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Entrevista | Belén González Comisionada de Salud Mental del Ministerio de Sanidad,

Belén González, Ministerio de Sanidad: "La salud mental no es una enfermedad que se puede corregir con solo una pastilla"

La psiquiatra Belén González defiende un modelo que prioriza las condiciones de vida y los cuidados comunitarios sobre el enfoque clínico

"La gente viene autodiagnosticada y con una petición de resolución rápida del problema", afirma la especialista

Belén González, comisionada de Salud Mental.

Belén González, comisionada de Salud Mental. / EFE

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Marc Darriba

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Barcelona
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La psiquiatra Belén González, comisionada de Salud Mental del Ministerio de Sanidad, defiende un cambio de modelo que pasa por dejar de reducir el malestar a diagnósticos y fármacos. Frente a la mirada centrada en lo clínico, reclama atender las condiciones de vida, reforzar los equipos comunitarios y reconocer el papel de las familias, los cuidados y las personas con experiencia propia en salud mental.

–Desde el Comisionado se ha defendido una mirada de la salud mental más psicosocial y menos biologicista. ¿En qué se concreta ese cambio de paradigma más allá del discurso?

–Una de las concreciones es el Observatorio del Suicidio. Si pensáramos que los problemas de salud mental son exclusivamente biológicos y que solo se tienen que abordar desde el sistema sanitario, estaríamos completamente errados y solo haríamos políticas asistenciales. Pero no es así. Donde estamos haciendo mayor trabajo es en la coordinación de políticas con otros ámbitos. Por ejemplo, con Juventud, intervenimos en colectivos especialmente vulnerables como la infancia migrante o los menores no acompañados, para poder hacer trayectorias de acompañamiento y prevenir problemas de salud mental graves en el futuro.

–¿Y en el ámbito del empleo?

–Estamos trabajando con Seguridad Social, con Trabajo y con el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo, para reconocer que las circunstancias laborales son un determinante clave en el desarrollo de problemas de salud mental. Esto hasta ahora no está reconocido en nuestro país, pero es una realidad que vivimos día a día en nuestros cuerpos cuando vamos a trabajar.

–¿Hasta dónde puede llegar el sistema sanitario ante sufrimientos que no tienen un origen exclusivamente clínico?

–El sistema sanitario tiene que mantener una mirada comunitaria. Tiene limitaciones lógicas: una psiquiatra no es una abogada laboralista, no puede conseguirte una vivienda adecuada ni hacer de abogada de violencia de género. Ojalá pudiéramos hacer todo eso, pero tenemos unas limitaciones muy particulares.

Estamos trabajando para reconocer que las circunstancias laborales son un determinante clave en la salud mental

Ahora bien, lo que sí puede hacer una psiquiatra es reconocer esos factores. Si una persona llega con una depresión atroz porque lleva 20 años viviendo una situación de violencia de género, puede reconocer que lo que está pasando es que atraviesa una situación que determina las emociones que tiene. Eso es muy distinto a decirle que lo que tiene es un diagnóstico y una enfermedad mental que ocurre en el cerebro. El enfoque es radicalmente distinto.

–Usted ha hablado de la necesidad de no reducir la salud mental a una respuesta farmacológica. Sin embargo, muchas personas siguen saliendo de consulta con un psicofármaco como principal o única respuesta. ¿Por qué ocurre esto?

–La atención primaria está muy desbordada por la asistencia y, frente a la incapacidad de dar respuestas más complejas o contextuales, muchas veces se opta por algo que consideramos rápido: prescribir un psicofármaco. Pero nunca debería ser más rápido prescribir un psicofármaco que hacer un abordaje comunitario y narrativo del problema que está teniendo el paciente.

El psicofármaco, en sí mismo, no supone un problema por sí solo. Depende de en qué contexto se dé y con qué narrativa se dé

Los psicofármacos tienen una repercusión que debería llevar, como mínimo, tanto tiempo de explicación, seguimiento y atención como una intervención narrativa que tenga en cuenta los determinantes sociales. Ahora bien, no es excluyente. El psicofármaco, en sí mismo, no supone un problema por sí solo. Depende de en qué contexto se dé y con qué narrativa se dé. Lo que está claro es que no puede ser la única respuesta.

–¿Cómo se puede reducir esa respuesta farmacológica en un sistema en el que los profesionales tienen tan poco tiempo por consulta y están tan saturados?

–Hay que hacer seguimiento, explicar efectos secundarios, atender los problemas que genera, la dependencia, las nuevas consultas. Pensar que dar un psicofármaco conlleva menos trabajo y menos tiempo que una intervención narrativa es un error. Y luego está la idea de que yo soy la única que está en mi consulta y que tengo que responderlo todo. Pero trabajamos en equipos multidisciplinares. En salud mental muchas veces evitamos incrementar fármacos o prescribirlos porque los pacientes pueden tener tiempo para hablar con su enfermera de referencia.

–También hay personas que acuden a la consulta pidiendo una solución rápida, muchas veces en forma de benzodiacepina o de medicación para seguir funcionando. ¿Cómo se rompe esa dinámica sin culpabilizar ni a pacientes ni a profesionales?

–La gente viene ya diagnosticada de casa porque lo ha visto en redes sociales, porque se lo ha comentado un amigo, porque se ha hecho un diagnóstico 'online' o porque ha ido a la privada y le han hecho una evaluación. La gente viene autodiagnosticada y, efectivamente, con una petición de resolución rápida del problema. Y eso nos pone a los profesionales ante un problema enorme para desmontar ese relato. Pero no se desmonta solo desde las consultas. Cuando como sociedad decimos que tenemos un problema de salud mental y la única respuesta que se nos ocurre es pedir más profesionales de salud mental, lo que estamos diciendo es que lo resuelvan ellos. Si en cambio decimos que necesitamos acceso a la vivienda, ahí cambia la cosa.

La gente viene ya diagnosticada de casa porque lo ha visto en redes sociales, porque se lo ha comentado un amigo, porque se ha hecho un diagnóstico online o porque ha ido a la privada

–¿Cree que el peso histórico del modelo farmacológico ha condicionado la manera en que entendemos y abordamos el sufrimiento psíquico?

–Sí, desde luego. Siempre hemos estado con la historia de la bala de plata en salud mental. Primero fueron los ISRS, luego otros antidepresivos, después los antipsicóticos de primera generación, los de segunda generación, la esketamina, y ahora aparecen los psicodélicos como la nueva gran promesa que va a solucionar los problemas de salud mental. Esta historia la hemos escuchado repetida con cada psicofármaco que ha aparecido.

Ninguno de los psicofármacos ha contribuido a reducir la carga de enfermedad mental ni en nuestra sociedad ni en ninguna otra

Y ninguno de ellos ha contribuido a reducir la carga de enfermedad mental ni en nuestra sociedad ni en ninguna otra. Por lo tanto, los psicofármacos en salud mental no son la solución. La salud mental es muchísimo más compleja que pensar que se trata simplemente de una enfermedad que se puede corregir con una pastilla para resolver un desequilibrio.

–Muchas entidades del tercer sector, que están en el día a día con personas con experiencia vivida, denuncian que todavía esperan planes, recursos o compromisos que no terminan de llegar. ¿Qué les diría?

–Estamos en un camino. No hemos llegado al final, desde luego. Nos queda muchísima tarea por hacer. Pero desde el principio en el Comisionado tuvimos claro este compromiso. Ojalá tuviéramos más financiación y pudiéramos hacer cambios mucho más rápidos. Pero llevamos dos años y medio y las políticas son un poco como llevar un transatlántico: para hacerlo girar hace falta tiempo y esfuerzo. Gira muy poquito a poco, pero gira.

Ojalá tuviéramos más financiación y pudiéramos hacer cambios mucho más rápidos. Pero las políticas son un poco como llevar un transatlántico: gira muy poquito a poco, pero gira

–¿Está fallando algo cuando una familia acaba convirtiéndose en el principal sostén terapéutico, logístico y económico de una persona con sufrimiento psíquico grave?

–Lo que ha ocurrido, en términos de Nancy Fraser, es una crisis de cuidados. Si delegamos el trabajo de cuidados en las mujeres de la sociedad y esas mujeres se incorporan al mundo laboral, la pregunta es: ¿quién cuida? No pasa solo en salud mental. Es un problema transversal a todos los cuidados que necesitamos como sociedad, pero también afecta a la salud mental. Nosotros estamos reconociendo esa función.

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