Bienestar y descendencia (I)
El dilema de tener hijos cuando la salud mental pesa en la decisión
Tener un problema de salud psíquica y querer ser madres o padres: entre el miedo a recaer, la necesidad de apoyo y el juicio social

Una mujer embarazada / Crédito: Max Böhme en Unsplash.

Una llamada reciente de 'The New York Times' preguntaba a los lectores si los problemas de salud mental habían influido en su decisión de tener hijos. La pregunta toca una zona íntima, a menudo poco explicitada: tener criaturas no siempre pasa solo por el deseo, la pareja, la edad, la economía o el proyecto vital. Para muchas personas con problemas de salud mental también puede implicar otra pregunta: ¿estaré lo suficientemente bien para cuidar de alguien si a veces me ha costado cuidar de mí mismo?
Todos los testimonios que aparecen en este reportaje son activistas de Obertament y participan con su nombre real, aunque algunos han preferido no facilitar el apellido para preservar parte de su privacidad.
Ser madre con un diagnóstico
Isa Giménez tenía claro desde joven que quería ser madre. Había trabajado a menudo con niños y la maternidad formaba parte de su imaginario vital. “Yo ya sabía que quería ser madre. Lo tenía clarísimo”, recuerda. Lo que no estuvo tan claro fue el camino.
Sin pareja estable, empezó a valorar la reproducción asistida antes de los 30 años, pero la primera respuesta médica fue una forma de frenarla: “Ya tendrás novio más adelante, que todavía eres joven”. Retomó la decisión a los 37 años, cuando el tiempo biológico hizo que dejara de aplazarla.
Antes de iniciar el proceso, habló con su madre y con su psiquiatra. No porque necesitara permiso, sino porque quería red. También mantuvo otra conversación, más íntima: “Estuve pensando si sería una persona egoísta por el hecho de tener un trastorno mental y querer ser madre. Si podría ser buena madre, qué pasaría cuando yo no estuviera bien...”. Después de aquella “entrevista conmigo misma”, dice, decidió seguir adelante.
Estuve pensando si sería una persona egoísta por el hecho de tener un trastorno mental y querer ser madre. Si podría ser buena madre, qué pasaría cuando yo no estuviera bien...
El proceso duró tres años, con inseminaciones, fecundaciones in vitro y un episodio depresivo de por medio. “El mío era un deseo muy arraigado”, dice. Cuando ya empezaba a aceptar que quizá no pasaría, se quedó embarazada de mellizos.
Una maternidad lejos de la idealización
La maternidad real, admite Isa, ha sido mucho más dura de lo que imaginaba. “Está siendo mucho más difícil de lo que yo pensaba”, explica. Cada etapa ha abierto una dificultad nueva: primero no dormir y dar biberones; después, la preadolescencia; más adelante, anticipa, llegarán otras preocupaciones. Aun así, cuando mira atrás no duda: “Estoy muy orgullosa de mí porque he podido sacar adelante mi sueño, mi proyecto de vida, que era formar una familia”.
Rosa García, también conocida como Chica Asteri, aporta la mirada de quien ya ha criado a dos hijas. Siempre había querido ser madre, pero durante años pensó que no podría tener hijos por cómo se encontraba. Cuando llegó su primera hija, tenía una pareja estable, un contexto económico más seguro y una vida que le permitía ir “a un ritmo más lento”. “Yo no habría sido capaz de trabajar y maternar a la vez”, admite.
Su experiencia desmonta cualquier idealización. La maternidad, dice, es mucho más agotadora, ingrata y física de lo que a menudo se cuenta. Aun así, afirma que volvería a hacerlo. También reconoce que arrastra culpa: “Me habría gustado maternar sin todo este peso”.
El diagnóstico como sospecha
La mirada de los demás puede pesar tanto como la pregunta íntima. Isa Giménez lo notó cuando decidió seguir adelante con una maternidad en solitario. Había quien le preguntaba si no era egoísta querer tener hijos sabiendo que podía haber una predisposición genética al trastorno mental. Y cuando ya estaba embarazada de mellizos, una psicóloga le dijo: “Veo que te has complicado mucho la vida, ¿no? Con el problema de salud que tienes, cómo te la has complicado”.
Para Isa, aquella frase resume una mirada que no acompaña, sino que juzga. “Cuando tienes la etiqueta de salud mental tienes que demostrar más”, dice. En su caso, el diagnóstico se sumó a otra etiqueta: la de madre sola. “Las dos cosas se han complementado y se han amplificado”, resume.
Cuando tienes la etiqueta de salud mental tienes que demostrar más
El juicio externo también puede aparecer en forma de paternalismo. Antonio Serrano, presidente de Amb Experiència Pròpia (AEP), explica que, cuando tuvo a su hija, una parte del entorno reaccionó con alegría, pero también con preocupación. Le hacían comentarios del tipo “vigila”, “¿estás seguro?” o “a ver si te va a pasar algo”. “Tienen que medirme por mis capacidades y aptitudes para ser padre, no por otra cosa”, defiende.
Decidir con miedo
El relato de Antonio rompe cualquier conclusión simple. Antes de tener a su hija, dice, no se lo había planteado demasiado. “No me veía en la situación, en aquel momento, de estabilidad emocional para poder sacar eso adelante”, explica. La decisión llegó más por el deseo de su pareja de entonces que por una voluntad propia del todo definida.
Tienen que medirme por mis capacidades y aptitudes para ser padre, no por otra cosa
Cuando nació la niña, sin embargo, algo cambió. “Fue mi tabla de salvación”, dice. Cuidarla le ayudó a centrarse, a salir de los pensamientos más oscuros y a vivir unos años de estabilidad. Pero no idealiza la paternidad. “Si tuviera que volver atrás, no lo haría en aquel momento”, admite. No porque no quiera a su hija, sino porque cree que no estaba preparado ni tenía el deseo lo bastante claro.
Ahora mismo está más presente el deseo que la duda
Salma está todavía en otro punto del camino. Durante mucho tiempo tenía claro que no quería tener hijos, pero ahora algo ha cambiado: más estabilidad emocional, más seguridad laboral, una pareja que le da confianza y años de seguimiento psicológico y psiquiátrico. Cuando se imagina dando ese paso, lo vive “con una mezcla de ilusión, miedo y vértigo”. Y lo resume así: “Ahora mismo está más presente el deseo que la duda”.
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