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Salud mental y maternidad

Nila López, activista, sobre el duelo perinatal: "Pierdes una ilusión, una expectativa y un mundo dentro de ti”

La activista reivindica el derecho a vivir un duelo que a menudo se minimiza

Su experiencia permite explicar qué ocurre cuando un proyecto de maternidad, atravesado por la salud mental, se convierte de golpe en una pérdida

Nila López Escofet

Nila López Escofet / NL

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Marc Darriba

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Barcelona
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Hace unas semanas, Nila López Escofet tenía que participar en un reportaje de EL PERIÓDICO sobre la decisión de tener o no tener hijos cuando se convive con un trastorno mental. En aquella primera conversación, hecha en abril, todavía hablaba desde la expectativa. Estaba embarazada de ocho semanas y tres días, había pasado unos primeros días de incertidumbre y acababa de escuchar el latido. “Al principio estaba más nerviosa, pero ahora estoy bien”, explicaba entonces. La conversación, sin embargo, quedó interrumpida por otra realidad: el 30 de abril supo que el embarazo no continuaba.

Un mes y medio después, la activista de Obertament retoma aquel relato desde otro lugar: el de un duelo perinatal tras un aborto espontáneo. “Me pongo delante de una grabadora porque creo que hablar de ello ayuda. Cuando lo explicas, te encuentras con que alguien de tu entorno te dice: ‘Yo también lo he vivido’, o ‘le pasó a mi hermana’. Y eso, a mí, me ayudó”, explica.

Cuando el embarazo deja de continuar

“Tuve cuatro o cinco ecografías en ocho semanas, una barbaridad”, recuerda. Aquel control constante la mantenía en alerta, pero también le había ido dando pequeñas confirmaciones. Cuando le dijeron que, si no había sangrado ni dolor, todo iba bien, intentó aferrarse a aquella idea. Poco después de escuchar el latido y empezar a relajarse, perdió un poco de tejido y fue a urgencias. Allí le hicieron una ecografía y le comunicaron que no había latido y que no llegaba sangre al embrión.

Ese embrión llevaba unos días muerto y mi cuerpo no lo había expulsado ni me había avisado. Me enfadé mucho conmigo misma

“Estaba sola en la consulta. Mi marido llegó al cabo de unos minutos, pero el golpe lo recibí sola”, explica. El impacto fue acompañado de una rabia inmediata contra el propio cuerpo: “Ese embrión llevaba unos días muerto y mi cuerpo no lo había expulsado ni me había avisado. Me enfadé mucho conmigo misma”.

El embarazo había llegado de manera inesperada, pero no era indiferente. “Era muy deseado”, dice Nila. Venía después de su segunda boda y había abierto una ilusión compartida con su marido, justo en un momento en que ella, con cuarenta años, ya no esperaba necesariamente quedarse embarazada. “Era algo que podía pasar, pero si pasaba, bien, y si no, también. Ahora bien, ya que pasó...”, recuerda. La esperanza fue concreta: “Ya que me he quedado embarazada, no lo perderé”, se decía.

Haces un duelo durante un tiempo y es importante que todo el mundo entienda el proceso por el que estás pasando

La pérdida rompió aquella confianza. Por eso, señala, el duelo no se puede reducir solo a un dato médico ni a las semanas de gestación. En muy poco tiempo, ya había empezado a construir un futuro posible: cómo avanzaría, cuándo lo explicaría en el trabajo, si se le notaría. Cuando el equilibrio entre la angustia y la alegría se rompe, el dolor tiene que ver con lo que ya se había imaginado. “Ya es un hijo, ya es una ilusión, es una expectativa, es un mundo dentro de ti”, resume.

El cuerpo como recordatorio y el derecho al duelo

En el duelo perinatal, el cuerpo no es solo el escenario de la pérdida; también puede ser su recordatorio cotidiano. Nila estuvo sangrando tres semanas, algo que le recordaba cada día lo que había ocurrido. La vida continuaba, volvió al trabajo y a la rutina, pero esa continuidad corporal hacía muy difícil avanzar emocionalmente.

¿Cómo ibas a avanzar si no podías seguir una vida normal?”, se pregunta. “Yo lo vivía como: tenemos que acabar este proceso, tiene que acabarse porque no seguirá”. Aunque desde fuera tres semanas puedan no parecer mucho, subraya que “cuando lo estás viviendo, es una barbaridad”.

En medio de ese dolor, destaca positivamente que su entorno no le haya negado el derecho a estar mal. En el trabajo y en casa la han respetado, algo que le ha permitido sentirse legitimada. Por eso insiste en que ninguna pérdida debería minimizarse ni compararse. “Tu duelo es exclusivamente tuyo. Haces un duelo durante un tiempo y es importante que todo el mundo entienda el proceso por el que estás pasando”, defiende.

Salud mental, maternidad y decisiones que aún pesan

La conversación inicial había nacido de la duda sobre la maternidad cuando se convive con un trastorno mental, algo que multiplicaba miedos habituales como sostener las noches o evitar una descompensación. Este embarazo, por tanto, no llegaba sobre una página en blanco.

A los 24 años, Nila ya había vivido un aborto provocado después de que el psiquiatra que la trataba entonces le dijera que, por el tratamiento con litio, no podía continuar gestando. “No tuve demasiado margen de maniobra”, recuerda. Años más tarde, la Unidad de Psiquiatría Perinatal del Hospital Clínic le dio una orientación muy diferente. Aquel contraste le reabrió la duda y el dolor. “Fue un trauma porque no pude decidir, no pude saber”, lamenta. Después de este segundo aborto, la huella de aquella decisión ha vuelto a aparecer.

Volver a la vida cotidiana y sostenerse con el activismo

“Cuando vuelves al trabajo y sabes que no habrá un embarazo que funcione, es como una ducha de realidad amarga”, explica Nila. “Vuelves y no habrá nada. Todo el regalo que habías tenido ya no está”.

En este mes y medio, Nila también se ha agarrado a aquello que ya formaba parte de su manera de entender la vida: el activismo en salud mental. “El activismo es la salvación”, concluye.

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