Entrevista | Begoña Roman Profesora de Ética de la Facultad de Filosofía de la UB
Begoña Román, profesora de Ética: "Las personas que aceptan su dolor suelen afrontar mejor las recaídas"
"La sociedad contemporánea genera expectativas exageradas sobre las capacidades de la medicina y de las terapias de resolver el sufrimiento"
"Si no permitimos a las personas trabajar sobre el origen de su dolor, el abordaje queda incompleto"

Begoña Román, profesora de Ética en la Facultad de Filosofía de la Universitat de Barcelona / BR

La Universitat de Barcelona (UB) ha anunciado la primera cátedra sobre salud mental y comunidad, de la mano de la Fundació Pere Claver. Al frente de esta iniciativa está la profesora de Ética en la Facultad de Filosofía de la UB, Begoña Román, que en esta entrevista reflexiona sobre sufrimiento, filosofía, malestar emocional y biología.
-¿Qué le diría a quien no vea relación alguna entre la filosofía y los problemas mentales?
-Se espera de la medicina, los fármacos y los tratamientos que aclaren todos los problemas humanos, y el sufrimiento humano es complejo. No solo es cuestión de mala suerte. No solo se trata de recuperarse sino de convivir con el sufrimiento. La ciencia no siempre puede contestar a la pregunta de ‘por qué a mí’. Y la sociedad contemporánea genera expectativas exageradas sobre las capacidades de la medicina y de las terapias de resolver el sufrimiento. Y cuando se consigue estabilizar, tenemos pendiente el reto de combatir el estigma y aceptar la diferencia.
-¿Cree que se tiene en cuenta la dimensión filosófica, en los tratamientos, y por parte de la ciudadanía?
-Hoy los profesionales son mucho más conscientes de esta dimensión filosófica y, en general, también lo es la sociedad. Las personas jóvenes han trabajado mucho contra el estigma y no suelen tener problema en decir que acuden al psiquiatra o al psicólogo, porque lo consideran parte de su estabilidad emocional: contar con un interlocutor que les ofrezca pautas. También la proliferación de pódcast sobre bienestar emocional muestra que hay conciencia de que no se trata únicamente de una cuestión psicológica o farmacológica, sino de reflexionar sobre qué hacemos en este mundo.
No se trata únicamente de una cuestión psicológica o farmacológica, sino de reflexionar sobre qué hacemos en este mundo
-¿La dimensión biológica pesa demasiado?
-La medicina y la psicología clínica se sienten más cómodas en una dimensión científica y basada en la corroboración empírica. Es lógico: han avanzado mucho, y también lo han hecho los fármacos. Sin embargo, todavía predomina en ocasiones una psiquiatría y una psicología excesivamente biologicistas. La dimensión psicosocial y espiritual es tan potente como la biológica. La primera está muy estudiada; la tradición filosófica también ha reflexionado profundamente sobre la cuestión espiritual, el sufrimiento, el desasosiego o la falta de serenidad. La falta de proyecto o de sentido, y la compulsividad del consumo centrada en el presente, fomentan ese malestar.
La falta de proyecto o de sentido, y la compulsividad del consumo centrada en el presente, fomentan ese malestar
-¿La inversión pública y privada se concentra demasiado en la dimensión biológica?
-Incluso cuando se invierte en intervenciones psicológicas, se tiende, comprensiblemente, a buscar la eficiencia. Por eso, un abordaje más sistémico o psicoanalítico puede quedar más penalizado que uno conductual: por razones de rapidez y de rendimiento. El sistema público debe rendir cuentas y, cuanto más rápido se obtengan resultados y altas, más fácil es justificar la inversión. Si damos tanta importancia a que la persona vuelva a trabajar, deje de estar de baja y recupere su vida cotidiana, pero no le permitimos hacer un trabajo personal sobre el origen de su sufrimiento, su falta de sentido o la búsqueda que debe emprender para gestionar esa 'sombra de abismo' cuando aparezca, el abordaje queda incompleto. Y deberíamos estudiar científicamente si lo que resulta eficiente a corto plazo lo sigue siendo a largo plazo.
-¿Qué responde usted a esta pregunta sobre el largo plazo?
--Si trabajáramos en comunidades donde no se niegue el sufrimiento y sean capaces de mantenerlo y sostenerlo, habría menos recaídas graves. Ahora mismo cargamos demasiado el peso en las familias. Las comunidades que ponen el sufrimiento en el centro y dan tiempo a las personas para convivir con él y ver que no pasa nada extraño sino que es la vida, estas personas no se sienten tan mal. El placer compartido se maximiza, el dolor compartido se palía. Mi colega de la Cátedra, Josep Maria Esquirol, habla de resistencia íntima desde el marco antropológico. Si hay algo que nuestra sociedad ha dejado de hacer es sostener el sufrimiento y esto explica el auge de la espiritualidad en las sociedades contemporáneas.
Si hay algo que nuestra sociedad ha dejado de hacer es sostener el sufrimiento y esto explica el auge de la espiritualidad
-¿Qué hacemos con el dolor, entonces?
-Hay que sentarse en el dolor, no salir corriendo, no querer que enseguida se nos pase. Sentarse en el dolor para saberlo abordar es una dimensión filosófica fundamental. Y no estoy haciendo apología del dolor. Las personas que han explorado cuestiones filosóficas y han trabajado en comunidades de pertenencia donde se acepta su dolor, tienen recaídas menos fuertes y su calidad de vida es mejor.
-Muchas personas pueden decidir: «Quiero dejar de sufrir y quiero una solución a corto plazo». ¿Cómo se responde a esa demanda?
-La autonomía del paciente es fundamental y ha costado mucho conquistarla. No se puede imponer una terapia a quien no la quiere. Pero también hay que explicar que el conocimiento de uno mismo y la construcción de la propia identidad requieren tiempo. La filosofía puede ayudar a comprender que la identidad se forja y no aparece acabada. La impaciencia propia de la juventud explica en parte que muchos jóvenes no se adhieran a los tratamientos. No podemos pedirles simplemente que sean pacientes.
Hay que sentarse en el dolor, no salir corriendo, no querer que enseguida se nos pase
Tampoco podemos ofrecerles fármacos que los mantengan dormidos todo el día, reduzcan la libido o provoquen un aumento de peso sin escuchar cómo viven esos efectos. Hay que preguntar por qué muestran tan poca adherencia al tratamiento y cuál es su prioridad de valores. Tal vez una persona prefiera estar algo descompensada pero no pasar el día dormida; puede incluso sentir que sus alucinaciones son suyas y que la medicación le produce una sensación de expropiación de sí misma. Necesitamos hablar mucho con ellos.
El conocimiento de uno mismo y la construcción de la propia identidad requieren tiempo
-Asistimos a un aumento del interés por la espiritualidad. Pero ¿corremos el riesgo de caer en prácticas superficiales y comerciales?
-Soy pragmática: si algo funciona para una persona que sufre, no tengo nada que objetar. Si le ayuda rezar el rosario, escuchar un pódcast, meditar o practicar yoga, puede ser válido. El problema aparece cuando se genera dependencia o cuando alguien se proclama experto y ofrece directrices fáciles que no enseñan a afrontar el sufrimiento, sino simplemente a esquivarlo. Tarde o temprano llega la hora de encontrarse con uno mismo y preguntarse qué hacemos aquí, en lugar de limitarse a recibir mensajes prefabricados.
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