se mezclan el reconocimiento y el recuerdo, dos procesos diferentes.

Reconocer una cara familiar suele ser una tarea relativamente sencilla, mientras que recuperar un nombre concreto exige un esfuerzo mayor de búsqueda en la memoria.

Pendientes de nosotros mismos

Además, cuando nos presentan a alguien por primera vez es habitual que estemos concentrados en mantener una conversación, causar una buena impresión o procesar otra información del entorno. Como consecuencia, el nombre puede no llegar a almacenarse con la misma solidez que el rostro.

Por lo tanto, olvidar el nombre de una persona recién conocida no suele ser un síntoma de deterioro cognitivo ni una señal de mala memoria.

En la mayoría de los casos, se trata simplemente de una característica normal del funcionamiento del cerebro que prioriza la identificación de las personas antes que la recuperación de etiquetas arbitrarias como el nombre propio.