Compromiso social y salud mental
Raquel Muñoz, pedagoga: "El activismo es transformador, pero toda transformación tiene un precio"
Un diálogo con dos activistas de Obertament aborda el coste emocional de exponer la propia historia para combatir el estigma
Un estudio de la UB y Salut Mental Catalunya muestra que la participación puede dar sentido y empoderamiento, pero también desgaste

Raquel Muñoz y Matías Miranda, activistas de Obertament. / Marc Asensio Clupes / EPC

Raquel Muñoz, pedagoga, madre de tres hijos y activista desde 2018, recuerda que el coste emocional del activismo apareció ya en su primera intervención. Matías Miranda, tecnólogo de los alimentos, doctorando en química y originario de Chile, vinculado al activismo desde 2024, aún tiene presente una entrevista que le hizo cuestionarse por qué se exponía. Ambos, sin embargo, continúan. En conversación con SanaMente, explican el sentido de poner voz a la propia experiencia, pero también la ansiedad, los límites y el desgaste que puede comportar.
Llegar al activismo
Para Muñoz, el activismo no es una actividad puntual, sino una manera de estar en el mundo. “Yo me levanto por la mañana y me considero activista, porque mi discurso diario es el mismo, esté donde esté”, explica. Llegó a Obertament en 2018 y, desde entonces, ha participado en acciones “desde lo íntimo hasta lo más expuesto”.
No pensaba conectar tanto con ese dolor y que aquello me durara días
Miranda se incorporó en 2024, después de una crisis grave de salud mental. Un ejercicio en un curso de catalán le llevó a hablar por primera vez en público del trastorno bipolar. Ese paso coincidió con un anuncio de Obertament. “Ya había dado el primer pequeño paso”, recuerda. “¿Por qué no ir un poco más allá?”. Ambos se sienten cómodos con la palabra activista: para Miranda fue precisamente esa palabra la que le hizo acercarse; para Muñoz, es acción.

Matías Miranda, activista de Obertament. / Marc Asensio Clupes / EPC
Poner voz a la propia historia
El activismo también les ha ayudado a ordenar el propio relato. Muñoz lo describe como un ejercicio de escucha y escritura de una misma: “He tenido que redactar mucho, he tenido que leerme mucho, he tenido que escucharme mucho”. Miranda también lo ha vivido como una forma de comprenderse mejor. El activismo, dice, le ha permitido “dar ese pequeño paso de ser la persona que me habría gustado escuchar”.
Ese desgaste emocional no tiene un output directo, sino que el output tarda meses, años en llegar
Ese paso de la experiencia individual a la acción colectiva aparece también en el estudio de la UB y la federación Salut Mental Catalunya, que apunta a la pertenencia, el apoyo mutuo, el reconocimiento, el sentido y el empoderamiento. El 79,3% considera que el activismo ha influido positivamente en su bienestar emocional. Cuando se les pregunta con qué palabra se identifican más, ambos coinciden: empoderamiento.
El coste de exponerse
El mismo gesto que permite transformar una experiencia difícil en una herramienta contra el estigma también puede tener un coste. Muñoz lo notó “desde la primera intervención”. “Todas hacen cositas, porque conectas de alguna manera con un dolor, con un trauma, con alguna experiencia que no ha sido agradable”, explica. “En algún momento no pensaba conectar tanto con ese dolor y que aquello me durara días”, recuerda.

Raquel Muñoz, activista de Obertament. / Marc Asensio Clupes / EPC
Miranda también identifica un momento concreto en el que se cuestionó por qué hacía activismo. Fue después de una entrevista en una de las emisoras con más audiencia del Estado. “Me encontré con una falsa entrevista en directo”, relata. El problema fue la sensación de que las preguntas partían de un marco estigmatizante. Después, llegó “la ansiedad de darle vueltas a cómo acabarán editando esa entrevista”.
El activismo me ha permitido dar ese pequeño paso de ser la persona que me habría gustado escuchar
El desgaste no siempre procede solo de explicar la propia historia, sino también de las condiciones en las que se explica. Miranda apunta a otra forma de cansancio: volver a heridas que aún duelen, sin saber si esa exposición tendrá un efecto visible. “Ese desgaste emocional no tiene un output directo, sino que el output tarda meses, años en llegar”, dice. El estudio también identifica sobrecarga emocional, dificultad para poner límites y falta de cuidado dentro de los espacios activistas.
Límites, cuidados y sostenibilidad
Para que el activismo sea sostenible, hay que saber cuándo parar, qué explicar y con qué apoyos contar. Muñoz lo vincula con la experiencia, el autoestigma y el autocuidado: “Esto se aprende como se aprende a ser madre y como se aprende todo: con experiencia”. Poner límites, dice, tiene que ver con “el autoconocimiento, el autocuidado y el respeto hacia una misma”. También hay que tener claro qué límite no se quiere cruzar: “Saber ese límite que no quieres pasar y tenerlo superclaro, porque si no, luego viene lo que viene”.
El acompañamiento psicológico es imprescindible, sobre todo cuando hablamos de que el activismo es en salud mental
Miranda admite que todavía está aprendiendo a poner límites. Cuando llega el invierno, deja de plantearse retos difíciles y entra en “modo hagamos lo que podamos”. También procura tener previsto un espacio de bajada después de cada intervención: “Cada vez que hago una intervención, intento cuadrar un café o una cena con una amiga”. Muñoz defiende esa necesidad de detenerse: “Si no te cuidas, no puedes seguir haciendo eso que te gusta tanto”. Miranda lo formula así: “El acompañamiento psicológico es imprescindible, sobre todo cuando hablamos de que el activismo es en salud mental”.
Por qué continuar
Con todo lo que implica, ninguno de los dos habla de dejarlo. Muñoz continúa porque ahora conoce mejor sus cartas. Después de años de activismo, ha aprendido a decidir qué puede hacer y qué no. “Ahora digo: esto sí, esto no”, resume. “Si me apetece, lo hago, y si no me apetece, no lo hago. Ya está”.
Miranda también tiene claro por qué continúa: porque es “muy obstinado” y porque el balance aún le sale favorable. “El balance entre quedarme en casa y no hacer nada y exponerme a las cosas positivas y de valentía del activismo todavía hace que el balance sea muy positivo del lado de hacer activismo”, explica.
Muñoz lo resume con una frase que condensa el sentido de toda la conversación: “Hacer activismo es transformador”. Y, precisamente porque transforma, también remueve. “Toda transformación tiene cosas buenas y malas”, añade. Miranda suma otra idea: “El precio de callarte ese enfado, de no hacer nada por esa cosa que te enrabia, es quemarse en casa, quemarse solo”.
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