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Bienestar y descendencia (II)

Tener o no tener hijos cuando se padece un trastorno: "¿Podré con eso?"

Decidir no ser madre o padre puede nacer del autoconocimiento, la responsabilidad y la necesidad de preservar el equilibrio, según diversos testimonios

Salma: "A duras penas podría hacer frente al propio reto que a veces supone el cuidado de una misma"

El dilema de tener hijos cuando la salud mental pesa en la decisión

Un adulto con una niña.

Un adulto con una niña. / Evgeny Atamanenko / Bcn

Marc Darriba

Marc Darriba

Barcelona
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Si para algunas personas con problemas de salud mental el deseo de ser madres o padres pesa más que el miedo, para otras la misma pregunta conduce a una respuesta distinta: no tener hijos o no dar el paso todavía. La decisión no pasa solo por el deseo, la pareja, la edad o la economía. También puede implicar preguntarse qué límites se han aprendido a reconocer y qué hace falta para sostenerse.

Tengo un miedo, entiendo, como un autoestigma de decir: ¿yo solo podré con esto?

Francesc

— Activista

Todos los testimonios que aparecen en este reportaje son activistas de Obertament y participan con su nombre real, aunque algunos han preferido no facilitar el apellido para preservar parte de su privacidad.

Decidir no tener hijos cuando la salud mental pesa

Anna lo ha tenido claro “desde siempre”. De pequeña, cuando le preguntaban cuántos hijos querría tener de mayor, ya pensaba: “Ninguno, yo de mayor tendré animales y viviré tranquila y ya está”. Ahora, con 30 años, no vive esa decisión como una renuncia. “No ha estado nunca en mi mapa”, resume.

Tiene un diagnóstico de salud mental, pero insiste en que no quiere que su decisión se explique solo desde ahí. “Es solo un factor”, dice. La salud mental, añade, le ha enseñado “qué modelos de vida me van bien y cuáles no”. Necesita vivir con relativa soledad, en espacios tranquilos y poco ruidosos. “Mi bienestar me ha costado alcanzarlo y tengo un modelo de bienestar propio que no es compatible con aumentar la familia”, explica.

Mi bienestar me ha costado alcanzarlo y tengo un modelo de bienestar propio que no es compatible con aumentar la familia

Anna

— Activista

Para hacerlo comprensible, recurre a la imagen de la mascarilla de oxígeno de los aviones: antes de ayudar a nadie, una debe estar segura. También habla de la crianza como una responsabilidad muy concreta: “No es un niño, es una persona pequeña”. Y esa persona pequeña, dice, necesita un entorno físico y emocional adecuado. Ahora mismo, Anna no se ve asumiendo “el sacrificio que comporta la creación de esa vida”. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, resume.

Autoconocimiento, límites y responsabilidad

Maitz Catimo, nutricionista y bailarina, también se inclina ahora hacia el no, aunque su relato es más poroso. La pregunta apareció a los 24 o 25 años, cuando estaba viviendo su primer episodio de salud mental sin ser todavía consciente de ello. En ese momento, dice, la reflexión era más existencial: “Traer un niño o una niña al mundo era primero una responsabilidad y después no me gustaba cómo estaba el mundo”.

Con los años, la mirada ha cambiado. Hoy el peso principal es el conocimiento de su propio trastorno y de lo que implica sostenerlo cada día. “No es tanto porque diga que voy tarde, sino porque soy muy consciente del trastorno mental que tengo”, explica. Se encuentra estable, pero no quiere tomar la decisión a la ligera: “Ser madre o padre es para toda la vida, y tener un trastorno mental también es para toda la vida”.

Ser madre o padre es para toda la vida, y tener un trastorno mental también es para toda la vida

Maitz Catimo

— Activista

Cuando ve a amigas con hijos, no las mira con rechazo, sino con conciencia de sus propios límites. “Me miro a mí y digo: ostras, es que a mí me costaría el triple o el cuádruple”, dice. Su no, sin embargo, no es una puerta cerrada. Si algún día tuviera una pareja que conociera su diagnóstico y con quien pudiera construir un proyecto compartido, quizá se lo plantearía. “Está la duda”, admite. Pero no lo vive como una renuncia: “Quizá a no vivir una experiencia diferente. Eso sí”.

La duda también forma parte de la decisión

Francesc ocupa otra zona intermedia. Durante años había asumido que tendría hijos, pero al acercarse a los 40 tuvo que aceptar una posibilidad que antes le parecía impensable. “Es posible que no los tenga, y eso ya es un paso”, dice. Todavía no lo ha cerrado del todo. De hecho, se ha planteado el acogimiento familiar, una posibilidad que le parece “muy chula”, sobre todo porque no parte de la idea de tener un hijo propio, sino de acompañar a una criatura que ya existe y necesita una familia. El problema llega cuando intenta bajar esa idea a la vida real.

En su caso, la salud mental entra sobre todo a través del autoestigma. “Tengo un miedo, entiendo, como un autoestigma de decir: ¿yo solo podré con esto?”, explica. Se pregunta si podrá mantener la estabilidad, cómo gestionaría una etapa menos estable teniendo un hijo o si sería capaz de sostener también el sufrimiento emocional de esa criatura si apareciera. “Diré que hay dos miedos”, dice: la propia estabilidad y la posibilidad de que el hijo también tenga problemas de salud mental.

Su entorno lo ve de otra manera. “La mayoría dicen que piensan que sería un buen padre”, explica. Y eso lo enfrenta a una distancia incómoda: “A veces pasa que el entorno te ve mejor que tú mismo. Volvemos al autoestigma, seguro”. No dice que no quiera cuidar; dice que todavía no sabe si podría sostenerlo todo solo.

El derecho a decidir sin culpa

Salma aparece como una voz de frontera. Durante mucho tiempo tenía claro que no quería tener hijos. Ahora, en cambio, algo ha cambiado. Lo atribuye a “un momento mucho más estable” en su salud mental, el ámbito laboral y la pareja. Antes, explica, “a duras penas podría hacer frente al propio reto que a veces supone el cuidado de una misma”. Ahora ve más posible encaminar “algo tan grande como la maternidad”.

Su relato recuerda que estas decisiones no siempre son definitivas ni lineales. “Ahora mismo está más presente el deseo que la duda”, dice. También hay miedo, sobre todo a que vuelvan “los fantasmas del pasado” o al juicio de los demás si comete algún error. Pero el cambio de mirada está ahí: una decisión que en un momento era protectora puede transformarse cuando cambian las condiciones de vida, la red de apoyo o la manera de mirarse.

Decidir no tener hijos también puede implicar tener que dar demasiadas explicaciones. Anna alerta de que es un error asumir que no quiere ser madre solo porque tiene un diagnóstico. Maitz reclama que no se añada más peso: “La gente debe respetar que personas deciden no tener hijos”. Y lo resume con una frase que cierra el círculo: “Si no lo quieren entender, que simplemente respeten”.

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